Entre el dolor y la costumbre
Se trata de imponer su visión única e incuestionable, los otros datos.
El reduccionismo es una de las consideraciones más peligrosas con las que se pretende explicar el mundo. Simplificar la realidad a un solo punto de vista, a una pretendida verdad que se presenta como incuestionable, requiere de toda una estructura de poder que sostenga sus fundamentos y que imponga el soliloquio de sus prejuicios en todo ámbito, convirtiendo toda posibilidad de diálogo en un estrépito cuyos decibeles terminan por ensordecer a cualquiera. Así, desde hace algunos años, hemos observado cómo el discurso de nuestra camarilla política se ha evidenciado, en la mayoría de los casos, como la síntesis entre un lamentable sistema educativo y la búsqueda por sacar provecho del oportunismo que se revela con sus diferentes rostros; uno de los cuales es, sin duda, ese grito que clama por una justicia que nunca llega.
Nos hemos acostumbrado a levantar la voz y, poco tiempo después, mirar hacia otro lado. Quizá porque en el galimatías de la vida cotidiana nos abruman nuestros propios dramas; tal vez porque es agotador tocar la puerta, día con día, en donde despachan quienes han sido capaces de obtener ventaja política del dolor y la injusticia. Pocas cosas vulneran tanto al ser humano como la posibilidad de convertir la muerte en una simple consigna de mitin populachero.
Ya parece algo rutinario escuchar que, en este país, la historia de lo cotidiano se escribe entre las hojas de los obituarios que quedan en blanco –que sólo se contabilizan por un simple afán estadístico– o con la tinta de la angustia de las y los que han sufrido la ausencia de quienes, repentinamente, no han vuelto a ocupar su lugar en la mesa de la vida. Así, el sobrecogimiento con el que escuchamos y observamos las noticias, que son el reflejo de la violencia que desgarra a nuestra sociedad, se diluye entre esa apuesta por el olvido y la desmemoria de quienes nunca aceptarán el fracaso de sus gobiernos para brindar seguridad y paz a quienes dicen gobernar. Dejan que el tiempo coloque en los anaqueles más lejanos el dolor y la indignación, ante la lacerante realidad, para luego cubrirlas con toda la parafernalia de la vanidad con la que se muestran sus cuestionables logros e invierten toda su “creatividad” en seguir consolidando ese maniqueísmo que se fundamenta en el reduccionismo más atroz, en el que se asumen como héroes o víctimas, como faros de la moral, inopinados jueces de aquellos que no son sus fieles partidarios y quienes usan la muerte como una simple moneda de cambio. En dicho contexto, hay dos acciones que ponen en claro el papel del presente gobierno ante la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y la tragedia que se concentra en el afán de las madres buscadoras.
Entre el cinismo y la indolencia se puede entretejer el manto que viste un gobierno que, en otros momentos, capitalizó políticamente lo ocurrido con los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa entre la noche del 26 y 27 de septiembre del año 2014. Sus gritos que clamaban por justicia y exigían la renuncia de las autoridades en turno, se convirtieron en una simple consigna política que, actualmente, también ha quedado en entredicho ante los señalamientos del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (GIEI) luego de presentar el más reciente informe de sus investigaciones y anunciar, al mismo tiempo, que se retira del caso ante la imposibilidad de continuar con su trabajo. Lo que esgrimen como parte de su decisión es la opacidad con la que han actuado las Fuerzas Armadas. ¿La respuesta? Claro, la única voz autorizada para responder frente a dicho señalamiento –y ante cualquier otro asunto– es la del inquilino de Palacio Nacional, quien, fiel a su estrategia, ha consistido en desestimar dichas declaraciones y salvaguardar la imagen de quienes han sido sus principales aliados y socios durante su sexenio. Se trata de imponer su visión única e incuestionable, los otros datos. Quizá ya no recuerden que sus consignas, hace algunos años, eran de otra naturaleza y no dejaron de usarlas durante sus propias campañas.
Y, por otro lado, los colectivos de las madres buscadoras han levantado su voz ante la incongruencia que ha implicado abrirle las puertas a Estela de Carlotto, una de las fundadoras de las Madres de la Plaza Mayo –un colectivo trascendental en la vida de la sociedad argentina–, mientras ellas no han recibido el apoyo por parte de las autoridades y, además, han sido víctimas de la misma violencia que les arrebató a sus seres queridos. Y, ante ello, sólo se ha escuchado un vacilante silencio en el recinto presidencial.
Y mañana habrá algo diferente que nos ocupe. Sí, nos hemos acostumbrado a todo esto, a alejarnos del sentido más humano de la dignidad.
