El anillo, la desconfianza

El papel de los gobiernos estatales y municipales ha sido un ejemplo de la ineficacia y la torpeza, que no son las mejores aliadas en épocas electorales.

Una vez más, como sociedad, nos enfrentamos a una terrible desgracia. Ahora en el estado de Guerrero, a consecuencia del huracán Otis, se ha puesto al límite la capacidad de la población para tratar de sobrevivir ante una devastadora realidad que apenas vislumbramos. Si bien se habla de Acapulco como la ciudad que ha sufrido una mayor afectación –centro turístico y motor económico y político del estado–, no podemos olvidar que en los pueblos y en las zonas menos favorecidas por la entelequia del llamado progreso, la situación puede ser aún más grave.

Han pasado varios días desde que se comenzaron a difundir las primeras noticias del peligro que, la noche del martes, ya se vivía en esa zona. Sin embargo, hasta el día de hoy, sólo contamos con la poca información que los medios de comunicación han logrado transmitirnos desde sus diferentes medios. Y, por supuesto, tampoco ha faltado una historia más del único portavoz del gobierno, paradigma y ejemplo, imagen tutelar de un sexenio que sólo ha contado con su perniciosa retórica para hacer frente a la desgracia.

Desde hace algunas décadas –quizá a partir del terremoto del año 1985 que puso a la Ciudad de México en una de sus peores crisis– contamos con un amplio historial de nuestras reacciones ante las desgracias que han sido consecuencia de los fenómenos naturales. Quizá no sea oportuno realizar un recuento en el que se exponga cada una de estas acciones: lo importante es recalcar que, en la mayoría de los casos, desde aquel 19 de septiembre del siglo pasado, la sociedad civil es el pilar que ha sostenido la lucha contra la propia muerte. No hace falta mencionar que, sin duda, el papel de instituciones como las Fuerzas Armadas, la Cruz Roja y tantas organizaciones más, se habían sumado a un esfuerzo que tenían su principal origen en la gente, en una sociedad que actuó en la medida de sus posibilidades.

Tenemos mucho por colocar en la balanza de nuestra dimensión como seres humanos y el juicio de la historia –que hoy llega con más rapidez gracias a la multiplicación e inmediatez de los medios de comunicación– colocará a quienes se erigen como broncíneos monumentos en su pedestal o en el huacal de la ignominia. Lo que les corresponda. Lo que hoy se impone es resaltar que se trata de una sociedad –gente como tú, lectora, lector de estas simples líneas– que no ha dependido de los gobiernos en turno para ayudar, para volcarse día y noche en organizar el apoyo que no faltó cuando se necesitó. Sabemos que todo se suma al esfuerzo por arrebatarle a la desgracia esa esperanza que hay en cada peso, en la lata de alimentos, en la prenda que se lleva a los centros de acopio. Que en esto no quepa la menor duda. No obstante, también hay preguntas, cuestionamientos que nos vuelven a plantear cuál ha sido la reacción y el papel de este gobierno –y de sus incondicionales corifeos– ante la fatídica situación que vive la gente en Guerrero.

¿Cuál es la razón para que el mismo Presidente que cuestionaba el asistir a zonas de desastre haya intentado llegar a Acapulco en la peor de las opciones de transporte posibles? Que cada quien aventure su respuesta, pero las fotografías en épocas electorales suelen ser muy poderosas cuando el fanatismo es la única moneda de cambio: sandía retórica para quienes son capaces de justificar el lodazal de este gobierno culpando al destino.

Lo que despierta mayor recelo es la determinación de que sólo las Fuerzas Armadas serán quienes distribuyan la ayuda humanitaria y, de paso, descalificar todo intento de las organizaciones no gubernamentales en su intento por contribuir en este trabajo. Y, claro, ya se acerca el poderoso ejército de los malhadados servidores de la nación para realizar un “censo” y perifonear un mensaje con su incuestionable voz en el que advierte que sólo pueden recibir ayuda del Ejército, la Marina y a través de los propios “servidores” del chaleco guinda. ¿La razón de semejante consideración? Insisto, cada quien sus respuestas, pero lo innegable es que el papel de los gobiernos estatales y municipales ha sido un ejemplo de la ineficacia y la torpeza, que no son las mejores aliadas en épocas electorales. ¿También esto cae como “anillo al dedo”? Y, por cierto, es una lástima que a las Fuerzas Armadas se les coloque en medio de la desconfianza que ha despertado un gobierno más preocupado por mantenerlo como aliado de sus proyectos que como garante de seguridad.

Lectora, lector, ya tendremos momentos para ocuparnos de esta historia en la que se revela el tamaño de la hipocresía. Pero hoy la gente del estado de Guerrero necesita de quienes podamos ayudar, sí, de la sociedad: porque gobiernos van y vienen, pero nuestra contribución a la vida es única e irrepetible.

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