Distinguir la mentira

Con el simple hecho de mencionar al Partido de la Revolución Institucional, la sospecha se convierte en el principal lastre para quien encabeza la esperanza de la oposición.

Da inicio una pequeña veda electoral. Un respiro entre tanto parloteo y fuegos artificiales que no auguran un espectáculo tan diferente al que estamos ya habituados. Ya comenzamos a armar un rompecabezas en el que se unen piezas que, en otros momentos, sería casi imposible que pudieran conformar una sola imagen; algunas de las cuales, por cierto, son una suerte de monstruos híbridos que sólo causan risa por el cinismo que simbolizan. ¿Cómo se le puede llamar al pacto que existe entre el Partido Encuentro Social, epítome de la ultraderecha más rancia, y el partido oficial, que se presume de “izquierda”? Claro, la hibridación obedece a la urgencia de asegurar el botín electoral que está en juego. De los principios, la moral y la ética, mejor ni preguntar, esas son cuestiones que sólo atañen a los filósofos de la antigüedad. Y, claro, sólo he mencionado el ejemplo más sencillo y elemental dentro de esta posible zoología fantástica.

Así, bastó con escuchar los elementos sustanciales a partir de los que se han redactado los discursos de cada uno de los frentes políticos –que aparecerán en las boletas electorales– para darnos cuenta de cuáles serán los principales puntos de discusión y las expectativas que se generarán en torno a Claudia Sheinbaum, Xóchitl Gálvez y Jorge Álvarez Máynez, protagonistas de esta pésima tragicomedia de enredos que es la política de nuestro país. En efecto, estamos por formar parte de un proceso electoral en el que se combinan muy diversos factores que definirán el rumbo de nuestro país. Por ejemplo, se articulan los “cuadros de costumbres” en los que lo más bizarro de las prácticas electoreras afinan sus mecanismos más nocivos para la democracia –votos corporativos cortesía del “charrismo” sindical, el “mapacheo”, condicionar los programas sociales y un largo etcétera–. Por otra parte, no se puede mirar a otro lado cuando se intuye que el crimen organizado puede ser una fuerza que defina un proceso que se espera sea democrático y libre. Además, en este complejo rompecabezas, siempre nos preguntaremos cuál será el verdadero papel de una sociedad que se encuentra sumida en sus propios claroscuros –entre el compromiso y el abstencionismo, el fanatismo y la ecuanimidad, la ignorancia y el llamado voto informado, los límites son muy frágiles–.

Lo que resulta más notorio es el tipo de mensajes que se pondrán en juego durante los próximos meses y nuestra habilidad por distinguir las mentiras que no dejarán de ocupar un lugar de privilegio en la retórica de cada promesa. Lo inquietante es darse cuenta que, cuando la mentira es parte sustancial de un planteamiento político, es porque, en cierto sentido, hay quienes la sostienen, la apoyan y le hacen eco. El actual gobierno podrá invertir y sostener su propia maquinaria propagandística, pero la realidad se encarga de mostrar los contrapuntos que desarticulan la fiesta de sus estadísticas. Sin embargo, el engaño se sostiene y se convierte en un hito incuestionable que no acepta ningún tipo de análisis y, además, se constituye en el fundamento político de las promesas de campaña de la candidata del oficialismo. Por el otro lado, con el simple hecho de mencionar al Partido de la Revolución Institucional, la sospecha se convierte en el principal lastre para quien encabeza la esperanza de la oposición. Y, sin embargo, son las piezas con las que debemos armar, sostener y defender un proceso democrático que se ve amenazado por el embuste –que alcanzará su máximo volumen en las campañas–.

Uno de nuestros principales retos será distinguir esa mentira, en cada palabra y en todo mensaje; sin embargo, éste no será un ejercicio sencillo cuando nos percatamos que se debe remar a contracorriente de la propaganda y sus corifeos. O de los propios antecedentes históricos. Por cierto, cuando se habla de la mentira en la política, se impone recordar a la gran Hannah Arendt, quien logró desentrañar los resortes más finos del engaño y su repercusión en la sociedad. Quizá sea oportuno mencionar algunas de sus palabras más recordadas: “la autocoacción del pensamiento ideológico arruina todas las relaciones con la realidad. La preparación ha tenido éxito cuando los hombres pierden contacto con sus semejantes como con la realidad que existe en torno a ellos (…) El objeto ideal de la dominación totalitaria no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad empírica) y la distinción entre lo verdadero y lo falso…”. Así, en pocas palabras, Arendt nos lleva a vislumbrar cómo la frontera de la mentira ser muy sutil y envuelve, con el discurso y su parafernalia, a una realidad que terminará por imponerse a pesar de todo. Y pesar de quienes celebrarán con sus graciosas estadísticas esa ficción que tanto se ha pregonado.

Temas: