Entre fruslerías y cambios de páginas

A pesar de que las noticias que evidencian la realidad en la que vivimos allí están, puestas en la mesa de lo cotidiano, preferimos atender el magro espectáculo que nos ofrecen esas y esos políticos que sonríen ante los reflectores del circo electoral.

Pocas veces hemos observado, con tanta claridad, la forma en la que se imponen narrativas y agendas políticas por encima de la desgracia. Se han combinado los elementos necesarios para crear una humareda que ha envuelto, una vez más, lo que sucede en el estado de Guerrero y, por supuesto, en todo el país. Si alguien conoce la debilidad de nuestra sociedad por las fruslerías es esa “clase” política que nos ha brindado diferentes espectáculos durante esta última semana –claro, sin olvidar el eco y los subrayados de los medios de comunicación– y que han sido capaces de concentrar nuestra atención en las diferentes pistas de un circo revestido de procesos democráticos.

Resulta toda una paradoja que, si bien en épocas no tan lejanas una de las principales quejas era la falta de información acerca de la realidad que vivíamos como país, en la actualidad necesitamos lidiar con una saturación informativa que, en ocasiones, ensordece o provoca que se mire a otro lado. Sin embargo, nadie podría asegurar que, a pesar de la diversificación de los medios que ha permitido el desarrollo tecnológico, somos una sociedad informada a cabalidad. Sigue gustando más la parafernalia y lo frívolo, el fuego fatuo y la superficialidad con la que hacemos palidecer y, a su vez, maquillar a la realidad.

Además, no olvidemos que, a lo anterior, se le suman ciertos elementos que terminan por crear una suerte de atmósfera contradictoria: la facilidad con la que se miente –sí, las llamadas fake news y su estridencia mediática– y la imposición de la narrativa oficial que se escribe diariamente desde el Palacio Nacional. Basta con un par de actos políticos o una simple perorata para que, en cuestión de un chasquido, la realidad y los problemas más complejos que padecemos como sociedad se conviertan en simples anécdotas que sólo serán recordadas por los “enemigos” del gran proyecto de la Cuarta Transformación, los incorregibles “conservadores”, los conspiradores universales que se atreven a enfrentarse a la megalomanía del actual gobierno.

Sólo han transcurrido un par de semanas desde que el huracán Otis devastó al puerto de Acapulco y a gran parte del estado de Guerrero. Días en los que el discurso contradictorio del actual inquilino del Palacio Nacional se ha hecho patente; no obstante, ha terminado por apremiar su agenda política más allá de la negligencia con la que actuaron las autoridades federales y locales ante el peligro que ya acechaba. Sí, pudimos observar durante varios días que la gravedad de la destrucción, el olor a muerte y los diversos rostros de la desgracia fueron reducidos a ser considerados como parte de un simple discurso carroñero que atenta en contra de la popularidad del gobierno. Y el tiempo era un factor decisivo para imponer esta perspectiva: se encontraban a unos cuantos días para que fuera votado el presupuesto del año 2024 y, claro, estaban en plenas contiendas internas por elegir a sus “coordinadores y coordinadoras de los comités de defensa de la Cuarta Transformación” –vaya caricatura de eufemismo para nombrar a sus candidatos y candidatas que, en rigor, se encuentran fuera de la ley con estas campañas disfrazadas–.

Por ello, era necesario cambiar la página en la que se han escrito las historias de la desgracia y la ignominia gubernamental con la misma velocidad con la que ha desaparecido la violencia, la pobreza y se ha escondido la corrupción en la narrativa oficial. A pesar de que las noticias que evidencian la realidad en la que vivimos allí están, puestas en la mesa de lo cotidiano, preferimos atender el magro espectáculo que nos ofrecen esas y esos políticos que sonríen ante los reflectores del circo electoral.

No hemos dejado de ser esa sociedad en la que basta la palabra del cacique o del rey desnudo para imponer una visión de la realidad que está muy lejos de corresponder a lo que se vive en este país: oficialmente se ha declarado el fin de la emergencia en Acapulco y Coyuca de Benítez. Claro, debemos agradecer al huracán Otis que tuvo la feliz ocurrencia de concentrarse en esos dos puntos geográficos. Hasta en eso, este fenómeno meteorológico es único. Basta con un simple ejercicio de información y análisis crítico para entender que tanta prisa obedece a motivos políticos que no dejan bien parado al gobierno local y al federal: de otra manera, todos los días, desde la tarima imperial del Palacio Nacional nos estarían recordando la podredumbre de cualquier otro político de la oposición. O, quizá, seguirían medrando con la desgracia, tal y como lo han hecho con los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa. Y, sin embargo, eso no preocupa al oficialismo: tienen sus aplausos bien asegurados gracias a un presupuesto que, vaya ironía, tendrá su propio efecto destructivo en la economía nacional.

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