De los extremos al absurdo
Hace poco nos enteramos que el día 2 de febrero fue asesinada Teresa Magueyal, quien era integrante del colectivo Una promesa por Cumplir y buscaba a su hijo José Luis.
Dice la vieja frase que los extremos se tocan, que a pesar de que implican una aparente diferencia y simbolizan lo opuesto, terminan apuntando a una misma cuestión. Tal pareciera que ése es el principio que rige nuestra actualidad como país al observar la manera en la que pasamos, en un par de minutos —con el simple cambiar la hoja de periódico o un parpadeo en las redes sociales— de la narración de un espectáculo absurdo, banal y risible, a tener frente a nosotras y nosotros una terrible noticia que subraya y enfatiza la definición de la tragedia. Ya no hay matices ni pausas que nos permitan entender el galimatías que implica la realidad de nuestro país: la boca del estómago se anuda por el dolor y el corazón se envuelve con el latido de la exasperación.
No hay manera de ignorar que entre las y los miembros que conforman la cortesanía política de esta sociedad, hay personajes que no se destacan por su probidad o que sólo se distinguen por los escándalos que protagonizan constantemente. Es común enterarnos acerca de sus desplantes casi adolescentes, que han lanzado declaraciones poco afortunadas —o llenas de cinismo—, que han convertido el tabique de adobe en el que se encuentran en un pedestal forrado de brillantina o que han alcanzado el siguiente nivel en su megalomanía. En efecto, son como los personajes que se desenvuelven en los escenarios interpretando su papel en el teatro del esperpento, de forma grotesca y ridícula. Quizá sería divertido si no estuviera en juego el presente y el futuro del país, si dicha interpretación tuviera un costo económico y político sufragado por quienes pagan sus impuestos. Y, lamentablemente, este tipo de situaciones se acentúan y se evidencian cuando, por supuesto, se disputan el poder en tiempos electorales, pues salen a relucir los videos, las grabaciones, las capturas de pantalla, todo aquello que pueda trastabillar la figura del oponente. Sin embargo, mientras esto puede ocupar la imaginación y mucho del tiempo laboral del mundillo político, a las y los espectadores se nos agolpa la bilis porque, sabemos, que eso ocurre por una simple razón: se saben impunes y entienden que nosotros, como sociedad, olvidamos las afrentas muy rápido. O quizá apuestan a que la apatía sea su mejor aliada en estas lides.
Pero el extremo del péndulo nos obliga a dimensionar la realidad. En medio de tantos signos que nos hablan de la violencia que impera en el país y de la clara omisión del Estado en este aspecto, recibimos una noticia que también nos coloca en una posición delicada y muy peligrosa: hace poco nos enteramos que el día 2 de febrero fue asesinada Teresa Magueyal, quien era integrante del colectivo Una promesa por Cumplir y buscaba a su hijo José Luis. Sí, una de tantas mujeres que son conocidas por su incansable labor de tratar de localizar a sus seres queridos que son considerados como desaparecidos. Una madre buscadora que fue víctima de la violencia que pasa frente a nosotras y nosotros, que se disuelve ante nuestra mirada y que ha dejado de ser importante. En eso radica la peligrosidad: quizá cabría preguntarse en cuál estante hemos guardado la indignación y cómo hemos enmudecido ante aquello que resquebraja el sentido de lo humano. Si hemos de conformarnos con el “humanismo” en su versión oficial —sin cuestionarlo ni evidenciar el fanatismo de la egolatría—, sólo validamos los atropellos que, desgraciadamente, se padecen en todos los rincones de este país. No cabe duda, el silencio es el mejor triunfo de la barbarie, de la opacidad y la impunidad.
Y los extremos se tocan. Sí, por supuesto que coinciden cuando, bajo cierta perspectiva, sabemos que los bufones que aspiran a la corona o al título nobiliario que brinda la corte política, son quienes no han cumplido con su trabajo, con las obligaciones que les asignó la sociedad. Quizá el punto cardinal en el que ambos extremos se tocan es la impunidad de quienes pueden burlarse del árbitro electoral, de quienes mienten en temas tan importantes como la salud, de quienes han inflado los costos de los proyectos faraónicos, de quienes han asesinado y reciben el castigo de los “abrazos”. Abrazos que, por cierto, no han recibido las madres buscadoras en Palacio Nacional y, por ende, ante tal ejemplo, habrá que preguntarse qué sucede en otras entidades.
En algo nos estamos equivocando cuando la noticia más estruendosa radica en el lamentable espectáculo de las y los políticos bajo el efecto de sus ínfulas redentoras, no lo más sustancial que es la vida y la justicia. Orientemos con la brújula de la dignidad, una vez más.
