Estruendo del cohete y la bala

Amparados bajo una supuesta aprobación de las Fuerzas Armadas, López Obrador ha dado el paso más firme rumbo a la completa militarización de una Guardia Nacional que estará a su completo arbitrio y designio a través de los mandos militares.

Día con día, el actual gobierno federal levanta el tro­feo como los campeones de la manipulación y la in­congruencia. Muy poco se puede analizar acerca del 4to Informe de Gobierno sin caer en el marasmo, la familiar sensación de que todo eso ya se ha escuchado diariamente desde hace cuatro años.

Se presumen logros que, bajo el dominio de “los otros da­tos”, nos describen como un país en el que todo es un éxito, la cumbre de una transformación que se ha logrado en tiempo récord; pero que, para los fracasos, la culpa es del pasado, de los neoliberales y de los complots que, desde hace dieciocho años, se ha comprado gran parte de la sociedad mexicana. Basta escuchar con cierta atención: en los mismos spots del informe, triunfales y con notas de fanfarria, no se deja de jus­tificar cada uno de sus actos bajo la premisa de que antes “los neoliberales” eran lo más nocivo para el país. Una simpleza y reducción que se ha insertado con facilidad en una sociedad que, durante décadas, padeció los gobiernos más corruptos del priismo, y los grises del panismo. Terreno más que fértil para que este tipo de ideas rindan fruto bajo el auspicio del populismo empleando la mejor herramienta posible: repartir dinero a todo dios, gracias a la generosa y desinteresada la­bor de los programas sociales. Sí, la perfecta ecuación.

La polarización que existe en este país nos ha conducido a elevar beatificaciones de viejos demonios y levantar hogue­ras de nuevos adversarios, con tanta facilidad que, quizá, ten­dría que ser una preocupación de carácter urgente. Cuando se piensa en la ética y el ejercicio moral del actual gobierno –y en los remanentes de una pretendida oposición que si­gue enfrentándose a sus propios fantasmas–, de inmediato se concluye que es como arar en el desierto. Así, mientras los simpatizantes de la autoproclamada “Cuarta Transforma­ción” son capaces de validar y hallar justificaciones a deci­siones que los señalan como el ejemplo de la incongruencia; por otro lado, las voces críticas, aquellas que con datos más reales y posturas que distan del oficialismo, no han encon­trado mecanismos que logren provocar en la gente otro tipo de preguntas, cuestionamientos acerca de la realidad que se padece día con día y que ya son responsabilidad del actual gobierno federal.

No es algo nuevo considerar el desencanto que nuestra sociedad ha generado con respecto a la política de este país. Desde la misma formulación de la frase hay algo que nos en­vuelve en la desesperanzadora trampa de creer que, quienes forman parte del servicio público o de las estructuras par­tidistas, son como una casta divina e intocable que aspira a obtener los beneficios y posibilidades que brinda el poder. Desde la parte más baja de esas estructuras del gobierno se va distanciando la gente, pues el desencanto proviene desde el imposible vínculo con quien atiende una ventanilla para realizar algún trámite, el policía que extorsiona, el alcalde que tiene rasgos del pequeño burgués de Molière, el diputado que no sabe ni articular una propuesta de ley, pero que está presto a votar según los únicos intereses de su partido. En fin, la lista podría ser interminable y deprimente.

Ése es el terreno sobre el que, durante cuatro años, se ha edificado una versión de la realidad que responde a los inte­reses de López Obrador y sus mejores aliados, en el que las notas del flautista de Hamelin encantan a quienes han pade­cido históricamente la injusticia y la desigualdad, la pobreza y la desesperanza. Sí, para quienes los datos macroeconómicos ni las fijaciones con Fidel Castro o los desgarradores cantos de solidaridad con Cristina Kirchner son muy relevantes. Para quienes construir un estadio de beisbol no sea tan mala idea, pero que no hacen eco de las familias que carecen de me­dicamentos o no tienen las vacunas que eran básicas; de las familias que buscan a sus desparecidos, los feminicidios o el asesinato de periodistas. Preguntarse el porqué de todo esto es un ejercicio cuya dolorosa respuesta la sabemos.

Así, no es de extrañar que algo tan peligroso como la mi­litarización del país, la asignación de mayores recursos a las fuerzas castrenses y otorgar el fuero militar, no hagan mella en gran parte de la sociedad. Amparados bajo una supuesta aprobación de las Fuerzas Armadas, López Obrador ha dado el paso más firme rumbo a la completa militarización de una Guardia Nacional que estará a su completo arbitrio y designio a través de los mandos militares. Pero no parece ser tan re­levante cuando, en la puerta, se acercan los festejos patrios, que son el mejor motivo de orgullo nacional: es la guinda en el festival de incongruencias del actual gobierno, que pro­mete fuegos artificiales para que el estruendo del cohete y una bala del crimen organizado ya no sean tan diferentes.

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