Futuras alternativas

Se busca desacreditar las voces de quienes intentan comunicar algo y no necesitarían la anuencia de nadie.

Durante décadas hemos logrado observar lo que implica el intento por imponer una forma única de interpretar la vida, de entender al ser humano en todas sus dimensiones bajo una idea específica, de reducir el conocimiento de la historia a una sola perspectiva. Bastaría con recordar, aunque fuera un poco, las consecuencias de esta lógica cuando se convierte en la bandera y la estrategia de un gobierno que ha logrado concentrar el poder y que busca imponer su ideología trazando efectivas líneas de comunicación con la sociedad y, por supuesto, estableciendo las bases para un proyecto educativo que le garantice sembrar lo necesario para que el futuro se muestre como un solo camino.

Si continuamos con este breve ejercicio de la memoria, también podríamos recordar que todo gobierno que busca legitimarse –al imponer semejante reduccionismo de la historia y de la realidad– va creando un discurso que cancela todo tipo de crítica, análisis u oposición que, a fin de cuentas, dinamita a cualquier principio democrático. Claro, esto es factible cuando se explota, en términos electorales y anímicos, la ineficacia y la injusticia de gobiernos que no tuvieron como principal objetivo buscar el bienestar de la sociedad: por ello, la historia también nos habla de la rápida e inmediata eficacia de quienes suelen construir sus plataformas políticas con alternativas que apelan al fracaso de los regímenes anteriores, de un espíritu justiciero y, por supuesto, creando una “moral” que los coloca como esas entidades del “bien” que han llegado a revolucionar el presente e inventar un futuro mesiánico. Sin embargo, todo aquello que no forme parte de esta manera de entender el ejercicio del poder, no sólo estará en el lado “equivocado” de la historia, sino que será reducido a etiquetas políticas y sociales que, de manera casi automática, serán descalificadas. O perseguidas, según el caso. Reducir la diversidad, la libertad de expresión, la búsqueda por la verdad y concentrar la mentira de una falsa dicotomía es promover el imperio del maniqueísmo más atroz para cualquier sociedad. La polarización es campo fértil para la barbarie que crece bajo esas sombras.

Es cuestión de acercarse a las lecciones básicas de autoras y autores que sufrieron persecuciones y debieron experimentar las terribles consecuencias de gobiernos totalitarios y fascistas: páginas y páginas que, al parecer, nunca serán suficientes para detectar las falacias y los absurdos que hoy se imponen con alarmante facilidad. Tal vez por ello no deja de ser preocupante lo que ha sucedido en nuestro país durante los últimos años.

Así, aunque el oficialismo intente mitigar la evidente polarización que existe entre nuestra sociedad, mediante formulaciones retóricas basadas en la pretendida popularidad y los resultados electorales –se sabe que han sido magistrales en la manipulación de cualquier estadística que les resulte útil para maquillar la realidad–, durante los últimos días se ha sumado a esta discusión, tan estéril y peligrosa, a uno de los sectores más importantes para nuestro país: la juventud. El problema radica en la mirada, en la percepción que existe alrededor de un sector que será el responsable de conducir al país en el mediano plazo.

Vaya riesgo en el que estamos colocando a las y los jóvenes que han sido parte sustancial de las discusiones de esta semana, en las que, con un paternalismo y condescendencia chabacanas, se les ha colocado como simples piezas en el tablero de esa polarización tan nefanda para el desarrollo social de ellos y ellas mismas. En ese sentido, el camino más sencillo y efectivo es el que ha motivado el oficialismo al intentar descalificar a quienes, como parte de la llamada Generación Z, han convocado a manifestar su preocupación y descontento por lo que sucede en este país. Así, bajo la lógica de ese pernicioso juego de un mundo reducido al “blanco o negro”, a las etiquetas de “patriotas y traidores”, de pretendidas “superioridades”, se busca desacreditar las voces de quienes intentan comunicar algo y no necesitarían la anuencia de nadie. Y, cuidado: se necesita educar para promover el pensamiento crítico, la diversidad de miradas y no en establecer la preponderancia de una sola ideología patrocinada por el poder en turno.

Creer que un señalamiento o la propuesta de la juventud sólo es producto de la manipulación o las fuerzas “obscuras” que pretenden desestabilizar al Estado moralmente triunfante, es suponer que carecen de esa inteligencia, pensamiento crítico y libertad que definen a las jóvenes generaciones que cuestionan con la realidad al mundo adulto, a una sociedad y gobiernos que hemos fracasado en construir un país diferente en el que no existiera la corrupción, la injusticia, el crimen organizado y un mundillo político que deje de pensar en su propio beneficio.

Que ojalá sean libres y subrayen que, en la ecuación del futuro, ellos y ellas llevarán la primera voz.

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