Hamelin electoral
Las piezas se comienzan a posicionar en el tablero de la política mexicana.
¿Cuál era la canción con la que aquel legendario flautista hechizó a los niños del poblado de Hamelin? ¿Y el famoso canto de las sirenas que, se dice, provocaba la desgracia de los marineros? Seguramente, algunas que resultaran muy convincentes como para que los niños abandonaran su pueblo y aquellos otros se arrojarán al mar sin pensarlo dos veces. Las narraciones populares suelen ser una pequeña ventana que nos muestran lo complejo que ha sido el ser humano a lo largo de los siglos. Sus personajes y anécdotas —que, por lo general, se configuran con una aparente sencillez— son motores que activan la imaginación y nos pueden generar preguntas que, según el talante y la gravedad, en ocasiones requieren de cierto humor para ser respondidas. Por ejemplo, ya hemos colocado en nuestra mesa y en estas páginas aquella vieja leyenda del flautista de Hamelin que, por fortuna, los hermanos Grimm conservaron en sus libros. Pero, entonces, ¿cuál era esa melodía? Tal vez era algo tan efectivo y parecido al discurso del populismo más elocuente o a una de las canciones que suelen musicalizar los pasillos de la casita presidencial situada allá en el Zócalo de la Ciudad de México. Música para los oídos de quienes mantienen la fe y han limitado su libertad a los movimientos de la batuta presidencial.
Las piezas se comienzan a posicionar en el tablero de la política mexicana. Ya se asoman los vendavales de un proceso electoral que no dejó de configurarse desde hace cinco años y que ha propiciado una carrera contrarreloj por ocupar el lugar de privilegio entre las huestes el partido oficialista. Por ello, no será extraño que durante este año se lancen los fuegos artificiales más estruendosos desde el Palacio Nacional, que se acompañen con las melodías de la frivolidad en las estadísticas de esa realidad alterna que han pretendido imponer de manera sistemática desde los primeros días del presente sexenio. Arropados por los programas de gobierno, el primer mandatario y los miembros de su gabinete, afinaron y volvieron a aceitar la maquinaria electoral que, durante décadas, el priismo más acendrado construyó para mantenerse en el poder. Así, los programas sociales se han constituido como las mejores monedas para sostener esa narrativa que les ha valido jactarse del ranking de su famosa popularidad. Quienes pasaron por alto dichos índices, dejaron de observar que ése era uno de los principales parámetros para determinar su posible efectividad en la administración de su fuerza electoral. Sí, son notas musicales que reproducen los corifeos de la llamada Cuarta Transformación.
No es de extrañarse que, por parte del partido oficial, la mejor campaña con miras al proceso electoral se desarrollará en el templete de esa inopinada tribuna que se colocó en uno de los patios del Palacio Nacional. Desde ese espacio se ha determinado la narrativa que siguen y defienden, al pie de la letra, todo fiel seguidor y quienes han hallado una mina de oro para sus bolsillos —en fin, cada quien defiende sus propias parcelas bajo los lemas más simplones nos podríamos imaginar—. Desde el primer día, ese fue el mecanismo que rigió cada palabra y movimiento de toda persona que integra el gabinete y ha ocupado puestos clave en la presente administración; así, desde la comodidad de su silencio han desarrollado sus mejores papeles. Pero son tiempos de quebrantar el sigilo para que el proselitismo sea el que determine cada movimiento.
Durante los próximos meses no se escatimarán los recursos gubernamentales para que la hechizante melodía que se escucha desde el Palacio Nacional sea la pista sonora de la campaña que protagonice el oficialismo: es revelador observar que, sin importar quién sea la o el ungido por la inmaculada mano del titular del Poder Ejecutivo, sus discursos serán el remedo de todas las promesas que se han fraguado desde hace varios años. No tendrán la oportunidad para salirse de un guion que bien le ha servido al actual Presidente para mantener su popularidad, la receta les ha funcionado a la perfección: no dejar de articular promesas, lanzar injurias a todo dios, victimizarse ante cualquier complejidad y el uso electorero de los programas sociales —cuya administración de los recursos ha sido un ejemplo de opacidad.— A pesar de los aspavientos, ninguna de las llamadas corcholatas podrá interpretar canciones diferentes, sólo levantarán el volumen de aquello que sabrán reproducir, como lo han hecho hasta el día de hoy, reproduciendo el aburrido concierto a una sola voz.
Pero hay otra consideración con una pregunta muy simple, ¿la oposición será capaz de revertir al mágico flautista de este Hamelin tropical? A fin de cuentas, quienes se encuentran detrás de la nueva figura tutelar de la oposición conocen los hilos necesarios para construir una narrativa que puede crear su propia melodía.
