Desnivelando
Tampoco se necesita evocar a quienes son capaces de llenar de florituras y adornos verbales cuando el sinsentido y el vacío es lo que gravita en sus mensajes.
Cada una de las palabras que empleamos en nuestra comunicación tiene un peso gravitacional que revela quiénes somos y son como pequeñas rendijas —o ventanas abiertas en toda su capacidad— por las que nos podemos asomar a ese intrínseco laberinto de quienes ponen el universo de su vocabulario en cada una de las frases que escuchamos en lo cotidiano.
Quizá por ello, en otras épocas, la importancia del discurso, del puntual manejo de las palabras y la retórica eran de los recursos más importantes entre quienes, por conservar el respeto a su labor, estaban enfocados y enfocadas en articular discursos que eran como esa suerte de rendijas entre los que se asomaban las ideas, las creencias, los prejuicios y el extravío del conocimiento.
Y, tratándose de nuestra cortesilla política, no habría lugar a nuestra displicencia al minimizar el sentido de su palabrería o, simplemente, a normalizar el nivel que, día con día, solemos escuchar o leer en los diversos medios de comunicación. O tal vez sería mejor llamarle el desnivel que existe entre numerosas personas que forman parte de las estructuras de gobierno en nuestro país.
Tampoco se necesita evocar a quienes son capaces de llenar de florituras y adornos verbales cuando el sinsentido y el vacío es lo que gravita en sus mensajes. De ninguna manera se olvida que existen las y los adalides de los lugares comunes, de quienes suelen emplear términos que son recurrentes y garantía de cumplir con ese mínimo que la sociedad está acostumbrada a escuchar, que aplaude y repite con ese ahínco de quienes parecen asombrarse con las nuevas promesas y juramentos.
Es posible que, ante la disyuntiva que comienza a plantearse, sea oportuno preguntarnos qué tipo de discursos necesitamos escuchar, cuáles son los mensajes que requerimos, como sociedad, para dejar de envolvernos en ese marasmo que suelen provocar los soliloquios de la clase política, en los cuales suele premiarse la mentira y la ambigüedad que arropa a la falsedad.
Si bien cada sexenio marca su propio estilo en sus actos de comunicación y de desarrollar el galano arte de mentir, por supuesto, durante los dos últimos periodos esto se ha subrayado de tal forma que han quedado al descubierto las costuras de quienes forman parte de esta retórica estridente y cínica. Desde que se instauró el principio de los “otros datos”, de sonreír impunemente y de la normalización de los cambios de opinión, postura ideológica —si es que existiera el caso— o de camiseta política, nos hemos encontrado con un festín de discursos que nos hablan acerca de esa manera de entender la política, la administración pública y el poder entre quienes cobran un sueldo por su “servicio” a la sociedad.
Las joyas de la incongruencia, lo grotesco y lo irrisorio son los adornos de una retórica que termina por ser aplaudida por todo correligionario y entre quienes saben lo oportuno que resulta crear explosiones verbales que llenen de humo y enrarezcan el contexto en el que la realidad queda envuelta por la falsedad. En este sentido, ejemplos sobran: desde el manejo discursivo de la pandemia, las eternas promesas de una mejora en los servicios públicos de salud y la próxima, muy próxima, casi inmediata y acelerada resolución a la escasez de medicamentos, la militarización de la seguridad pública, los pretendidos triunfos electorales sin mancha que valga la pena investigar, las consideraciones triunfales de las remesas, los silencios contundentes que siguen orbitando en la memoria cuando se recuerda el desfalco de Segalmex, de las desgracias que evidencian la opacidad en las autoridades migratorias de nuestro país , de las estadísticas acerca de la inseguridad y tanto más. ¿Que antes se mentía? Sin duda, las diferencias radican en la oportunidad que ofrecen las nuevas tecnologías para enriquecer la información que se ofrece en los medios tradicionales y alternativos. Y, claro, en los golpes de pecho que nacen de la pretendida superioridad moral de quienes pulen y afinan ese tipo de discursos con la certeza y seguridad que brinda la impunidad y la ausencia de mecanismos de transparencia ajenos al oficialismo.
No obstante, hay un ingrediente más en este manejo discursivo que pone el nivel cada vez más lejos del sentido común y de la posibilidad del decoro que exige todo diálogo democrático: el desenfado con el que se lanza el improperio, la grosería, la ofensa e injuria, la imprecación y la chabacanería. En ello radica esa idea del desnivel al que nos conduce una cortesilla política que, gracias a su estridencia, alimenta la radicalización del maniqueísmo por la que apuestan como su mejor propuesta política. El peligro es que nos estamos acostumbrando a ese tipo de violencia que, en el futuro no tan lejano, podría terminar por señalarnos como una sociedad que se conformó con mirar a otro lado.
