Entre el humo, el disenso

Al oficialismo le incomoda la presencia de voces que van más allá de la partidocracia.

Curiosa reacción, por llamarla de la manera más simple, ha sido la respuesta del gobierno federal y de todo el oficialismo –incluyendo el corifeo en turno– acerca de la convocatoria a la marcha que se llevó a cabo el día de ayer. Bastaron un par de días para que se echara andar toda la maquinaria del poder mediático, con el que cuenta el actual régimen, para crear ese efecto en el que han sido expertos durante casi dos décadas: provocar tal cantidad de ruido en todos los medios posibles para imponer su propia narrativa, su tan peculiar y fementida versión de la realidad. Así, entre quienes disfrutan del erario mediante contratos que son dignos de una colección de malas bromas y quienes mantienen una lealtad inquebrantable a la llamada Cuarta Transformación, ese “río revuelto” que se agita desde la inopinada tribuna colocada en los patios del Palacio Nacional ha adquirido dimensiones que llaman poderosamente la atención.

Al parecer, quienes hoy ostentan el poder y están incrustados en las posiciones más relevantes de la estructura burocrática creen que poseen una suerte de título de exclusividad cuando se trata de una marcha, de la protesta y de poseer la única interpretación de la realidad. El árbol del populismo –con edulcorantes de toda naturaleza–, plantado en nuestro país desde hace décadas, sigue dando frutos rozagantes y que llenarían de orgullo a los próceres del viejo priismo que, a fin de cuentas, son las presencias de quienes hoy pintan de guinda cualquier vínculo con sus raíces más oscuras, corruptas y perfectamente identificables. Sin embargo, durante los últimos años hemos observado ese empeño por consolidar la hegemonía del pensamiento, de la historia y de la comunicación.

Todo aquello que implique una perspectiva diferente a la que se proclama desde el Palacio Nacional, una crítica, un señalamiento, un disenso, una discrepancia o se den a conocer los resultados de investigaciones que colocan a los personajes más emblemáticos del régimen en el banquillo de la presunta ilegalidad y corrupción, en cuestión de minutos se desacredita por medio de estrategias que tienen como finalidad que nos olvidemos muy pronto del asunto. Si bien no es algo exclusivo de los dos últimos sexenios, durante estos siete años dicho mecanismo ha sido llevado a puntos que rayan en lo absurdo y la ignominia.

Existen ejemplos de sobra si fuera necesario analizar cada uno de los pasos que implica dicha estrategia y que nos lleva a preguntarnos muchas cosas acerca de las reacciones que se leen, se escuchan y se han expuesto acerca de la marcha realizada el día de ayer. Más allá de los resultados y de lo que se haya suscitado, el punto es no dejar de observar que, entre cortinas de humo propicias –ya aprovechando la ocasión– para dejar de hablar de situaciones como la desgracia ocurrida en el estado de Veracruz y la responsabilidad de su gobernadora, de la famosa agrupación criminal conocida como La Barredora, de seguir cuestionando el sesgo que es evidente cuando se proclama la disminución de las cifras que nos hablan de los homicidios y, por ende, de la inseguridad, de la crisis que existe en el sector salud o del llamado huachicol fiscal que, en otras latitudes y con otro tipo de sociedad y gobierno, posiblemente mantendría bajo la sombra a más un personaje que hoy sigue disfrutando del poder que brinda la corrupción y la impunidad.

De la misma manera que es lamentable observar la cantidad de “declaraciones” y posicionamientos del oficialismo acerca del asesinato de Carlos Manzo, quien fuera presidente municipal de Uruapan, en el que sólo quedan preguntas y, hasta hoy, ninguna respuesta; en ese mismo sentido se puede comprender el tiempo dedicado a denostar y descalificar la marcha de protesta llevada a cabo el día de ayer. Insisto, más allá de la participación, lo importante es observar la reaparición de esa muralla que cercaba al Palacio Nacional, las barreras de cemento, el operativo de la policía para una marcha que, bajo la lógica de sus encuestas, que hablan de su incuestionable y cósmica aprobación –hay estudios académicos que hablan acerca del origen plutoniano de Roger Waters–, no debería implicar más que el aleteo de una simple mariposa. ¿Para qué tanto brinco andando la popularidad tan pareja?, ¿o será que hay algo diferente en las nuevas estadísticas?

Así, entre el aprovechar la coyuntura y el pretexto bien usado para llenar de ruido y humo la discusión y reorientar a la opinión pública, se observan algunas grietas: al oficialismo le ha terminado por incomodar la presencia de una serie de voces de oposición que van más allá de la partidocracia que podrían adquirir otra relevancia. Y no dejemos de recordar a qué tipo de gobiernos le provoca urticaria ontológica la libertad de expresión, las voces que hablan desde el disenso.

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