El paradigma de la frivolidad
Quizá la construcción de robustas paredes con el material de las Fuerzas Armadas y la arquitectura de la Auditoria Superior de la Federación han permitido que la opacidad se convierta en el eje que sostiene las finanzas de este gobierno
No hay día en el que se presente alguna novedad, una noticia diferente a las que hemos escuchado a lo largo del sexenio o, para ser más específicos, desde que se inauguró una temporada de campañas electorales que, al menos según los criterios del renovado INE, ni de cerca pueden calificarse como tales. La inercia por mantener una campaña que, en realidad, inició hace casi cinco años nos ha llevado a un escenario predecible para cada una de las llamadas corcholatas del partido oficial.
No hay nada nuevo bajo el sol del hastío. Quienes pretenden abanderar a los llamados comités de defensa de la Cuarta Transformación –quizá, para ser justos, éste sea el eufemismo más creativo y absurdo de los últimos meses– mantienen en una abierta competencia por alcanzar un poco de la famosa popularidad que a López Obrador le llevó casi dos décadas en acumular. Saben que es un camino cuesta arriba y que sólo pueden transitarlo ejecutando una suerte de imitación de quien se ha constituido como el único protagonista de este sexenio, el inquilino de Palacio Nacional. Así, cada uno de sus movimientos se ha convertido en una apuesta por mimetizarse con el estilo y la retórica de quien ha marcado la línea discursiva para los que forman parte de su gobierno en todos los niveles. Se trata de ser incendiarios y replicar los ataques en contra de quienes mantienen una postura crítica frente al gobierno y sus “mítines”, acusar al pasado acerca de todos los males, crear conspiraciones a la medida de sus necesidades, realizar videos que muestran su carismática personalidad y lanzarse, a partir de una verborrea populachera –que se ha convertido en el parámetro de sus simpatizantes–, a llenar de promesas de continuidad a quien lo permita. El guion está bien definido, sólo es cuestión de ver las interpretaciones de sus poco hechizantes actores secundarios.
No hay nada nuevo bajo un sol que no deja de iluminar esa frivolidad con la que se habla de la violencia y del crimen organizado que somete cada vez más a nuestro país. Si observamos las recientes declaraciones de la alcaldesa de Tijuana, quien tiene el privilegio de habitar en un campo militar para garantizar su seguridad; sin olvidar las palabras del gobernador de Michoacán al responder acerca del terrible asesinato de Hipólito Mora y, coronando este ejercicio de memoria, con las palabras del primer mandatario ante el cuestionamiento acerca de los trabajadores de la SSC de Chiapas que habían sido secuestrados por el crimen organizado, nos damos cuenta que el desdén por la seguridad de la ciudadanía se acompaña de respuestas baladíes que, en otros tiempos, hubieran terminado en marchas y gritos sobre los templetes de color guinda. Pero eso es cosa del pasado, hoy esa frivolidad que se ha convertido en el paradigma del gobierno, también es la mejor moneda de cambio para sus simpatizantes.
Si los rayos del sol tienen la facultad de iluminar, quizá la construcción de robustas paredes con el material de las Fuerzas Armadas y la arquitectura de la Auditoria Superior de la Federación han permitido que la opacidad se convierta en el eje que sostiene las finanzas de este gobierno. Eso, lo sabemos, no es nuevo. Lo que llama la atención es la complaciente mirada de una sociedad que, el día de hoy, no sabe de dónde han salido todos los recursos que sostienen el circense espectáculo de las corcholatas: por ningún lado se asoma la “austeridad republicana” en el despilfarro que han implicado cada una de las paredes marcadas con el sello de su “no-campaña”, de los espectaculares que nos muestran las edulcoradas imágenes de quienes reproducen al pie de la letra el instructivo diseñado desde hace casi veinte años.
Quizá, por ello, se suman al mecanismo de validarse como los únicos portadores de la “verdad”, del “lado correcto de la historia” que tanto pregonan. Son parte de quienes creen mantener la exclusividad de la protesta, de las luchas sociales, de ser los grises justicieros en una visión de la historia que se han encargado de pintarla en blanco y negro. Y ya sabemos en qué terminan este tipo de fabulaciones.
Así, salvo el pintoresco “monREALity”, no hay nada nuevo ni original en quienes aspiran a encabezar al oficialismo en las campañas del próximo año. Su promesa de continuar con esa frivolidad es su mejor aliada con miras a ser populares, más que en convertirse en quienes ofrezcan soluciones para una sociedad que, según los niveles de abstencionismo, se ha vacunado frente al hartazgo. Y lo que aún nos falta por ver y escuchar en un contexto donde la suerte parece echada. Salvo por la irrupción de una posible candidata de oposición que puede ser su terrible dolor de muelas.
