Entre la banalización y la ideología trasnochada
Se le otorgó el máximo reconocimiento que puede brindar el gobierno mexicano a un jefe de estado, la orden Mexicana del Águila Azteca, en grado de Collar, a Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, cuya sombra que lo acompaña es la de una dictadura romantizada.
En el circo de varias pistas en el que se ha convertido la política mexicana, durante esta semana las relaciones exteriores de nuestro país han aportado mucha tela para seguir confeccionando “el traje nuevo del emperador” –aludiendo al popular cuento de Hans Christian Andersen en el que se alcanza a perfilar con claridad una manera de ejercer el poder y la obcecación de una sociedad que lo avala.
Entre los actos de milagrosas “sanaciones” –tan propias de los saltimbanquis de la llamada Cuarta Transformación– protagonizadas por actuales funcionarios del gobierno de Campeche encabezado por la incólume Layda Sansores, los arrebatos conspiranóicos de la titular del gobierno de la Ciudad de México o el tragicómico juicio de Genaro García Luna en los Estados Unidos, acapara los reflectores una suerte de malabarismos en la política exterior que despiertan más de una llamarada ideológica y muchas miradas de cierta perspicacia, lo cual ha sido una constante en los casi cinco años de un gobierno que ha fundido en más de una ocasión el candil de la calle y ha logrado encajar su perspectiva del mundo en la ya tan famosa frase como anillo al dedo. Pero vamos por partes y apostemos a que en los recovecos de la memoria algo podemos hallar para entender qué ha sucedido con el renombre que nuestro país había consolidado, a lo largo de los años, gracias al buen manejo de la diplomacia.
Hace una semana, un terremoto –ya con tan sólo pronunciarlo caben todas las descripciones posibles– dejó sin respiración a Turquía y Siria. Mientras las imágenes y las noticias nos hablaban de una desgracia que apenas se lograba vislumbrar, no era necesario preguntar a la Secretaría de Relaciones Exteriores si, como país, se enviaría un equipo de ayuda. Al menos se podía suponer que esa determinación no estaría en duda; así, las imágenes de los miembros de las Fuerzas Armadas y los binomios caninos que se embarcaban para luchar, metro a metro, contra la desesperanza, nos inflamaron los corazones de orgullo y con los latidos que sólo la gratitud y la reciprocidad pueden generar en quienes también recibimos ayuda en otros momentos. Con esa imagen era suficiente; sin embargo, algo empaña dicha proyección.
Sabemos que, durante el presente sexenio, el manejo de las cuentas institucionales, por parte del gobierno federal, no ha sido ni lo más ético y profesional que se podía esperar de quienes se jactan ser los protagonistas del cambio. Pero usar el contenido de lo que sólo debería proyectarse de manera oficial para “colgarlo” de las cuentas personales, es una pequeña muestra de cómo se ha perdido toda orientación: si lo hace Claudia Sheinbaum, ¿por qué no el canciller Marcelo Ebrard haría exactamente lo mismo? En esa frenética y enloquecedora carrera por ser ungidos como el futuro de la Cuarta Transformación, lo cual nos regala momentos que, en otras épocas, hubieran levantado ámpulas y provocado el desgarre de las vestiduras de quienes hoy forman parte de las nóminas burocráticas. Y mejor ni hablar del caricaturesco desempeño de la cónsul de México en Estambul, Isabel Arvide, prístino ejemplo de lo que significa para López Obrador la carrera diplomática y su vínculo con el mundo. La cumbre de la banalidad.
Pero, en la pista de los malabarismos gubernamentales para llamar la atención de los ingenuos –por decirlo de alguna manera–, las noticias aún esperaban por el número más burlesco, el anuncio que no sorprende a nadie: se le otorgó el máximo reconocimiento que puede brindar el gobierno mexicano a un jefe de estado, la orden Mexicana del Águila Azteca, en grado de Collar, a Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, cuya sombra que lo acompaña es la de una dictadura romantizada por quienes justifican la pobreza, la falta de derechos humanos, el aumento en el número de presos políticos y el ejemplo de una “democracia” a modo, por inexistente. Que lo aplaudan quienes tienen tatuadas ideologías trasnochadas.
Pero el argumento de semejante decisión es el alfiler que revienta toda lógica, pues “ha impulsado la cooperación en temas de salud entre las dos naciones”. Claro, mediante programas y convenios que han sido el paradigma de la opacidad en todos los sentidos.
No cabe duda, es mejor quedarse con la imagen de quienes han logrado rescatar a personas con vida entre los escombros de la desgracia, arrebatándolas de la muerte, que observar la sonrisa de un gobierno que es comparsa de las dictaduras que sólo maquillan su rostro más funesto para ser condecoradas.
