El cuarto poder

No es casualidad que las comunidades arropen a quienes han logrado sustituir al Estado en muchas de sus funciones

Cuando no se cumplen las promesas se asoma la mentira y sonríe la incongruencia. Les faltan palabras y sobra vehemencia a quienes, desde su más elemental fanatismo, son capaces de construir todo un aparato “filosófico” para justificar cualquier acción, todo acto y discurso de quien consideran su prócer, su inobjetable líder, en la contienda que plantea el maniqueísmo más burdo y populista. Nadie debe perder de vista que, en el fundamento de este tipo de interpretación de la realidad, persiste un mecanismo que capitaliza –con creces– la injusticia, la desigualdad, la corrupción y todo aquello que ha afectado a una sociedad a lo largo de su propia historia.

Se sabe que –empleando el lugar común que, en este caso, adquiere implicaciones trágicas– ese contexto es tierra fértil en donde crecen el odio, el resentimiento y la idolatría que mueven a los seres humanos. Así, bajo esta perspectiva, quien promete soluciones y un ajuste de cuentas con el pasado y el presente, se erige como el protagonista de un caudillismo que no dudará en articular su discurso bajo la retórica del blanco y negro, de los buenos y los malos, de los conspiradores y los lastimeros defensores del “bien”, de colocarse la etiqueta de la victimización en la frente cuando los cuestionamientos y las críticas señalan no sólo sus carencias o errores, sino su propia falta de congruencia. ¡Y vaya que en este país hemos sido muy propensos a celebrar el papel del caudillo sin importar de quién se trate!

Durante estos días, para quienes pretenden abanderar las causas electorales del partido oficial, no les queda un camino diferente al de seguir, letra por letra, el guion del mejor maestro en el tema de explotar el maniqueísmo y el populismo, el actual inquilino del Palacio Nacional. Necesitan crecer bajo su sombra y han asociado su imagen al caudillo de las promesas y los espejismos. Por cierto, no deja de ser inquietante que este mismo mecanismo se replique dentro del crimen organizado, en el que se ensalzan y proclaman los nombres de quienes son sus dirigentes, firmas que no necesitan documentación administrativa o la piedra angular de la democracia para exhibir su poder. Tampoco es casualidad que las comunidades arropen a quienes han logrado sustituir al Estado en muchas de sus funciones. En efecto, son figuras caudillistas que no aspiran a las mieles de la corrupción que se esconde en el ejercicio del presupuesto gubernamental, ni engarzar promesas que serán aplaudidas sin miramientos, sólo porque así lo exige el protocolo y el líder sindical.

Sabemos que, precisamente, la clase política ha crecido bajo la tutela de la mentira. Si las promesas fueran el parámetro de sus logros y de sus embustes, no cabe duda que obtendríamos estadísticas fáciles de interpretar. Quizá por ello, durante este sexenio, se comienzan a perfilar las grandes mentiras que definirán su paso por la historia. A pesar de la férrea defensa de sus incondicionales –claro ejemplo de que el fanatismo y la moral tienen un buen precio–, se debe subrayar el enorme poder que se les ha otorgado a las Fuerzas Armadas: han llegado a convertirse, bajo el milagroso manto del primer mandatario, en los mejores socios comerciales de la actual administración y en una presencia que gravita en los espacios en donde la democracia y la división de Poderes comienzan a ocupar un papel secundario.

Así, en esta obra, digna del esperpento teatral, se configuran aspectos que son como nubarrones en el futuro del país. Mientras en otros tiempos López Obrador y sus huestes lanzaban consignas y explotaban las tragedias según sus propios intereses políticos, ya comenzaban a consolidar esa burda idea del “lado correcto de la historia” –erigiéndose como los paradigmas de la moral y los garantes de la seguridad– en la que no se contemplaba el papel de las Fuerzas Armadas como una de sus piezas fundamentales: no es extraño si son quienes resguardan todo aquello considerado como parte de la ”seguridad nacional”, garantizando la opacidad y, quizá, la impunidad en todos los niveles.

Bastó un simple apretón de manos en medio de la parafernalia militar para comprender la estructura de este sexenio, el cuarto poder no es la prensa, como decían los clásicos: son las FA, que hoy reclaman un protagonismo que se les ha brindado con las arcas abiertas. Lo de menos es que López Obrador y su corifeo cambien su discurso con respecto al Ejército, en realidad el peligro es la ciega proclama que se encuentra detrás de cada una estas acciones. Así, mientras se ataca al Poder Judicial y se usa al Legislativo como un simple teatrito de marionetas, el Ejecutivo toma una copa de soberbia con el brillo de las condecoraciones brillando en la sonrisa de sus mejores aliados.

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