El menosprecio por la vida

Siempre se termina en la promesa de una Dinamarca que sólo existe en el mapa de la ignominia.

La realidad termina por imponerse a pesar de nuestra magnífica capacidad para mirar hacia otro lado; siempre es más fácil no observar aquello que incomoda, que duele y que, en muchos casos, se ha convertido en un lastre para quienes creen que vivimos en medio de una fantasía creada, día con día, desde el Palacio Nacional. Así, no hay tema menor cuando se trata de comprender lo que sucede en nuestro país.

En efecto, no son pocos los intentos de este gobierno —además de su numeroso y servil corifeo— por imponer, no sólo una visión de la realidad basada en una perspectiva caudillista, sino en establecer la “correcta” forma de leer, de interpretar todo aquello que, en sí mismo, implica un riesgo para el imperio de sus “otros datos”. Si algo hemos aprendido durante este sexenio es a percatarnos que, en cuanto existe un movimiento coordinado en los medios de comunicación, en las redes sociales, incluso, en las pláticas cotidianas, para desacreditar y banalizar un dato, un señalamiento o una noticia, es porque se ha revelado una cuarteadura en ese mundo imaginario que es sostenido por las dádivas y el fanatismo. Por ejemplo, vaya que ha resultado costosa, en muchos sentidos, la falta de dignidad en el sistema de salud que se gestó durante décadas; sin embargo, es ominoso el experimento de la actual administración que siempre termina en la promesa de una Dinamarca que sólo existe en el mapa de la ignominia.

Por ello, el tema y las repercusiones de una imagen que circuló durante estos últimos días no deja de ser algo que ilustra esa capacidad de caricaturización de quienes son afines al presente gobierno y, por supuesto, también de esas muchas otras personas que no pierden la oportunidad de montar un espectáculo cuya banalidad es ejemplar. Así, observar una imagen de la muerte con una frase que reza “un verdadero hombre nunca habla mal de López Obrador” se ha convertido en el asunto que, tirios y troyanos, han explotado, sin respetar los límites de la dignidad y congruencia.

No se necesita tener una preparación muy especializada para darse cuenta de la provocación y los equívocos que implica dicha imagen y cada una de las palabras que coronan el despropósito. No obstante, lo que ha resultado ejemplar es el cauce que ha tomado esta discusión a partir de los argumentos desarrollados por el coro oficialista para restarle importancia y descalificar todo análisis que implique hacer alusión de aquello que es el mayor lastre de este sexenio: sí, es mantener en la mesa de la discusión la violencia, las omisiones y el cinismo que implica el engaño del espejismo de una felicidad decretada desde el púlpito del Palacio Nacional.

Así, mientras las voces más preciadas del oficialismo —con ese tufo de superioridad que es característico de quienes se presumen en “el lado correcto de la historia”— pretender dictar cátedra acerca del humor y los llamados memes, para muchas otras personas no existe nada gracioso que señalar ni celebrar cuando la protagonista es la muerte. Se ha planteado que, en sí misma, la imagen plantea una amenaza, una apología del delito, la referencia a un culto o, simplemente, un humor envilecido. Pero, lo que resulta innegable es que, más allá de la postura política, es latente su perversión —que nos recuerda el país en el habitamos—.

No, el tema no es una camiseta que, en efecto, tiene el poder de calificar a quien la porta. Lo importante es señalar que este gobierno ha menospreciado todo aquello que es un referente a su propio fracaso: somos un país en el que es normal hallar fosas comunes, escuchar cómo crece la cantidad de homicidios semana con semana, los asesinatos de periodistas —y de candidatos y candidatas, vaya paradoja—; de las muertes no contabilizadas durante la pandemia de covid-19, lo que ha implicado la falta de medicamentos —que no se olvide quienes caricaturizaron a los padres y madres de niños y niñas que padecen cáncer—. Que no se olvide que también somos un país de las desapariciones y los feminicidios, en el que se ha usado políticamente la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Sí, de las tragedias de la Línea 12 y de la Línea 3, en las que seguimos preguntando, ¿en dónde están los y las responsables? Sí, estos son los diferentes rostros de quienes, en cierto sentido, menosprecian la vida.

Todo esto es lo que no se puede olvidar y, mucho menos, permitir que se coloque en la mesa de la banalidad por la que apuesta este sexenio. Lo frívolo es una camiseta, sin embargo, lo cuestionable es la postura de un gobierno y su candidata que, ante la tragedia que implican dichas estadísticas y el dolor, han apostado por la trivialidad y banalización. Mientras tanto, la realidad termina por imponerse sobre nuestros ojos, en la calle, en nuestras mesas.

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