Disculpe la pregunta

Señalar de “facho” a quien se atreve a cuestionar se convierte en uno de los nuevos signos del absurdo que pretende cimentarse a partir de la pretendida superioridad moral.

No hay casualidades cuando se trata de dimensionar aquello que crece bajo el amparo del poder. No hay nimiedades ni salvedades. Hace algunos días, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se puso en la mesa de la discusión cuando se difundieron dos momentos en los que se tenía como estelares a personajes afines al gobierno actual. Dos formas de observar lo que implica un ejercicio de la libertad dentro de un marco cultural en el que, por definición, existe la posibilidad de dialogar, cuestionar y formular preguntas que, quizá, en otro ámbito serían impensables.

Así, mientras en un espacio se cuestionaba abiertamente al ministro en retiro, quien gracias su postura y aval hizo posible la reforma judicial impulsada en el sexenio anterior –la cual, por cierto, ha colocado a este pilar de la democracia bajo la sombra y dominio del oficialismo de forma abierta e imperante–, en otro momento se operaba para que se mantuviera imperturbable la tranquilidad de una comunicadora de luces y sombras de tintas guindas ante la amenaza de que los cuestionamientos fueran a robarle protagonismo en su momento estelar. Dos pequeños botones que, en suma, corroboran aquello que se tiene bien identificado: la efectividad de controlar el espacio, de asegurarse que quienes se encuentren presentes en un acto político sean afines al proyecto o, simplemente, no impliquen un riesgo de asestar preguntas a las que puedan responder con la retórica de su guion perfectamente establecido.

Y, en esta viña, todo es posible cuando se afinan los engranajes de la comunicación oficial y se cierran las opciones del debate, del análisis, de los argumentos que buscan transparentar el ejercicio del poder. No obstante, se tiene bien observado que, cuando existe el disenso, la crítica y los señalamientos –más allá de estar basados en hechos perfectamente comprobables– termina por imponerse esa mirada maniquea en la que todo aquel o aquella que coloque en la palestra algún aspecto inherente al actual régimen, de inmediato se le reduce y acomoda a cualquiera de los adjetivos que la riqueza del lenguaje propio del oficialismo ha impuesto con toda tranquilidad. Lo de menos es que se les pueda llamar “prianistas” –con lo cual, valga el humor involuntario, es como picarse sus propios ojos con las vigas que sirven para señalar a sus “oponentes”– y, en la escala del reduccionismo, tildarlos de “traidores a la patria”. Claro, una patria en la que no caben los señalamientos de ineficiencia, impunidad, corrupción y cinismo que toquen a algún miembro de su impoluta corte de los milagros. Sin embargo, hay un término que se ha impuesto con la ligereza de quien levanta un cadalso con las maderas de la democracia: señalar de “facho” a quien se atreve a cuestionar se convierte, no sólo en una suerte de broma mal planteada, sino en uno de los nuevos signos del absurdo que pretende cimentarse a partir de la pretendida superioridad moral que, por cierto, día con día se erosiona en sus propias sombras. Pero aquí lo más importante: que no se olvide que todo comienza por las palabras.

Emplear tan a la ligera ese término es una grieta a través de la cual se puede cuestionar la naturaleza de un gobierno que se ha consolidado a partir de quebrar los contrapesos democráticos, republicanos y de transparencia; además, sin duda, de quienes son voceros y corifeos de semejante despropósito. Todo comienza por el lenguaje, por las palabras, que esto no se olvide cuando observamos la violencia que impera en nuestro país. Quizá valga recordar las palabras del gran Rob Riemen al referirse a cierto grupo social y no precisamente al que tiene eco en redes sociales o medios de comunicación: “¿Cuántos académicos, escritores, poetas, artistas y científicos renunciaron sin esfuerzo alguno a la vida civilizada para respaldar el triunfo de la falacia, la dictadura y la violencia? ¿Cuántos eruditos no pusieron sus capacidades intelectuales al servicio de la justificación del terror? No pretendamos contarlos. La lista es interminable. ¿Y cuántos servidores del espíritu se negaron a sacrificar su integridad y perdieron la vida por ello en los campos de exterminio y los campos de trabajo? Esta lista también es interminable y nos deja sin habla. Miremos a nuestro alrededor. ¿Cuánta gente hay que no concede mayor importancia a detentar la Gran Razón política que ha decir la verdad y razonar sin prejuicios? ‘Una crisis se convierte en un desastre sólo cuando respondemos a ella con juicios preestablecidos, es decir, con prejuicios’, concluyó Hanna Arendt después de la guerra…” (La nobleza del espíritu, UNAM, 2008).

Alimentar con la yesca de una retórica simplona los incendios de la realidad es parte de esa normalización de la violencia y de un maniqueísmo que, bien sabemos, cómo ha terminado a lo largo de la historia. El fanatismo por los totalitarismos, con sus diferentes rostros, es una enfermedad aguda y poco silenciosa.

Temas:

    X