Entre la indiferencia y el olvido
El gobierno federal ha logrado imponer una narrativa en la que prevalece un dejo de triunfalismo
Ya se han escrito numerosas páginas en las que, desde muy diversas perspectivas, la indiferencia se constituye como una de las condiciones humanas que orbita nuestra cotidianidad, el día con día en el que se revela el mundo y las ideas de quienes caminan junto a nosotros y nosotras en la misma calle, con quienes compartimos el transporte público y las mesas de aquellos lugares en los que se escuchan los rumores de sus propias vidas.
Tampoco es nada extraño encontrarnos, con cierta frecuencia, con personas —en sus textos, entrevistas y conversaciones que surgen mientras el café de lo habitual perfuma las horas— que expresan su perplejidad, quizá preocupación, acerca de aquello que observan a su alrededor. Así, la incertidumbre comienza a aparecer entre las palabras, las miradas, cuando se habla de las problemáticas que determinan el presente y el devenir de nuestro país, en especial, cuando los temas versan acerca de la violencia y sus múltiples rostros, aquello que en cierto modo parece tan lejano.
Nadie podría negar —y mucho menos después de los resultados electorales que, desde hace un mes, han sido el azote de los analistas políticos y el banquete del oficialismo— que el gobierno federal ha logrado imponer una narrativa en la que prevalece un dejo de triunfalismo, se regodean en el presidencialismo más acendrado y se alimenta el maniqueísmo que coloca las piezas correctas en el tablero de la polarización. A lo anterior, se debe sumar el efecto que genera la cobertura mediática de los actores políticos —que se encuentran en pleno juego de las pasiones que desatan por ocupar un lugar en el menú del presupuesto—, convertida en un espectáculo, en el regodeo de la imagen que comienza a imponer su propio estilo, sus discursos edulcorados y los rostros que, con una sonrisa, terminan por sellar sus promesas. Mientras tanto, la violencia ha dejado de ser noticia y apenas se asoma entre la vanidad de los reflectores y los engolados discursos.
Así, es cada vez más evidente que no sólo nos hemos acostumbrado a las fúnebres noticias, sino que la apuesta por la indolencia y el olvido se ha ganado con creces. Alguien que en plena conciencia deje de lado que, día con día, crece el número de homicidios o que la inseguridad se ha convertido en la otra sombra que acompaña nuestros pasos, forma parte de este complejo engranaje por el que se apostó desde hace seis años —y aún más— y que se ilustró con la evidente manipulación de las estadísticas. Y, por otro lado, la indiferencia ha comenzado, con mayor frecuencia, a ser el elemento que endulza nuestro café.
Al buscar la palabra indiferencia, en el diccionario de ideas afines, se pueden hallar términos que, de inmediato, sobrecogen y causan un cierto desasosiego: apatía, indolencia, desinterés, abulia, displicencia, desidia, por ejemplo. Quizá hablar y hacer énfasis en lo que sucede en nuestro país cuando se trata de la violencia, puede provocar alguna de estas reacciones en muchas y muchos de nosotros. Y, en ese punto, resulta más cómodo mirar hacia otro lado que, quizá, sea menos doloroso o simplemente no se constituya como un enfrentamiento con la ideología triunfalista que permea en ciertos ambientes.
Es casi imposible, cuando se habla de la indiferencia, no recordar a Mersault, protagonista de la novela El Extranjero de Albert Camus, en el que dicho personaje no deja de asaltar nuestra lectura con sus reacciones en cada página. Sí, es la incomodidad que provoca la indiferencia: “Pensé a menudo entonces que si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco sin otra ocupación que la de mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habría acostumbrado poco a poco. Hubiese esperado el paso de los pájaros y el encuentro de las nubes como esperaba aquí las curiosas corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, esperaba pacientemente el sábado para estrechar el cuerpo de María. Después de todo, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco. Había otros más desgraciados que yo. Por otra parte, mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo.”
Sí, acostumbrarse. Y, por otro lado, tampoco se puede dejar de evocar aquella triste noticia de la muerte del fotógrafo René Robert en aquel enero de 2022 —famoso por sus imágenes de las figuras de flamenco—, cuyo cuerpo permaneció tirado en la calle, en pleno día, con el concurrido tránsito del mundo parisino, durante más de nueve horas sin que nadie mostrara el interés por saber su estado. La indiferencia en lo cotidiano y ante la muerte.
Quizá podamos hallar en estos dos ejemplos un eco de lo que hoy se respira en nuestra sociedad, que, en sí mismos, nos invitan a observar la realidad con una pausa obligada.
