Entre costuras e hilos enredados
Si antes la tenían fácil, el día hoy también se le ven las costuras a la estrategia de comunicación.
Han bastado apenas un par de meses para darnos cuenta cómo se han acomodado las diferentes maneras de ejercer la comunicación en el presente sexenio. Si bien es natural concluir que se le daría continuidad a los mecanismos que le brindaron proyección al gobierno anterior, en el que se sentaron las bases de la llamada Cuarta Transformación, no deja de ser interesante observar cómo se han diversificado las voces, los discursos, y se les ha dado otro reflector a las acciones de quienes hoy protagonizan una segunda etapa en su administración –por llamarla de alguna manera–. Y, en ese sentido, se le comienzan a observar las costuras a lo que se suponía un incuestionable estilo de gobernar.
No faltó la ingenuidad de quienes suponían que, siguiendo al pie de la letra esa suerte de guion que se escribió a lo largo del gobierno de López Obrador –con respuestas predecibles y un estilo bien definido que reducía al mínimo la posibilidad de la sorpresa o presentar un análisis que no fuera una estrategia publicitaria–, el obligado cambio de administración y de la figura del Poder Ejecutivo no implicaría un ajuste en algunas formas de comunicación o en la proyección de quienes hoy también han adquirido cierta relevancia en los medios.
Así, a pesar de que no se pierda la oportunidad de generar la idea de una unión inquebrantable en el oficialismo, no se puede dejar de lado que hay quienes saben y entienden a la perfección que sus aspiraciones personales no se limitarán a los puestos que actualmente ocupan. Así lo entendió la actual Presidenta desde el momento en el que ocupó la oficina de Gobierno de la Ciudad de México y, por supuesto, durante un tiempo bien definido, proyectó que su mudanza consistiera en cruzar la acera de la Plaza de la Constitución. Claro, bajo la tutela de una figura presidencial que mantenía la primera voz y se consolidó como el centro gravitacional de todo acto de gobierno, aquel que era capaz de cambiar la percepción de una realidad que no dejaba de golpetear el rostro de una sociedad o ante una situación que implicara el riesgo de mermar su imagen y popularidad. El día de hoy, el trabajo y los esfuerzos de la máquina propagandística del oficialismo se encuentra frente a la necesidad de ajustes y remiendos ante el nuevo reto. Si antes la tenían fácil, el día hoy también se le ven las costuras a la estrategia de comunicación. Sin embargo, a pesar de que exista una apariencia de que hay hilos sueltos en el tejido del poder, tampoco es cuestión de apresurar conclusiones que se resquebrajen con facilidad. Todo indica que estaría la mesa puesta y el contexto necesario para que existiera un desajuste que vulnerara la figura presidencial y que la tozudez de las figuras a quienes se les ha conferido una nueva relevancia desde las cámaras del Poder Legislativo o del silencio que impera ante la ausencia del anterior titular del Ejecutivo. Así, no es de extrañar que se presente un reiterado cuestionamiento de la figura presidencial ante las decisiones de mayor relevancia para nuestro país –aspecto que la misma Presidenta ha alimentado, pues no deja de hacer referencia a su antecesor y usar la carta de su popularidad ante las discrepancias que se presentan día con día.
Quizá en ello está la clave para entender que el coro del oficialismo haya aumentado la intensidad de sus discursos, se hayan diversificado las voces y el objetivo de los reflectores se haya desplazado en cierta medida: saben que, quizá, así le restan presión a la figura presidencial y, además, crean una imagen de quien es capaz de ser generosa en sus decisiones, corrigiendo la plana a de sus colaboradores y ajustando a aquellos que se salgan del libreto. No obstante, el camino es cada vez más pedregoso: así se puede observar en la dinámica de comunicación que se desarrolló durante el proceso de la reforma judicial, la ratificación de Piedra Ibarra como titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, los escándalos de quienes forman parta de su gobierno –en especial quienes se sientan cómodamente en las curules de ambas cámaras y que comienzan a ocupar las noticias de manera cada vez más habitual– o los posibles “errores” en el presupuesto que, sin duda, generan perspicacia en más de una persona y en las instituciones de educación superior. De hecho, los hilos sueltos a veces se enredan demasiado y se hacen nudo cuando la crítica proviene desde sus mismas filas.
En efecto, se entiende que los ajustes en los cambios de gobierno obligan a generar nuevas maneras y vías para ejercer el poder. Sin embargo, el contumaz presidencialismo, el ejercicio unívoco del poder y el paternalismo, desarrollados durante el las discrepancias sexenio anterior, hoy se presentan como esos posibles escollos que quizá revelen las grietas del actual sexenio. Los peñascos que hay en el zapato.
