Hora canónica

Jorge Alcocer cierra su diatriba planteando que “[...] lo recomendable es volver al horario estándar, que es cuando la hora del reloj solar coincide con la hora del reloj social, el reloj de Dios”. Con prístina lógica, el responsable de las políticas públicas de salud en nuestro país cierra con ese espíritu científico que caracteriza al actual gobierno

Una de las habilidades que se le puede reconocer al actual gobierno es su capacidad y disciplina para cumplir, a cabalidad, con una de sus mejores estrategias que le ha permitido sortear su administración durante ya cuatro años. Levantar cortinas de humo y polvaredas cuando se presenta alguna contingencia a la que se debe responder, se ha convertido en un mecanismo que, por cierto, también se ha constituido como uno de los mejores parámetros para medir su eficacia: en ningún renglón, área o indicador, la

Presidencia de López Obrador ha sido tan productiva como en el maquillaje de la realidad, en envolver con palabrería y retórica populista los graves problemas que amenazan día con día a nuestra sociedad.

Desde los primeros días en los que se determinó que la famosa conferencia mañanera sería el principal vehículo de interacción del gobierno con los medios de comunicación y la opinión pública, todo estaba diseñado para que lo concerniente a algunas decisiones de gobierno o ante cualquier tipo de información que comprometiera la imagen de la llamada Cuarta Transformación, encontrara en ese espacio a un experto en desviar y matizar cualquier tipo de señalamiento o crítica. Así, paradójicamente, ha quedado cada vez más claro que el nuevo significado de la palabra honestidad se ha llenado de opacidad y el humo que contiene es respirado con singular alegría por sus correligionarios –en una suerte de pipa que les lleva a creer que existe grandeza ideológica, en donde sólo hay mendicidad gubernamental.

Diestros en colocar pólvora en los momentos precisos, el primer mandatario y sus procaces arlequines crean infiernitos que se convierten en el espectáculo que su “pueblo bue-

no” necesita para saber que están en el “lado correcto de la historia” o que, por fin, les llegará la justicia en forma de programas sociales y tarjetas que son repartidas bajo esquemas que nos recuerdan lo que implica el trabajo de permanente campaña electorera.

Así, no es para sorprenderse que, a las causas de mayo trascendencia que ha abanderado López Obrador, se sume una nueva cruzada por la “salud”: el cambio de horario. Es curioso que el gobierno que descuidó y ha sido arbitrario en la adquisición y distribución de los medicamentos a nivel nacional, quienes cuestionaron el oportuno uso del cubrebocas durante la pandemia de covid-19, aquellos que expresaron que “la fuerza del Presidente es moral, no de contagio”, los que calificaron de golpistas a los padres y madres de familia que claman por los medicamentos oncológicos para el tratamiento de sus hijos e hijas, hoy quiera brindar una explicación científica para justificar la pertinencia de la discusión en términos de la salud pública. Parece que no hay temas de mayor importancia y urgencia en nuestro país: la inseguridad que día con día se padece en cada calle de esta nación, el poder del crimen organizado, la militarización y la crisis económica, las reformas educativas que se cocinan a fuego lento y la opacidad en el manejo de los presupuestos que son etiquetados como información de “seguridad nacional”. Ninguno de esos temas es tan relevante como el cambio de horario.

Sin embargo, cuando se pone en ejecución dicha estrategia de polvaredas, siempre existe algo que nos revela no sólo la urgencia que tiene el gobierno de López Obrador por crear absurdos mediáticos; también se observan situaciones que encienden las luces amarillas que se entreven a través de las grietas de esos despropósitos. Más allá de sus justificaciones científicas, Jorge Alcocer –el egregio y sofisticado secretario de Salud– cierra su diatriba planteando que “[...] lo recomendable es volver al horario estándar, que es cuando la hora del reloj solar coincide con la hora del reloj social, el reloj de Dios”. Con prístina lógica, el responsable de las políticas públicas de salud en nuestro país cierra con ese espíritu científico que caracteriza al actual gobierno.

Para nadie tendría que ser extraño ese aparente desliz. La dimensión religiosa de su discurso llega justo en el momento en el que López Obrador se enfrentó a la Compañía de Jesús, una de las órdenes más poderosas del catolicismo en México. Tampoco es casualidad, si se recuerda esa tendencia del primer mandatario a proyectarse como un ministro religioso propia del mundo evangélico. O ahora que se ha recordado el vínculo de varios eminentes personajes del partido oficial con el sentenciado Naasón Joaquín García, el dios de la Luz del Mundo. Pero, ¿a cuál dios se refiere el secretario Alcocer? Tal vez se refería a la hora canónica que da inicio justo cuando el primer mandatario toma el micrófono alrededor de las siete de la mañana.

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