Son días interesantes y complejos para entender cómo se ha desarrollado una tensa dinámica entre la ficción y la realidad. Más allá de sumarse a los cientos de páginas que nos han tratado de explicar el concepto de la posverdad, no se necesitan muchas luces académicas y filosóficas para percatarse que la estrategia gubernamental para crear una percepción de la realidad adecuada a sus propósitos e intereses ha sido mucho más que efectiva y exitosa. No ha sido necesario “ocultar” las noticias, mucho menos en una época como la actual, cuando las redes sociales —y su posibilidad de interacción inmediata entre los usuarios se lleva en el bolsillo—. No, nada tan lejano a otras épocas: ahora sólo bastan un puñado de palabras para determinar el cómo se debe entender, analizar, incluso recordar algún suceso.
Así, mientras tirios y troyanos, azules, guindas, verdes o naranjas se baten a duelo para determinar quiénes viven en una “burbuja”, la realidad se mofa de cada una y uno de ellos. Quizá en eso ha radicado el error y el hastío de una parte de la sociedad, que sólo puede observar en la partidocracia y su perniciosa retórica como parte de un absurdo que no responde a la problemática que se vive y padece todos los días en las calles de nuestro país. En este sentido, no hay novedad alguna; sin embargo, lo que ha resultado interesante es la efectividad con la que se ha instalado el discurso oficial en la mirada de la ciudadanía: nada es grave, poco es relevante, todo es exagerado, quizá algo sea digno de mencionarse según sea la perspectiva de lo que se pontifica diariamente en los patios del Palacio Nacional. Y, así, los derroteros de la información y la relevancia de su impacto entre la sociedad toman el camino que resulta más cómodo para la retórica oficialista y todo su aparato de comunicación. Y nada es una simple casualidad.
¿Cuál es la diferencia entre aquellos medios de información que estaban al servicio de los sexenios en turno con respecto a la interpretación de la realidad que se consolidado como una “verdad” gracias a la palabra de una sola persona? Las posibles respuestas a un cuestionamiento tan elemental han llenado páginas enteras de periódicos y revistas, han ocupado cientos de minutos en programas de análisis televisivo, radiofónico o virtual. Y, como se ha demostrado en las últimas elecciones, ha sido la perspectiva oficialista la que se ha consolidado como la más efectiva entre gran parte de la sociedad. Pero no, no necesariamente es la que se alimenta de la verdad. No obstante, parece que los partidos de la llamada oposición no cuentan ni con un pequeño atisbo de credibilidad ante la sociedad. Una vez más, el lastre de su historia que los ha colocado en el sobre de una carta sin destinatario.
En efecto, vaya disyuntiva la que tenemos frente a nosotras y nosotros. Y cualquiera de los caminos por el que se opte es paradójico, pues hay quienes entienden que, durante el actual gobierno, la estrategia de comunicación ha sido similar a la del más añejo presidencialismo. Y que tan sólo basten dos botones para ejemplificar el mecanismo: lo que hace un par de días, en la “mañanera”, se ha comentado acerca de lo que sucede en el pueblo de Tila, Chiapas, y, por otro lado, la valoración acerca de la violencia electoral y la cantidad de asesinatos que se cometieron en contra de candidatos, candidatas y personas cercanas a sus campañas —que, ni por asomo, se reducen a seis—. Si se han escuchado entrevistas a las y los habitantes de dicha población chiapaneca, se comprende que no es un simple problema entre la comunidad, tal y como se ha presentado en la tribuna del Palacio Nacional, pues el crimen organizado y su violencia han sido quienes han obligado a que cientos de personas hayan abandonado sus casas y el patrimonio de sus familias. No, no es tan simple, pero se comprende que entre el partido oficial y su aliado de tonalidad verde —quienes gobiernan y gobernarán el estado— están muy lejos de aceptar una realidad que golpearía la percepción de una seguridad y prosperidad que tendrá como principal fundamento los millones de votos obtenidos en los comicios.
Será habitual que nos seguiremos familiarizando con una visión de la realidad que se convertirá en algo pintoresco, apenas cuadros de costumbres decimonónicos que, según el oficialismo, son como excepciones que se magnifican, que se exageran, que no son dignos de un análisis ni de darles la menor importancia. Así, mientras la partidocracia y los corifeos gubernamentales se enfrascan en adjudicar “burbujas” llenas con los torbellinos de clasismo y resentimiento, allí continúan la violencia, los crímenes y la impunidad, sin dejar lugar a la ficción, pues ya no es tan necesaria: nos hemos acostumbrado a la mentira y la manipulación de quienes han pretendido gobernar a lo largo de la historia. Ahora toca reinventar las respuestas.
