Entre farsas y sainetes

La velocidad e incertidumbre con las que se han desarrollado los movimientos políticos y judiciales en Nuevo León son el simple reflejo de la inestabilidad que, en cuestión de unos días, puso en jaque a las instituciones que son responsables de brindar certeza y garantía de orden a su población.

Cómo se puede calificar lo que hemos vivido y, por supuesto, padecido, en el ámbito político de nuestro país durante esta semana? Es muy difícil no traer a cuento aquella afirmación que, como toda frase popular, resume nuestra perplejidad y el origen de la risa involuntaria: cuando expresamos que no sabemos si la reacción más lógica sea reír o llorar, nos encontramos ante una disyuntiva que, a final de cuentas, nos ha permitido contemplar una puesta en escena en la que se conjugaron, con cierta ironía, el humorismo y la comicidad, el absurdo y el calamitoso sufrimiento. Y, en efecto, al pensar en el mundillo político que nos ha tocado padecer, todo resulta insuficiente.

Si realizamos el pequeño experimento de colocar en la mesa de nuestro diálogo alguna situación protagonizada por los miembros de la “corte” política durante esta semana, abundarán los ejemplos de lo que hasta aquí se ha planteado –dejemos para el anecdotario las declaraciones del inquilino del Palacio Nacional con respecto a la Feria Internacional del Libro o el arrebato pasional de Adrián Rubalcava–. Sin embargo, no faltarán quienes tengan muy presente uno de los temas que mantuvieron nuestra atención muy ocupada y, en cierta manera, nos provocaron reacciones hilarantes y, por supuesto, muy alarmantes para el contexto social y político que se avecina el próximo año: lo que sucede con el gobierno del estado de Nuevo León puede leerse como síntoma y vaticinio.

Ignoro lo que en este momento –en el que lees este texto, querida y querido lector– haya ocurrido en dicha entidad, ya que la velocidad e incertidumbre con las que se han desarrollado los movimientos políticos y judiciales son el simple reflejo de la inestabilidad que, en cuestión de unos días, puso en jaque a las instituciones que son responsables de brindar certeza y garantía de orden a su población. Vaya lío que protagonizaron los más relevantes actores de esta suerte de farsa teatral en la que se armó todo un sainete cómico y trágico que aún no finaliza.

Pero no, no es tan simple. Quizá haya quienes planteen que dicha situación no es motivo de risa, pero no falta un toque de comicidad y espíritu burlesco al tratar de analizar la fugaz candidatura a la Presidencia de Samuel García y la arrebatada defensa de su partido, Movimiento Ciudadano. Ahora bien, si la mirada se limita al histrionismo y patetismo con el que se mostraron todas y todos los actores de este esperpento casi teatral, nos quedaremos justo en el nivel de quienes motivaron su propio desastre. A la frivolidad se le necesita desarticular con la seriedad de algo que no podemos dejar en el cajón de los malos recuerdos. Lo que ha sucedido en Nuevo León es como una suerte de advertencia de lo que nos pueden implicar las campañas electorales en los próximos meses y el proceso electoral, que se vislumbra cada vez más complejo. Tal vez lo que necesitamos subrayar es la terrible costumbre de seguir alimentando el caudillismo con un populismo disfrazado con la “voluntad del pueblo”.

Al parecer, no ha sido suficiente con un sexenio en el que se ha terminado por cimentar el presidencialismo a niveles irracionales, ya que algunas de las apuestas parecen encaminarse a repetir dicho modelo. Y, en ese sentido, lo que ocurre en Nuevo León es la clara muestra de cómo el narcisismo y la egolatría que existe entre los miembros de la corte política son una fatal combinación. Sin menoscabo, son capaces de distorsionar la realidad, mentir sin decoro alguno, escudarse en la entelequia tan cómoda del término “pueblo” y, por supuesto, poner en jaque la legalidad cuando les resulta necesario. Aquí es cuando lo burlesco llega a su límite, pues ya linda con aquello que desdibuja la comicidad y describe la perniciosa megalomanía de quienes creen que pueden actuar bajo el amparo del populismo y sus diferentes rostros que tanto han gustado a una sociedad tan acostumbrada al paternalismo disfrazado de programas sociales.

Ya vendrán más actos y escenas en las que podamos observar esos pequeños cuadros de costumbres que nos regala, día con día, la cortesanía política del país. Pero lo innegable es que, en una sociedad polarizada, sus acciones sólo sembrarán una discordia que no rendirá buenos frutos para el alimento. Y, por cierto, y sólo por no olvidar un detalle, ¿será que hay mucho de qué preocuparse sobre las finanzas del gobierno de Nuevo León? En fin, es sólo una pregunta que, al parecer, nadie podrá responder con claridad.

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