Expectativas bajo fuego

Hoy resulta incómodo emplear palabras como “esperanza” y “futuro” para referirnos a los niños, niñas y jóvenes en el ámbito educativo.

Los días de regresar de manera presencial a las escuelas han llegado. Luego de tantos días y meses en los que una pandemia y la llamada “virtualidad” trastocaron por completo una manera de entender la educación en nuestro país. 

Si realizamos un pequeño ejercicio de memoria, muchas frases y sentencias llegarán a nuestra cabeza, con el eco de aquello que se ha perdido y desdibujado con el transcurrir de los días: eran palabras que, como en muchos otros aspectos de la vida, vaticinaban un cambio educativo que resultaba inaplazable. La amenaza del encierro y de la muerte motivó a imaginar un mundo en el que terminábamos por imponer un humanismo que se había quedado guardado durante los primeros años del siglo XXI. Sin embargo, la realidad de nuestras propias carencias y omisiones, los intereses políticos y la ambición no han dejado de ser las coordenadas que orientan a los responsables de las políticas públicas y educativas. 

Es fácil recordar que, durante los primeros meses que comenzamos a padecer los efectos de la pandemia, se evidenciaron las condiciones en las que los niños, niñas y adolescentes de nuestro país tratan de cumplir con sus clases. Así, quedó en evidencia lo que ya sabíamos desde hace mucho tiempo: la pobreza, las carencias y la miseria son directamente proporcionales a la importancia que las autoridades y el mundillo político tienen acerca de la formación educativa. 

No es una casualidad que la institución responsable de observar y diseñar las políticas que tracen el futuro de nuestro país se encuentra en medio de un marasmo del que no se augura nada positivo. Pero no hay nada nuevo en esta administración pues, al parecer, la Secretaría de Educación Pública ha cumplido con creces una de sus funciones en los últimos sexenios: ser un escalón político y la dependencia que administra los recursos con los que se puede negociar con las respectivas organizaciones magisteriales que, en realidad, son las manos que tiran de los hilos a su mejor conveniencia. Además, son quienes concentran el poder de un voto corporativo, que es el tesoro electoral que nadie quiere perder. El charrismo sindical en todo su esplendor, tan legendario como efectivo. 

 ¿Alguien podría brindar un análisis certero y favorable acerca del papel que jugó la Secretaría de Educación Pública y su aún titular, Delfina Gómez, durante esta etapa en la que se requería de una verdadera y urgente preocupación por la educación? Quienes realizan su defensoría sólo cuentan con las palabras y el discurso manipulador de quien protagoniza las conferencias mañaneras. Y no perdamos de vista los nuevos libros de texto gratuito, que serán un parámetro de lo que sucede cuando las ideologías trasnochadas son las que despachan en las oficinas de la calle de Argentina. 

 Hoy resulta incómodo emplear palabras como “esperanza” y “futuro” para referirnos a los niños, niñas y jóvenes en el ámbito educativo. Son términos que todo gobierno, y ni qué decir del actual, ha convertido en expresiones sin sentido, vacías de significado, para ser parte de discursos populistas y maniqueos. Además, mientras se vislumbra el reinicio de un tan anhelado nuevo periodo lectivo, el contexto del país parece jalar hacia el lado contrario de lo que, en teoría, ha implicado la educación. Así, la violencia que, aparentemente, ha desatado el crimen organizado durante estos días –simple reflejo de lo que ocurre en todo el territorio nacional–, es algo que vuelve a difuminar esas dos palabras y su significado primordial. Es un acto de valentía y locura hablar de una expectativa de futuro cuando el fuego y las balas, la muerte y sus diferentes rostros toman las calles con singular facilidad. Claro, sin dejar de lado la militarización que el actual gobierno lleva a cabo con la misma tranquilidad. Vaya ecuación en la que no existen las casualidades. 

No obstante, eso también ha sido parte de la convicción y empeño de quienes han colocado a las alumnas y los alumnos como el eje de su vocación. No es la primera vez, en nuestra historia como seres humanos, que desde las aulas se comprende que el silencio es el cómplice de las atrocidades. 

 Que el fanatismo, la barbarie y la obcecación llevan a asesinar periodistas, activistas, mujeres, escritores y tantos más que saben que la libertad y la justicia no dependen exclusivamente de gobiernos maniqueos, populistas y cómplices de la muerte. 

Hay mucho por hacer en los salones de clase. Eso también lo saben quienes pronto ocuparan su lugar y el protagonismo del futuro. ¡A trabajar en ello! 

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