¿En dónde guardarán las máscaras?

En algún punto de la historia, las máscaras terminan por caer y sólo quedan los rostros de quienes han quebrantado los límites de su función como gobierno y, en ciertos casos, el decoro.

A veces es cuestión de paciencia para que, con el paso del tiempo y bajo cierta coyuntura, se terminen de dar conocer cuáles son los rostros de quienes estaban detrás de una máscara desarrollando un papel muy bien definido en esa suerte de teatralización del oportunismo que es la política.

Hemos llegado a un punto en nuestra actualidad en donde lo más absurdo e irrisorio, lo grotesco y el cinismo, se han convertido en esos puntos en común entre quienes se pelean por alcanzar un poco de reflectores en los medios de comunicación –para convertirse en el tema del día y captar un poco de atención–.

Lo curioso y preocupante es que difícilmente imponen su imagen y sus palabras como resultado de un buen desempeño en el trabajo que se les ha conferido, de acciones reales en favor del país –que marcarían la diferencia entre sus pares– o por ser el ejemplo de la congruencia y la transparencia –la primera palabra que intenté escribir fue honestidad y, sin embargo, ya sabemos que hoy dicho término nos conduce, de inmediato, a un terreno lleno de bruma.

Basta con observar en los periódicos, mientras se toma una taza de café, aquello que ha sucedido durante la última semana para darnos cuenta que algunos pronunciamientos de quienes conforman el oficialismo y su corifeo, en otras épocas hubieran sido un excelente pretexto para salir a las calles, tomar las plazas y gritar las consabidas consignas que se tenían muy bien ensayadas.

En efecto, hoy protagonizan el absurdo y la desvergüenza quienes capitalizaron muy bien, durante años, la injusticia y todo aquello que les permitiera crear su imagen de adalides de la política y promocionarse como una alternativa para una sociedad que se ahogaba en el hartazgo y el desencanto. Pero en algún punto de la historia, las máscaras terminan por caer y sólo quedan los rostros de quienes, desde su nuevo pedestal de ladrillos huecos y retórica simplona, han quebrantado los límites de su función como gobierno y, en ciertos casos, el decoro.

Inclusive, pareciera que la estrategia entre quienes trazan las líneas de comunicación del gobierno y del oficialismo con todas su voces, ya no se limitaría a hablar de los extraordinarios logros del anterior y el actual sexenio –discutir acerca de lo “magnífico” del AIFA ya es un lugar común muy erosionado–, ahora lo que más se ha colocado en la mesa son esa suerte de tropiezos que han protagonizado quienes forman parte de la cortesilla del actual gobierno en sus diferentes niveles.

Quizá, de esa manera, se llena de ruido mediático la discusión acerca de los problemas más sustanciales que aquejan a nuestro país. Y, sin embargo, cada uno de estos casos va llenando de piedras el camino que apenas hace unos meses se creía un paseo florido regado con las dulzuras de una pretendida popularidad.

Así, referirnos al caso de Cuauhtémoc Blanco, a los disparates retóricos de Fernández Noroña, a los límites legales con los que juega sistemáticamente Andrea Chávez o los fantasmas de las casas de gobierno, quedarían como pálidos absurdos cuando se escuchan las palabras de la titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Rosario Piedra Ibarra ante la investigación del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU en México: “la ONU no va a hacer nada aquí, no lo vamos a permitir.

Quienes se dicen defensores de la democracia mundial quieren venir a pisotear la democracia que está en ciernes en este país”. Así nada más, quien en otras ocasiones inclusive alabó el trabajo del mismo organismo. ¿La diferencia? Claro, ahora forma parte del Estado, que hoy está señalado, y despacha desde la comodidad del castillo burocrático.

Hace unos años, las banderas que se ondeaban en cualquier mitin político y la frase que alcanzaba mayor eco entre sus asistentes era, se recuerda con facilidad, “fue el Estado”. Hoy, esas palabras han quedado a resguardo de esa memoria selectiva y sólo se emplearían cuando se trate de sexenios anteriores, nunca de Enrique Peña Nieto, Andrés Manuel López Obrador o de la actual presidenta.

Así, la investigación acerca de las desapariciones que lleva a cabo la CED-ONU y su titular, Olivier de Frouville, ha calado muy hondo en el oficialismo y se suma los señalamientos acerca de la inseguridad, la violencia, el papel del crimen organizado, el número –que día con día aumenta– de las desapariciones y los homicidios que existen en nuestro país y, por supuesto, a ese intento por desacreditar a los comités de búsqueda independientes, a las madres buscadoras, a las organizaciones que los apoyan.

Claro, es mejor establecer esa locura de pelea en contra de quienes hacen frente a la realidad que asumir su responsabilidad en la situación que padece nuestro país en este tema. Las máscaras caen con la fuerza del tamaño de su incongruencia y de su intento por crear un espejismo que nos sale cada vez más caro.

Temas: