El jardín de la frivolidad

Hay dos palabras (seguridad y soberanía) que durante la última semana se han puesto en la mesa de la discusión. Son términos a los que se les ha cambiado la definición, lo cual ha derivadoen (re)situar el discurso y la percepción de la sociedad. Dice López-Gatell, en contraparte, que la “fuerza del Presidente es moral”, lo que le “permite” hacer algunas reinterpretaciones

La brújula del gobierno federal tiene muy bien orientada su aguja y siempre muestra el camino más oportuno en el cumplimiento de sus objetivos. En este símil, la dirección correcta siempre será la imagen presidencial, el único baluarte electoral que ha sido capaz de mantener a flote –y con mucha fuerza– las aspiraciones del partido oficial con miras a los siguientes comicios. Si algo se concluye con cierta facilidad, es que el único proyecto que han sido capaces de mantener, con disciplina, es la eterna campaña que ahora ha adquirido un claro enfoque populista, que se articula gracias a que han puesto todo el aparato del Estado a su disposición.

La “fuerza del Presidente es moral”, así describía y justificaba Hugo López-Gatell las actividades de López Obrador, en pleno desarrollo de la pandemia. No olvidemos que también explicó que el simple hecho de que el mandatario se aplicara una prueba era “una visión completamente fuera de lugar en términos científicos”. El día de hoy, mientras todo ese discurso que se propagó durante los meses más difíciles de la pandemia –lleno de manipulación y mentiras– se pierde en la desmemoria tan característica de nuestra sociedad, constatamos que se pueden proferir cualquier cantidad de despropósitos, sin que ocurra algo en términos de justicia. A pesar de ello, hay quienes creen en las palabras de los que conforman el actual gobierno como si estuvieran escuchando una homilía.

En este sentido, hay dos palabras que durante la última semana se han puesto en la mesa de la discusión. Son términos a los que se les ha cambiado la definición, el sentido; lo cual, sin duda, ha derivado en situar el discurso y la percepción de la sociedad, en medio de la narrativa más simplona y de lo más efectiva para el actual gobierno. Seguridad y soberanía son dos de las coordenadas que aparecen en su brújula discursiva.

Ya resulta un ejercicio muy elemental observar que, quienes hace tan poco tiempo vociferaban en contra de la incipiente militarización del país, en la actualidad han convertido a las Fuerzas Armadas en su mejor aliado, contratista y fuente de mano de obra que, vaya claridad, no se sabe qué tan barata ha resultado. En esto radica la paradoja: a pesar de una mayor presencia militar, a través de la Guardia Nacional, la inseguridad en este país no se detiene, a pesar de que se quiera matizar y crear una falsa percepción de las estadísticas. La violencia del crimen organizado que se ha sentado en la mesa principal, los asesinatos, desapariciones, feminicidios no son algo que merezca ser considerado como un asunto de Seguridad Nacional, no. Al parecer, sólo son parte de estadísticas que enriquecen la percepción de la realidad que se busca imponer diariamente desde el Palacio Nacional y que alimenta el arrebato místico de sus correligionarios.

Lo único considerado bajo ese término es mantener la opacidad que existe en el manejo de los recursos en cada una de las obras insignia de la llamada Cuarta Transformación. Con rapidez, destreza y efectividad, de la noche a la mañana, se determina que un ejercicio de transparencia pone en riesgo al país. Se ha frivolizado el sentido, la necesidad y la exigencia de seguridad y justicia; lo cual no es nada extraño cuando al preguntarle a López Obrador acerca del feminicidio del que fue víctima Luz Raquel Padilla, su respuesta fue “atribuyo todo esto al proceso de individualización que se impulsó en el periodo neoliberal. Durante mucho tiempo se hicieron a un lado los valores”. Claro, en la nueva axiología impulsada en este sexenio, los únicos valores que imperan son los que justifican ese tipo de respuestas.

Por ello, tampoco es extraño que, ante el reclamo por parte de los gobiernos de Estados Unidos y Canadá, ante las posibles violaciones al T-MEC en materia de energía, se recurra al mismo mecanismo de la frivolidad: siempre es oportuno, para consolidar el discurso populista más rancio, dar “respuesta” el 16 de septiembre, en plena euforia patriotera, a partir de una banalización de la palabra soberanía y de la historia misma. A fin de cuentas, quienes sufrirán los efectos de esos desplantes no son los miembros del gabinete: serán los productores y comerciantes, los que sí se verán afectados de manera directa ante cualquier reacción por parte de esos gobiernos. Vaya soberanía, evitar, a toda costa, la extradición de Caro Quintero a Estados Unidos, no sea que ciertos nombres vuelvan a ponerse en la mesa de la fiscalía de EU.

Se acercan tiempos en los que ambas palabras, seguridad y soberanía, serán los ejes rectores del eterno melodrama patriotero impulsado por la Cuarta Transformación en el jardín de la frivolidad.

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