Entre la hipérbole y la indumentaria

Durante los próximos meses seremos testigos de la construcción de dos personajes que responden a dos maneras de entender el país y el ejercicio del poder.

No hay nada fuera de lo previsto. La designación de la nueva coordinadora de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación ha sido un proceso ejemplar y que no merece ningún tipo de reproche. Se puede decir que es el feliz resultado de una estrategia que, al menos, se definió desde hace un par de años, ajustándose al nuevo calendario y los tiempos del señor Presidente, adalid de las encuestas, votaciones a mano alzada y de la popularidad universal. Las sonrisas serán la constante durante los próximos meses en los que cada miembro del gobierno, los desinteresados simpatizantes —que llaman a la puerta para condicionar los programas sociales y quienes se jactan de que es mayor su compromiso social que las prebendas obtenidas durante este sexenio— trabajarán, de manera ardua y conspicua, para replicar una estrategia que les ha dado muy buenos dividendos: crear un personaje a la medida de las aspiraciones.

No puede ser algo distinto a la fórmula que tienen bien probada. En el país de las simulaciones, se ha presumido el proceso de selección de Claudia Sheinbaum como un ejemplo de la democracia que aspira a imponer el actual gobierno federal: un mecanismo en el que, al final, la opacidad se impuso y generó cierta “sospecha” en el equipo de Marcelo Ebrard. Era un camino cuesta arriba el que debía recorrer el otrora canciller, pues debía enfrentarse a una aspirante que contaba con todo el apoyo del Estado y de la ilegalidad permitida por el INE. Vaya reto el que asumirá el árbitro electoral que, dicho sea de paso, lo más destacado que ha realizado en los últimos días ante el festival de ilegalidades que han implicado los procesos oficialistas y de la oposición ha sido dar cauce a la demanda interpuesta por la senadora Citlalli Hernández en contra de cierto grupo de tuiteros. Así las prioridades de quienes tendrán en sus manos las elecciones federales del siguiente año.

Apenas habían transcurrido unos minutos de la designación oficialista cuando las expresiones hiperbólicas comenzaron a desbordarse: entre elogios y cantos líricos que harían palidecer a los poetas más edulcorados de la historia se lanzaron a prefigurar la imagen de una futura candidata que, al menos durante el proceso de su elección interna, no apareció por ningún lado. Es un hecho que se recurrirá a todos los recursos del Estado para posicionarla ante un electorado dividido, una sociedad que se ha polarizado, en gran medida, gracias al discurso maniqueo de quien aún habita en el Palacio Nacional. Terreno fértil para una campaña cuya fortaleza serán esas mismas palabras.

Así, entre los mensajes que nos hablan de una exagerada urgencia por subirse a las filas de la futura corte, no está por demás recordar aquellas palabras de Yago, el fenomenal personaje de Otelo: “¡Oh!, estad tranquilo, señor. Le sirvo para tomar sobre él mi desquite. No todos podemos ser amos, ni todos los amos estar fielmente servidos. Encontraréis más de uno de esos bribones, obediente y de rodillas flexibles, que, prendado de su obsequiosa esclavitud, emplea su tiempo muy a la manera del burro de su amo, por el forraje no más, y cuando envejece queda cesante. ¡Azotadme a esos honrados lacayos! Hay otros que, observando escrupulosamente las formas y visaje de la obediencia y ataviando la fisonomía del respeto, guardan sus corazones a su servicio, no dan a sus señores sino la apariencia de su celo, las utilizan para sus negocios, y cuando han forrado sus vestidos, se rinden homenaje a sí propios…” (Taurus. Ah, siempre Shakespeare, siempre los clásicos tienen algo que decirnos para entender a quienes tenemos frente a nosotros.

Aunque en todos lados se cuecen las habas del oportunismo, durante los próximos meses seremos testigos de la construcción de dos personajes que responden a dos maneras de entender el país y el ejercicio del poder. Sin embargo, el populismo, el maniqueísmo impuesto por el actual primer mandatario, los programas sociales y los coros de la Transformación que cantan a costosas obras faraónicas serán la mejor indumentaria para la candidata del oficialismo. Mientras tanto, la oposición tendrá que reinventar su discurso para quitarse el lastre de su propia historia y, quizá, competir de frente ante una posible elección de Estado. Mucho dependerá de la fortaleza e inteligencia de su candidata para revirar y aprovechar cada uno de los ataques que se seguirán fraguando en Palacio Nacional.

Llegarán tiempos aciagos para nuestro país. Ojalá no seamos consumidos por nuestra propia vorágine de violencia e intolerancia.

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