El río y su estruendo
Vaya espectáculo que nos están brindado los caudillos del “lado correcto de la historia”
Ya ni siquiera se puede decir que se están “sacando los trapitos al sol”. Usar el diminutivo parece un despropósito cuando es cada vez más evidente que combatir y terminar con la corrupción no formaba parte del espejismo que se ha construido durante los últimos siete años. De hecho, se puede afirmar que lo llevado a cabo por el oficialismo a lo largo de este tiempo ha sido todo un éxito, pues esa apuesta por consolidar una retórica y un discurso muy efectivo entre su feligresía les ha brindado la oportunidad de actuar sin el menor decoro y recato, sin la menor preocupación, pues hoy sólo el fuego amigo sería capaz de ponerlos en jaque. Dueños y amos del poder –basta con observar el espectáculo circense del Poder Legislativo y la nueva pista de los lastimeros malabares y acrobacias en la que se ha convertido el del Poder Judicial–, las únicas amenazas a su impunidad podrían derivarse de jugadas pactadas desde lo más profundo de su movimiento o como resultado de un periodismo de investigación que no le rinde pleitesía al gobierno en turno.a
Vaya espectáculo el que nos están brindado los próceres del “no somos iguales”, los caudillos del “lado correcto de la historia”, los prístinos faros de la inmaculada “moral” que se han jactado de promover entre sus correligionarios. Un fraseo que se ha reducido a un eslogan publicitario que se usa cuando más lo requieren: es la mejor manera de cortar de tajo todo cuestionamiento o discusión que les señale sus evidentes incongruencias. Así, no resulta nada extraño que durante las últimas semanas el trabajo de la actual Presidenta y de todo su corifeo pareciera concentrarse en una suerte de control de daños que mueve las piezas de su propio tablero del poder en cuestión de minutos: se necesita orientar la discusión hacia sus personajes favoritos, a señalar conspiraciones cósmicas que los convierten en víctimas de un fatalismo inmerecido, a encontrar explicaciones y justificaciones más allá de sus años de gobierno, a publicitar sus programas sociales, a edulcorar el cinismo con el que eluden su responsabilidad. Todo lo que sea necesario para mitigar la estridencia que genera esa corriente cuyas aguas crecen día con día. En efecto, el estruendo del río de la corrupción es el que se percibe con mayor fuerza cada vez que se subrayan los nombres de los preclaros miembros del oficialismo.
Y, por cierto, los demás problemas del país, ¿en dónde han quedado? Nadie rebajaría a simple anécdota esta vorágine de impunidad y complicidad que conlleva el llamado huachicol fiscal y cuya atención se ha concentrado en algunos de sus principales protagonistas. Sin embargo, parece que se ha olvidado que la inseguridad es uno de los hilos que se derivan de toda esa urdimbre de corrupción y que apunta no sólo al crimen organizado, sino a quienes, desde puestos de gobierno, permitieron su crecimiento. Para donde se mire hay nombres y complicidades que actualizan aquella vieja idea de que pertenecer a la cortesilla política de nuestro país se entiende como un pasaporte al mundo de la impunidad. Quizá la única diferencia con respecto al viejo priismo es que, actualmente, el nivel de cinismo ha alcanzado niveles de socarronería y estulticia muy elementales.
Vaya que en los escritorios de la propaganda oficialista deben estar trabajando a marchas forzadas para generar estrategias que mitiguen esta situación que, ni de cerca, podían imaginar se enfrentarían en el primer año del nuevo sexenio. Pero tampoco se necesita mucha creatividad: reforzarán su retórica del “no somos iguales”, reprocharán a quienes en otros tiempos estuvieron “callados”, hablarán hasta la saciedad del PRIAN –sin señalar que los principales rostros de su movimiento portaron esas credenciales–, no tardarán en convocar a movimientos y marchas en favor de la actual Presidenta y su antecesor; se blandirán bastones de mando por todos lados, se erigirán como las únicas víctimas de las circunstancias, se convocarán a arengas nacionalistas y populacheras, se reforzarán las campañas en redes sociales que pongan en evidencia la famosa “popularidad” de este gobierno y, claro, que la deuda interna se concentre en fortalecer los programas sociales. Y todo esto bajo la mirada de quienes saben que por todos lados se escuchan los tambores de las precampañas, que asegurarán no son actos anticipados de campaña, mientras el INE realiza busca nuevas constelaciones en medio de la opacidad de la que gozan día con día.
Por cierto, ¿en dónde anda la oposición? Quizá escondiendo sus propias cabezas como las avestruces. No sea que les vayan a salpicar su plumaje en alguno de sus escándalos. Sí, colaborando, con toda calma y parsimonia, a que el oficialismo siga sonriendo y manteniendo la tranquilidad en lo que resta del sexenio. Mientras tanto, el río y su estruendo serán un cuadro de costumbres.
Y aún más, si la propia sociedad lo permite.
