El silencio no es opción

Se agradece el trabajo periodístico que es capaz de mostrarnos el entramado que existe en cada una de las noticias y que son el pulso de la realidad.

En medio de la vorágine que implica el proceso electoral en nuestro país, hay situaciones que no pueden ser omitirse ni abandonarse en la estantería del olvido. Por doquier retumban los fuegos artificiales de las campañas políticas que, gracias a la proliferación de diferentes medios de comunicación –tradicionales o digitales–, producen una estridencia que termina por ensordecer a quienes atestiguan la parafernalia mediática que se levanta en todos lados, enarbolando banderas políticas y esculpiendo figuras broncíneas que son tan prometedoras como la originalidad de sus propios discursos.

Dicho sea de paso, esta situación no es una simple coincidencia, ni sus efectos son resultado del bochornoso azar. Desde hace mucho tiempo se ha dejado atrás aquella premisa que apuntaba a la poca información con la que se contaba, al silencio cómplice de los medios de comunicación o a la poca difusión que existía de cierto tipo de noticias, pues eran escasas las vías con las que se contaba. Hoy, si bien la apuesta por conservar la opacidad –que siempre es oportuna para el gobierno– y la corrupción van unos pasos adelante de todo intento que invite a la crítica, a la reflexión y a revelar la verdad de lo que sucede en nuestra sociedad, las oportunidades por mantener una información son más amplias y enriquecen la posibilidad de analizar la realidad con datos más poderosos que los simplones discursos del poder: no se pierda de vista que el trabajo periodístico ha sido clave en este cambio de paradigma en la información.

Sin embargo, tampoco se puede omitir que, ante tal cantidad de posibilidades se debe realizar un trabajo aún más complejo y meticuloso para distinguir las mentiras y las falsedades que se calculan con la precisión de un taumaturgo del engaño. Así, de manera paralela, se ha encontrado un mecanismo que funciona a la perfección para distraer la atención y desviar todo análisis que sea una amenaza para la imagen de quienes optan por el estruendo de la mentira y su sensacionalismo retórico que presume logros, que articula un mundo muy alejado del que se vive en lo cotidiano.

Por otro lado, no se puede omitir que ha sido muy complejo lidiar con tantas y tantas noticias que nos hablan de la violencia e inseguridad que tiene subyugado a nuestro país: aunque es doloroso y apabullante –a tal grado que hay quienes mejor prefieren hacer oídos sordos o elegir una ceguera perniciosa–, es necesario que se conozca la realidad, las problemáticas y la violencia de cada región, de los estados, de cada calle de este país. Quiero suponer que nadie, en su sano juicio, pueda concluir que la violencia, la inseguridad y la barbarie, que se han desbordado en nuestra sociedad, sean consideradas como una simpleza de poca relevancia si se les compara con la “riqueza”, la gravedad y la originalidad de los discursos e imágenes de la corte política que inunda a nuestros medios de comunicación. Y mucho menos si se le enfrenta con el torbellino de la propaganda oficial que tiene el gran reto de convencer a la sociedad de su realidad alterna, de que el mundo gira en sentido contrario a lo que implica su fracaso en materia de seguridad.

Por ello, se agradece el trabajo periodístico que es capaz de mostrarnos el entramado que existe en cada una de las noticias y que son el pulso de la realidad. Sí, a pesar de que son quienes se constituyen como las piezas más frágiles en esta búsqueda por desentrañar la realidad, las complicidades del engaño y la corrupción. En este sentido, es muy grave lo que ha sucedido con la periodista Yolanda Caballero en Tijuana, una amenaza que atenta en contra de su vida y su trabajo. Y no se puede mirar a otro lado cuando está en riesgo la vida de tantas y tantos más que se dedican al periodismo en un país que es un peligro para esta profesión –y con mucha responsabilidad del propio gobierno en sus omisiones y falta de resultados–. Por ello, iniciativas como Historias que sobreviven, de Propuesta Cívica (www.historiasquesobreviven.mx), son invaluables al permitirnos conocer con mayor profundidad el peligro y el dolor en los casos como los de Regina Martínez Pérez y Gustavo Sánchez Cabrera, quienes fueron víctimas de la barbarie que apuesta por el calamitoso silencio. Siempre es oportuno conocer sus propuestas y dimensionar la gravedad de aquello que nos comparten.

Si algo ha cambiado en nuestra percepción de la realidad del país –su análisis y punto de vista crítico– es, en gran medida, gracias al trabajo periodístico de quienes no le han puesto precio a la verdad y que, a consecuencia de ello, son un frágil objetivo de la tiranía del poder, de la demencia que implica el fanatismo y sus múltiples rostros que tienen, en los gobiernos, sus mejores máscaras y complicidades a la medida. Sí, callar es colaborar con la barbarie.

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