Entre la rutina y el olvido
Lo que antes indignaba y motivaba las protestas sociales, hoy se considera que es provocación.
¿Qué sucede cuando la tragedia se convierte en un tema que se envuelve en la ligereza de lo cotidiano, de aquello que ha dejado de ser importante? ¿Qué hacemos cuando esa noticia que nos causa un impacto inmediato, en cuestión de un suspiro, se diluye entre las humeantes certezas de un café? Quizá de inmediato opera en nuestra razón esa frágil conclusión de que el mundo ha dejado de tener sentido y es mejor apresurar el paso para que no se haga tarde. Y, sin embargo, allí queda, entre lo rutinario, esa pequeña sensación de incomodidad que nos causa la accidental astilla o la inclemente punta de un alfiler.
Es cada vez más frecuente sentir que las palabras no alcanzan para describir o narrar algo que nos permita observar la podredumbre que puede alojarse en la cotidianidad de los seres humanos. Por un lado, tratar de imaginar lo difícil que puede resultar para un periodista el intentar expresar, con un cierto estilo informativo apegado a ese “profesionalismo”, al que apelamos constantemente, aquello que rebasa todas las posibilidades de nuestro entendimiento y que se debe transmitir como parte de su oficio que es fundamental para intentar comprender el galimatías de la realidad que, por supuesto, está muy lejos de ceñirse a los discursos políticos en boga.
Y, en el otro lado de la mesa, nos encontramos quienes abrimos lo periódicos, observamos las noticias en los medios digitales y en las pantallas televisivas o escuchamos esos programas radiofónicos que suelen acompañar los trayectos a los diversos lugares que nos exige el eterno movimiento de los días; en efecto, quienes, en el mejor de los casos, solemos formular esas preguntas que tampoco alcanzamos a responder cuando nos enfrentamos a las imágenes del imperios de la barbarie, a los guiños del absurdo, a las injusticias, a la sonrisa de la impunidad y a la desgracia que se encuentra en el fundamento de cada una de estas palabras.
Quizá decidamos respirar profundamente y evitar ser devorados por esa vorágine de dolor y amargura, alejarse de esa oscuridad que suele envolver toda certeza y esperanza. Pero las astillas dejan un rastro que suelen ser un indicio de una memoria que persiste y apela a que recordemos que el dolor exige de la compasión, de la piedad, de la misericordia. Y del enojo que subyace en la libertad con la que termina por imponerse la barbarie, ante la mirada cínica de los gobiernos que se escudan en sus discursos que sólo sus fanáticos aplauden y con el sello de la impunidad que alimentan su codicia –recordemos que esa irracionalidad disfrazada de convicción política fue el germen de innumerables crímenes que solemos analizar como parte de nuestra historia–.
Así, aquello que se define como lo habitual en el transcurso de los días, ha terminado por incluir esas noticias que, poco a poco, dejan de ser impactantes para una sociedad que es cada vez más indolente o, peor aún, que lleva un cigarrillo encendido a la bodega de los explosivos. Quizá hemos olvidado, en esa guerra retórica que subyace en las estadísticas, que detrás de esos números hay realidades que están muy cerca de nosotras y de nosotros; que en las cifras de los homicidios, los feminicidios, las desapariciones, se encuentran los nombres de quienes, alguna vez, compartieron la mesa y posiblemente escucharon una noticia que también los conmovió, pero que nunca llegaron a imaginar los caprichos del destino. Nombres, vidas, quizá sueños y decisiones erróneas, tal vez inimaginables coincidencias que son los cauces que alimentan la tragedia.
Sin embargo, hay dos factores más en este nuevo “costumbrismo”, tan atroz, al que nos hemos habituado: el cinismo de las autoridades y el quebrantamiento de esa sutil línea en la que ya no importan si son niñas y niños quienes sufren esos actos de barbarie. En efecto, son dos maneras de comprender que, como sociedad, hemos organizado una gran verbena en medio del callejón sin salida –aparente– en el que nos encontramos. Lo que antes movía a indignación y motivaba las protestas sociales, hoy, en ciertos momentos del discurso oficialista, son consideradas como provocaciones que intentan afectar a un gobierno que, día con día, se evidencia como parte toral de la impunidad que corona a la barbarie. Basta con recordar la reacción de Rocío Nahle ante la muerte trágica de la maestra Irma Hernández. ¿Bastará con recordar que en las fosas clandestinas se han encontrado restos de niñas y niños? ¿Será suficiente con no olvidar el asesinato de tres niñas en Hermosillo? ¿Será que con conocer las aparentes razones del asesinato del pequeño Fernando olvidemos todas sus implicaciones con las autoridades? ¿Es mejor limitarse a las simples estadísticas? Quizá el peligro radique en darnos cuenta de nuestras propias respuestas, bajo el argumento de lo poco que se puede hacer.
Por cierto, comienza un nuevo ciclo escolar: allí está parte de la solución, no lo olvidemos.
