Dulces mexicanos

La situación de violencia e inseguridad en el país no es precisamente el mejor capital con el que se podría estructurar la retórica del Estado.

Son momentos difíciles para el gobierno federal, pues experimenta una situación que no estaba en el presupuesto del discurso triunfalista que se han encargado de profesar desde el sexenio anterior.

Durante los últimos días se comenzaba a intuir que la primera parte del juicio a Ovidio Guzmán, efectuada el viernes 11 de julio, podría generarles un dolor de cabeza que les implicaría distraerse de sus obras maestras y el plan mesiánico que inició hace siete años.

Y vaya que las respuestas no han sido el pináculo de la lucidez: llevarlas a cabo desde Sinaloa –en la que aparece, junto a la figura presidencial, un sonriente gobernador del estado– e intentar contrarrestar las declaraciones de Jeffrey Lichtman –abogado de quien, unas cuantas horas antes, se había declarado culpable y ha comenzado a negociar su pena ofreciendo cooperar con las autoridades estadunidenses– son dos pequeños aspectos que no requieren de mucha interpretación. Ya los expertos se encargarán de desentrañar el simbolismo de cada una de estas acciones que, por lo menos, han dejado al descubierto esas pequeñas costuras con las que se confeccionó el traje nuevo del emperador, recordando el extraordinario cuento infantil de Hans Christian Andersen.

Mientras el corifeo y los engranajes de la comunicación orquestada por el oficialismo buscan invalidar el discurso que pone en entredicho al Estado mexicano, la situación de violencia e inseguridad en el país no es precisamente el mejor capital con el que se podría estructurar su retórica. Para nadie es divertido ni motivo de alegría, que existan las dudas y cuestionamientos acerca de las decisiones y la efectividad de un gobierno acerca de lo que se esperaría de ellos en cuestión de justicia, en la lucha en contra del crimen organizado, en buscar cumplir sus promesas acerca de la seguridad.

Sin embargo, de manera inmediata se subraya la ineficacia y los fallidos intentos que se han presentado en estos rubros: en cuestión de horas, se ha vuelto a colocar bajo la mirada de la suspicacia a la Fiscalía General de la República ante el caso del general Cienfuegos y, lo cual no puede faltar en este tema, del posible vínculo de ciertas luminarias de la cortesilla política que hoy gobierna nuestro país –o sus estados– con el crimen organizado, además de su posible injerencia en las elecciones del año pasado. Tal vez hablar de fallidos intentos sea una concesión poco merecida, pues tampoco se necesita una aguda inteligencia para recordar que la corrupción es uno de los hilos con los que se engalanan las vestiduras muchas y muchos que reinan en los encantadores feudos del presupuesto.

Lo más complejo y que provoca una irritación con la que, lamentablemente, nos hemos acostumbrado a vivir, es no perder de vista que estos no son temas nuevos y que no tengan un precedente en la historia de nuestras últimas décadas como país.

Para quienes buscan culpar a administraciones anteriores, de alguna manera tienen razón: no olvidemos que, como sociedad, también somos resultado de los más abyectos gobiernos priistas, de un panismo que guardó la basura bajo los tapetes sobre los que presumían su impoluto calzado y que, por supuesto, no se debe soslayar que en el actual régimen habitan muchas y muchos de aquello añejos protagonistas que, a pesar de ser ungidos por la figura de López Obrador, no lograrán borrar su pasado.

Quizá, las únicas diferencias radican en la nueva forma de sumisión que existe en el Poder Legislativo y en el Poder Judicial, los mejores ejemplos de cómo se dinamitan las instituciones en aras de consolidar un gobierno unívoco, que concentre el poder total y que mantenga en el Ejército a su mejor socio. Por donde se le observe, el panorama no despierta buenos pronósticos.

Vaya que el corifeo tiene un arduo trabajo por delante y deberá consolidar sus mejores cartas: el golpeteo, la nueva e imaginativa forma de la censura y la descalificación, el imperante espejismo de “los otros datos”, la victimización cósmica y atávica, y, por supuesto, como parte de esos dulces tradicionales que tanto gustan a un amplio sector de la sociedad, los símbolos del patrioterismo más sandio posible.

Es cuestión de un chasquido para que se enarbolen las banderas, se pregonen las consignas septembrinas y se acaudille esa pretendida soberanía que, en realidad, es la excusa perfecta para que las verdaderas problemáticas de nuestro país queden en último término, en la comodidad del olvido selectivo, bajo la mirada complaciente de quien evade su responsabilidad con la misma efectividad del humorismo involuntario.

Y, por cierto, mientras esto apenas inicia, los órganos electorales se consolidan como una pesada broma mal contada.

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