Detrás de los telones
Podríamos concluir que no hay nada nuevo en el proceso electoral que hoy nos ocupa y desgasta. Más allá de que es casi un hecho que, por vez primera una mujer ocupe el mayor cargo administrativo y político del país –lo cual es de gran importancia y trascendencia si consideramos el machismo que ha caracterizado a nuestra sociedad–
Cuando las cortinas se convierten en telones casi teatrales se necesita de un esfuerzo más incesante para que los temas de mayor trascendencia no puedan olvidarse ni omitirse en el análisis de nuestra realidad. Se requiere de una mayor atención para evitar que se diluyan entre el estruendo que generan las campañas electorales y que se agolpa en nuestros oídos.
Sabemos que quienes aspiran a ocupar un puesto de elección se convierten en los protagonistas de una historia que ocupa la atención, que disfruta de los reflectores y del eco que produce cada uno de los discursos que tratan de endulzar los oídos del electorado. Sus palabras y acciones se subrayan en cada medio de comunicación, se magnifican ad nauseam y se pierden entre los dobleces de esos telones.
Así, el deporte favorito de la clase política de nuestro país comienza a practicarse con la disciplina del alto rendimiento. No es extraño que comencemos a coleccionar promesas y tratemos de imaginar la posibilidad de que cada una de ellas se cumpliera. Desde hace mucho tiempo seríamos un país que, día con día, se mostraría como el claro ejemplo de la justicia, el desarrollo económico, altos niveles educativos, sin corrupción y una transparencia sin igual. No obstante, luego del primer día en el que se toma protesta de sus respectivos cargos, parece que todo adquiere otra importancia, las promesas se tornan en meras anécdotas y el mayor vínculo que se mantiene con la sociedad es, por supuesto, el oportuno ejercicio de los programas sociales –símbolo y garantía de contento, satisfacción, aceptación y popularidad–. Y qué decir de las alianzas, son el claro ejemplo de la poca importancia y exigencia que le brindamos al sistema de partidos que se disputa cada peso del erario, de nuestra riqueza. Toda caricatura se queda corta cuando observamos lo que implica la estructura y sus alcances en el gasto del presupuesto anual. Y, sin embargo, son las herramientas más efectivas en el desarrollo de nuestra incipiente y amenazada democracia.
Quizá podríamos concluir que no hay nada nuevo en el proceso electoral que hoy nos ocupa y desgasta. Más allá de que es casi un hecho que, por vez primera una mujer ocupe el mayor cargo administrativo y político del país –lo cual es de gran importancia y trascendencia si consideramos el machismo que ha caracterizado a nuestra sociedad– se suma otro factor que no deja de ser inquietante: la abierta injerencia del Estado en el proceso electoral para favorecer a su respectiva candidata. Así, nos encontramos frente a una coyuntura peligrosa que, en corto tiempo, nos podrá costar muy caro. Por un lado, ante un árbitro electoral –entre el Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación– cada vez más debilitado por la militancia o la abierta simpatía oficialista de algunos de sus integrantes, podemos acostumbrarnos a que el Estado, con titular del Poder Ejecutivo a la cabeza, se convierta en el mayor infractor electoral ante nuestra indiferencia como sociedad. O, quizá, se pueda optar por ser una sociedad cada vez más crítica, que sea capaz de exigir no sólo imparcialidad en los comicios, sino constituirse como el mejor juez en la valoración de los resultados del gobierno. Vaya tarea que tenemos frente a nosotras y nosotros, pasar de ser simples testigos a coprotagonistas de la historia inmediata, de las decisiones que trazarán el camino del país; lo cual no es sencillo cuando, durante este gobierno, se ha llevado al presidencialismo hasta el paroxismo del culto a la personalidad.
No podemos olvidar que detrás de las sonoras fanfarrias y música estruendosa, aplausos incondicionales y jubilosas porras, a unas pocas cuadras de esos templetes que se esfuman en minutos, la violencia y la inseguridad son lo cotidiano, la muerte es como la sombra que acompaña los pasos en las calles y el crimen organizado presume su colección de marionetas. A unos pocos metros de ese mitin lleno de pancartas e ídolos de barro, hay a quien le han programado una consulta médica –en la Dinamarca de las ilusiones– en los próximos meses o, simplemente, no ha conseguido lo necesario para una quimioterapia que tendrá que pagar con sus propios recursos. En donde hay madres buscadoras o se desaparece a un periodista.
Y, claro, detrás de cada pronunciamiento que se articula desde esa inopinada tribuna que se ha convertido el Palacio Nacional, hay quienes ayudan a levantar esos telones que favorecen una teatral percepción que trastoca la realidad y minimiza los problemas que laceran nuestro presente y nublan la perspectiva del futuro. Eso, por supuesto, es la efectiva estrategia de una propaganda que es cada vez más notoria. ¿Por qué será?
