El árbol y su sombra

43, una cifra que simboliza un fracaso en sus promesas de justicia.

¿Cuál será el sonido de la posible traición? No es la primera vez que se colocan en la mesa del poder las fichas que definirán el rumbo de nuestro país. Tampoco es algo inusitado que esa responsabilidad se encuentre en manos de quienes pretenden constituirse como una oposición al gobierno en turno. A fin de cuentas, los miembros del actual gobierno y quienes militan en el partido oficial supieron canalizar y aprovecharse de ese mecanismo hasta llegar al poder, esa fuente de la cual quieren llenar los tinacos de sus futuros bisnietos, sin importar el costo y lo funesto que resulte para el país. Y el límite es su propia codicia.

Desde hace mucho tiempo la cortesilla política ha crecido bajo la sombra del frondoso árbol de la impunidad y el descrédito que esto conlleva. Se intuye que bajo la penumbra de esas ramas se tejen los vínculos que buscan garantizar que sus enlodados plumajes no se queden atorados en el fango de la mala suerte. ¿Cuántas personalidades que hoy lucen sus más amplias sonrisas desde las curules de las cámaras de diputados o senadores tendrán una carrera inmaculada, sin rastro de alguna componenda política de la cual se hayan beneficiado? ¿Algún miembro del gabinete? ¿Quizá entre los mandos de las policías o la estructura castrense haya quien se cuelgue la presea?

Y mejor ni hablar acerca de la preparación que, en teoría, cada una de las personas que han accedido a esos lugares –cuya responsabilidad y ética tendrían que ser unas de sus mejores cartas credenciales–. En efecto, desde hace mucho tiempo se observa con perspicacia a quienes deciden cada uno de los movimientos que repercuten en la vida de nuestro país. Quizá por ello, observar la cantidad de personas que deciden abstenerse y no votar en las elecciones del país debería ser un factor que nos invitara a una reflexión más profunda acerca de nuestros alcances como incipiente democracia. Pero, en estos momentos, esa discusión podría quedar escondida bajo los polvos del fanatismo que enciende a unas cuantas personas.

Vaya árbol tan frondoso que ofrece extraordinarias oportunidades para quienes suelen tejer una red de padrinazgos, compadrazgos, nepotismo y corruptelas que crecen bajo la sombra de la ambición personal. Sabemos que, quizá, a partir de esa suerte de leit motiv que se articula en el desarrollo de sus historias tan ejemplares, las decisiones de algunas y algunos de esos personajes se encuentra supeditado a las instrucciones que llegan desde los lugares más insospechados, como las cúpulas partidistas o las voces de quienes pretenden liderar al país desde el Poder Ejecutivo. Y dejemos fuera de la sospecha a los sectores empresariales, sindicales, religiosos o del crimen organizado, porque es claro que nunca, jamás de los jamases, han intervenido en la vida democrática de este país. Y eso ha ocurrido con quienes han sido parte de los tirios, troyanos y han portado todos los colores posibles –porque, lo sabemos, los principios éticos, la moral, la congruencia y la vergüenza suelen ser monedas de cambio fundidas en plata y oro–.

Por ello, durante estos días –ante la discusión de las reformas al Poder Judicial y la desaparición de los organismos autónomos propuestas desde los pasillos del Palacio Nacional– se lleva a cabo una especie de radiografía de quienes forman parte de las cámaras que decidirán el rumbo del país. Ha resultado curioso escuchar, ver y leer a quienes son la voz de nuestra sociedad; por ejemplo, no deja de ser casi humorístico presenciar la conversión que las y los “chapulines” que se erigen como faros inmaculados e iluminados por el obradorismo, aunque su historia nos hable de la incongruencia que se encarna en su nueva sonrisa. ¿Qué tanto sucederá bajo la sombra de aquel frondoso árbol para que, en realidad, sean los rostros y los nombres de la traición a quienes les colocaron ahí? Ya no digamos que se escucha el metálico sonido de treinta monedas, quizá con un par sea suficiente. Y podrán desgarrarse sus vestiduras con un discurso articulado con prístina retórica, pero sus electores tal vez ni siquiera lo escuchen.

Hoy se vuelve a escuchar un número a todas luces incómodo para el actual gobierno, el 43. Sí, una cifra que simboliza un fracaso en sus promesas de justicia. Y ahora, también son un par de dígitos que pueden plantarle cara al oficialismo y su bosque sombrío. 43 senadores y senadoras que podrían dar un paso en arrojar por la borda un poco del lastre que carga la oposición desde hace algunos años; sí, tal vez sea una oportunidad para lanzar su propio mensaje a una parte de una ciudadanía que exige un cambio sustancial. Y, sin embargo, sabemos que Judas también podría colgar un columpio en las ramas de aquel árbol de las corruptelas. Pero no nos adelantemos en esta historia, hay una página llena de galimatías a la espera de ser descifrada.

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