El límite de lo simbólico

La dimensión simbólica de este momento no se puede escatimar.

Hay momentos de nuestra historia que nos permiten reconocer, sin mayor polémica, cuando se presenta algo diferente, algo que trasciende la inmediatez. Más allá de posturas políticas antagónicas, de la animosidad y las pasiones que terminan por acentuar la polarización en la que se encuentra nuestra sociedad, no se puede escatimar la importancia de la llamada ceremonia “del Grito” que se llevó a cabo este año. La sola presencia de una mujer en el balcón central del Palacio Nacional constituye un hito, un punto y aparte en el devenir de la historia de un país en el que se comienza a subrayar la importancia y el papel decisivo de las mujeres en todos y cada uno de los aspectos que han derivado en la conformación de una nación tan compleja como la nuestra. En ese sentido, que la titular del Poder Ejecutivo, la doctora Claudia Sheinbaum, haya enfatizado la importancia de las mujeres en su arenga, tampoco es una casualidad; de hecho, se esperaba que, de una manera u otra, sus alusiones hicieran patente este reconocimiento que también se ha constituido como una de sus principales banderas políticas.

Más allá del enrarecido y cuestionable proceso electoral –¿alguien seguirá dudando de la injerencia de todos los engranajes de todo el Estado y el oficialismo en esas campañas electorales?– que permitió la llegada de la primera mujer a la Presidencia, la dimensión simbólica de este momento no se puede escatimar. Y vaya que la actual huésped del Palacio Nacional logró capitalizar este momento, en el que trabajó con mucha precisión su imagen, la fuerza de sus palabras y el sentido del mensaje que brindó desde el foro más importante a nivel nacional: resultó un acierto más el no hacer alusiones políticas a su propio partido ni a la figura de su antecesor. Aspecto que, vaya paradoja, despertó, entre sus correligionarios, el recuerdo y ese echar de menos la imagen y la diatriba de quien fue la presencia tutelar del sexenio pasado. Así, se cumple con creces el aspecto simbólico que tanto gusta a gran parte de la sociedad, un momento culminante en la apoteosis del presidencialismo mexicano.

Sin embargo, hay algo que tampoco se puede olvidar: lo simbólico se desgasta y erosiona con mucha rapidez cuando pierde su sentido, cuando deja de ser significativo en aquello que le da coherencia. Así, este momento tan importante para la historia y para las mujeres de nuestro país, se presenta en medio de una tormenta política y legal que ha marcado este primer año en la presidencia de Claudia Sheinbaum. Quizá se hubiera preferido enfatizar que aún hay evidentes ausencias o cuarteaduras en el discurso presidencial, como lo son las madres buscadoras o lo que sucede con las mujeres, las niñas y jóvenes indígenas que aún son víctimas de una violencia que los gobiernos en turno han omitido en sus prioridades. O tal vez desmarcarse de figuras muy cuestionables que han sido arropadas por las mujeres de su propio movimiento político. Y, sin embargo, lo simbólico no da para tanto.

En cuestión de un santiamén, la atención se volvió a concentrar en aquello que hoy coloca a la llamada Cuarta Transformación en la mesa de su propia discordia, en la mirada de la crítica y en los aires de la ilegalidad. La animosidad se diluye cuando no se puede omitir que el llamado huachicol fiscal se ha convertido en el síntoma del cáncer de la corrupción, de la opacidad y de la complicidad que parece envolver a varias de las personalidades más relevantes del oficialismo, de quienes hoy ocupan cargos muy importantes en un gobierno que dinamita el capital político que conservan y lo invierten en su propia defensa: no es extraño, en esta dinámica,  que una de las instituciones más relevantes y de mayor confianza como ha sido la Marina hoy se encuentre en medio de esta tormenta. Y, por supuesto, su principal abogada ante la opinión pública es la figura presidencial; lo cual también es optar por otro tipo de simbolismo, aquel que deja en un lugar frágil a la titular del Poder Ejecutivo. No se necesita ser muy avezado para hilar fino y darse cuenta esta crisis será cada vez más profunda.

Así, es evidente que el guion está perfectamente establecido, pues no sólo se necesita ejecutar a la perfección la defensa de sus personajes más relevantes; en realidad, es imperante reconfigurar esa estatura moral que tanto se presumió durante los últimos siete años y que se consolidó como el lugar común del pasado sexenio y también del presente. Ante la evidente corrupción que se respira en el ambiente, también se pulverizan las palabras y los símbolos: del “no somos iguales” a “la fiscalía lo decidirá” hay un tufo de ilegalidad que nos recuerda a tantos otros gobiernos. Y, en efecto, con mucha rapidez se olvida la apoteosis de un momento tan relevante para nuestro presente y futuro como sociedad, para llegar con mucha rapidez al espectáculo del absurdo.

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