El espejo fragmentado
El espejismo del bienestar, que tanto se pregona, necesita crear numerosas escaramuzas –que son bien aprovechadas por el inquilino de Palacio Nacional– para perpetuar su discurso lleno de inquina en contra de quienes tienen la osadía de ser críticos ante los resultados de su administración
Los días son un cúmulo de perplejidades que se engarzan con cada una de las palabras que revelan la naturaleza de quien las expresa. Nuestro país se ha convertido en una inagotable caja de Pandora que se abre en medio de una obra absurda y esperpéntica protagonizada por el actual gobierno federal y su corifeo.
Aunque los mecanismos de comunicación han sido evidentes en lo que va de este sexenio, la irrupción de Xóchitl Gálvez en el escenario de la contienda electoral ha clavado una guinda en la cerviz de quienes han considerado el ejercicio de poder como una extensión de sus prejuicios y un maniqueísmo populachero. Más allá de las filias y fobias, resulta un imperativo no pasar por alto la amplificación de este discurso desde el ámbito gubernamental, con todos sus recursos y alcances. Más allá de resaltar la obviedad de que los y las protagonistas del actual sexenio se han convertido en aquello que tanto señalaron, criticaron y explotaron políticamente durante años, no deja de ponerse de manifiesto una pobreza ética y moral que sólo podrá sostenerse gracias al “oportuno” manejo de los programas sociales y el impacto de su propaganda.
El espejismo del bienestar, que tanto se pregona, necesita crear numerosas escaramuzas –que son bien aprovechadas por el inquilino de Palacio Nacional– para perpetuar su discurso lleno de inquina en contra de quienes tienen la osadía de ser críticos ante los resultados de su administración. Así, en medio de este contexto, el polvorín que ha desatado la presencia de Gálvez en el paraíso de su mundo feliz, ha vuelto a encender esa máquina de la propaganda oficial que se alimenta del presidencialismo y su riesgosa necesidad de dictar lo que es bueno y malo, de definir al mundo bajo sus propias normas y reglas, de sintetizar la realidad de nuestro país bajo su inapelable visión. Claro, todo esto más allá de la ley y escondiendo detrás del telón sus propias carencias y aquello que deja en evidencia que es un gobierno semejante a los anteriores: nepotismo, corrupción, falta de transparencia y tantas perlitas de la incongruencia que se han engarzado a lo largo de los años. Sin embargo, es necesario subrayar el texto cuantas veces sea necesario.
A la ya consabida idealización de la pobreza, que muy buenos resultados han brindado a López Obrador –y que se pretende perpetuar con ese espíritu mimético de sus posibles sucesores–, frente a esa clase media aspiracional o los llamados fifís, ahora se suma la absurda necesidad de definir lo que sí o no es indígena, lo que se enmarca en su estereotipada definición de pueblo originario. Vaya recurso tan chabacano y superficial –y, al mismo tiempo, peligroso– para orientar los ataques en contra de Xóchitl Gálvez. Esto, como sociedad, nos va colocando, una vez más, en medio de una visión clasista y racista que se convierte en moneda de cambio para quienes la colocan en la mesa según sus intereses y necesidades. Nos conduce directamente a ese paternalismo que ha permitido idealizar la pobreza y la desigualdad bajo la lógica de los programas de gobierno en turno y su perspectiva electorera. Hurgar en el pasado, en la vida de cualquier persona, para determinar si su origen es válido o no, si se puede clasificar como parte de una comunidad u otra, a partir de la oficialización de los estereotipos planteados desde la máxima tribuna del país, es algo que tenemos muy conocido y que, de acuerdo con lo que hemos aprendido de la historia, nos coloca en el umbral de un escenario en el que la locura será la principal protagonista.
Nada se compara con el narcisismo de quienes pretenden definir y clasificar al mundo. ¿Apelar al debate político? ¿Exigir que se pongan en la mesa las propuestas para que nuestro país deje de ser un obituario y la imagen de la violencia? ¿Hablar de la falta de transparencia en todos los ámbitos del gobierno y de las llamadas “giras” de quienes aspiran a llegar a la silla presidencial, por ejemplo? No, de ninguna manera, es más viable seguir explotando políticamente los conflictos que apelan a la histórica injusticia y desigualdad que existe en nuestra sociedad. El espejo en el que nos miramos, en el que observamos el reflejo de lo que somos como sociedad para reconocernos como iguales ante la ley –con los mismos derechos y obligaciones– lo han deformado con los discursos de odio que han fragmentado la perspectiva del futuro.
