No hay palabras que alcancen a describir aquello que se pudo observar a través de los medios de comunicación. Una vez más, las escenas de violencia que se proyectaban en las pantallas de los televisores o de los diferentes dispositivos electrónicos nos mostraban algo que, en principio, es difícil de entender y que nos plantea muchas interrogantes acerca de nuestra sociedad y las autoridades que, al menos en el papel, dicen que gobiernan por obra y gracia del voto popular. Preguntas cuyas respuestas nos colocan frente a un espejo en el lamentablemente nos reconocemos desde hace mucho tiempo.
La noticia del asesinato, ya calificado como feminicidio, de la pequeña Camila –en Taxco, Guerrero– es, en sí misma, un golpe que vuelve a desgarrar lo más profundo de nuestra dimensión humana. Versiones y conjeturas, descripciones y narraciones que se iban entretejiendo como parte de una vorágine que aún no ha terminado. El dolor de una familia a quien le han arrebatado a su hija no alcanza a ser dimensionado, ni siquiera logra imaginarse, y es algo que debería convertirse en una voz cuya resonancia no debe perderse en medio de la vocinglería política de estos días, ni diluirse como el eco de un registro más –entre varios miles– que, hasta el día de hoy, no ha dejado de crecer. Allí quedan las imágenes de una madre que se despide de su hija y que, lamentablemente, se suman a las mujeres que no han logrado hallar a sus hijas en el terreno de la desolación en el que se ha convertido este país.
En medio de tantas preguntas, hay una que no deja de ser como un aguijón que se clava en la mirada de lo cotidiano: de no ser por el linchamiento de sus presuntos asesinos, ¿cuál sería la consideración y la importancia mediática que alcanzaría la muerte de la pequeña de tan sólo ocho años? Se suman supuestos y conjeturas, quizá. Lo que nadie puede omitir es que el detonante que propicia que se conociera y se difundiera aún más la triste noticia fue todo el movimiento que implicó el linchamiento de los presuntos asesinos: las imágenes se multiplicaron y aparecieron en toda pantalla, se observó la furia y la violencia que implicaba el posible acto justiciero de la población que ya no espera nada de una autoridad que lució pasmada y sin la mínima consideración en su actuar. Ante dichas escenas, toda referencia literaria o académica se queda muy lejos de lo que observa ante la crudeza capturada en una o varias decenas de dispositivos que compiten por tener las mejores cámaras del mercado. Pero esto no es nada nuevo.
Si nos permitimos seguir trazando la respuesta a esa pregunta que nos desarticula en ánimo, quizá podremos intuir que el asesinato, la muerte de la pequeña Camila, sería parte de una nota periodística que podría olvidarse, con cierta rapidez, en medio del tráfago de noticias que nos hablan de la violencia en otros lugares del país o, por supuesto, entre la bruma que se levanta a partir de la retórica electorera de quienes se disputan el poder. Por cierto, ya habrá tiempo de analizar y juzgar las reacciones de quienes hoy ocupan un cargo en la administración pública o de aquellos que pretenden ser electos en los próximos comicios –quizá no puede omitirse el silencio del oficialismo ante esta tragedia y, por supuesto, las absurdas declaraciones del secretario de Seguridad de Taxco. ¿Por dónde caminan las prioridades de quienes hoy gobiernan el estado de Guerrero y del gobierno federal? Tal vez, su prioridad estaba en el descanso propicio de los días santos o en tratar de explicar qué es lo válido si se trata de una sátira política que les flagele su popularidad. Como es costumbre, su brújula apunta a situaciones imaginarias. Y pocos lugares como el estado de Guerrero para percatarnos de la lejanía del discurso oficial con lo que sucede en las calles. No es gratuito que la desconfianza en las instituciones, en los cuerpos policiacos, en quienes se jactan de ser autoridad, en las y los políticos, sean ya una constante en el ánimo de la población, quienes saben que la impunidad es un escollo poco transitable.
No hay palabras que alcancen para analizar, describir y narrar lo que se observó en las imágenes, la antesala de la muerte, y tampoco para hablar del asesinato de la pequeña Camila sin desasosiego y enorme desolación. La tristeza se queda corta ante el estupor de lo cotidiano, pues hoy la muerte también se ha convertido en mensajera y en espectáculo, en el parámetro de una sociedad que no puede olvidar que el dolor provocado por este tipo de tragedias tendría que ser algo único y no la constante en el andar de los días. Así, mientras aún intentamos entender qué ha sucedido y encontrar un hilo que detenga la desesperanza, se escuchan las vagas palabras de que “la gente está muy contenta en todos lados”. Sí, son fútil retórica que sólo profundiza el vacío en todos los sentidos y, a eso, no nos podemos acostumbrar.
