Control de plagas
Si queremos adentrarnos y analizar en qué consiste el humor involuntario, basta con leer y escuchar las diferentes explicaciones que los más connotados ejemplares chapulinescos suelen ofrecer para justificar sus decisiones acerca del cambio de partido político.
Hay días en que lo cotidiano nos brinda noticias que leemos con cierta sorpresa y, tal vez, un poco de incredulidad. Aunque no hay nada de extraño que los insectos nos acompañen en muchos de los espacios en los que suelen transcurrir nuestros días, no deja de observarse –con cierta preocupación– la nueva aparición de una fauna endémica, tan nociva como peligrosa para la sociedad. Basta con encender el noticiario o leer las páginas de cualquier diario para darnos cuenta que, en efecto, es la temporada en la que algunos insectos aparecen en donde menos lo esperas y cambian de apariencia para adaptarse a las nuevas exigencias de su difícil, compleja, dolorosa vida, llena de pesares, angustias y vacío existencial.
No, estas líneas no se ocuparán de las chinches, que han retado a diferentes comunidades estudiantiles y a las y los usuarios del transporte público de la Ciudad de México. Una leve sonrisa se dibuja cuando escuchamos las teorías más disparatadas que explican dicha situación o nos encontramos con los llamados “memes” que, en muchas ocasiones, son un divertimento que reivindica al humor como una alternativa a la realidad. En realidad, me refiero a los nocivos y dañinos chapulines de la clase política.
Es preocupante que estos insectos se constituyan como una verdadera amenaza para la democracia, mientras la sociedad sólo observa su proliferación y consiente el modus vivendi de cada uno de los miembros de esa nociva especie. Inclusive la llega a justificar y la aplaude con la misma facilidad con la que se celebra que un policía de tránsito envuelva en papel moneda el reglamento vigente y permita que la corrupción impere. Aunque, en teoría, las campañas electorales aún no dan inicio –aquí, lectora, lector, puedes insertar la mejor broma o comentario sarcástico que se te ocurra–, ya comienzan a integrarse los nuevos equipos de quienes contenderán en los próximos comicios. Y, por supuesto, es el momento de que las y los chapulines se dediquen a buscar la sombra del mejor árbol para que se garantice su propia supervivencia. Mientras la sociedad, insisto, sólo observa y se desentiende con la ligereza que provoca el hastío.
Así, también inicia una época en la que podemos observar cómo los pequeños o enormes saltos de estos insectos definen su propia convicción y los principios políticos que aparentaban defender. Si queremos adentrarnos y analizar en qué consiste el humor involuntario, basta con leer y escuchar las diferentes explicaciones que los más connotados ejemplares chapulinescos suelen ofrecer para justificar sus decisiones acerca del cambio de partido político: palabras y discursos que son el claro reflejo de cómo funciona y caracteriza a quienes pertenecen a ese mundillo de la política de nuestro país. Dichos seres, luego de alcanzar esa suerte de Olimpo que les puede garantizar impunidad y, al parecer, les brinda la opción de ser protagonistas de cualquier absurdo –con el cinismo de quien se siente parte de un sector privilegiado–, no tienen miramientos ante su propio electorado. Así, si los chapulines han accedido a algún cargo de elección popular representado los principios –por llamarlos de alguna manera– de un determinado partido político, su brinco para dejarse envolver por los colores de otra agrupación es, en términos muy sencillos, alguien que le da la espalda y traiciona a cada una de las personas que le brindó su voto y la confianza en su discurso.
Claro, nadie dudaría de los milagrosos efectos de la conversión que les despierta un nuevo y renovado interés para velar por los intereses de una ingenua sociedad que necesita de este tipo de paladines para mirar al futuro. Quien lo llama pragmatismo sólo justifica la compra-venta de orfandad política. Sin embargo, resulta curioso que dichos intereses en realidad sean una mera estrategia retórica que, entre líneas, sólo evidencia su ambición personal, la falta de ética y el desparpajo con el que cambian de partido sin que haya algo que proteja la decisión de sus electores. Mientras tanto, la sociedad sólo se ha limitado a contemplar el lamentable espectáculo de quienes han llegado a la cúspide del ladrillo y buscan saltar al próximo cuando algo no les favoreció en los procesos internos de sus partidos o cuando apuestan por obtener un lugar de privilegio en el mapa organizacional de las siguientes administraciones.
No, nada de esto es nuevo. Esta renovada temporada de chapulines sólo explica la dimensión ética de quienes podrían recibir nuestro voto y, lamentablemente, también es un indicativo de la impunidad con la que pueden actuar porque, como sociedad, lo hemos permitido. ¿Buscamos un control de plagas que sea eficiente? Ya dependerá de nosotras y nosotros que así sea.
