Una cápsula de lectura

Para Sara Mendiola,  

con gratitud siempre.

Hay conceptos que no se deben olvidar, así como se llegó a aprender en un salón de clases y se logró reafirmar en lo cotidiano, pues nos podrían ahorrar más de una complicación y, en su caso, nos permitirían entender la relevancia de nuestras palabras y nuestros actos. Y mucho más si se forma parte de la cortesía política que tiene el destino del país entre sus manos, entre los hilos de su formación ética y en su solidez moral. Así lo quisiéramos suponer, aunque la historia y las noticias que se escuchan diariamente se empecinan en plantearnos lo contrario, ¡qué ocurrentes, en verdad! 

Ya desde hace varios siglos, cuando Aristóteles comenzaba a trazar mucho de lo que hoy consideramos básico en la conformación de nuestro pensamiento en un texto dedicado a su hijo, se consideraba a la prudencia como una de las virtudes más elementales para el ser humano. Tal vez sea llegaría a ser recomendable la Ética a Nicomaco como un texto que bien podrían leer (aunque sea como capsulitas) quienes forman parte del Poder Legislativo cuando no desean poner atención en las disertaciones de las sesiones —claro, bajo el supuesto de que asistan a su compromiso laboral— en lugar de conversar o ver con acucioso detenimiento sus dispositivos electrónicos (vaya paradoja, pues mientras se  pondera la prohibición de los teléfonos inteligentes en el nivel básico, en las cámaras es uno de los mejores recursos para no escuchar a sus semejantes).

Ahora que se ha puesto en la mesa del debate acerca de los resultados de la prueba PISA —aunque este tema sí que es relevante, por supuesto—, en la que se expresan los malos resultados en el rubro de la comprensión lectora entre las y los jóvenes de nuestro país, cabría preguntarse cuáles serían los resultados si esos mismos reactivos se aplicarán a los adultos que no hemos dejado de señalar las deficiencias de las y los adolescentes: supongo que los resultados no serían nada alentadores porque, si ese segmento de la población tuviera una clara consciencia de la importancia que reviste el conocimiento matemático o el acto de leer en todo el proceso educativo, tal vez los resultados hoy serían distintos. Y no sólo en el ámbito pedagógico, inclusive en lo que se refiere a la exigencia de los derechos, el cumplimiento de las obligaciones como ciudadanos y, por supuesto, de la legalidad y la democracia misma. 

No faltará quien plantee que este tipo de conclusiones son tan simplistas —en efecto, tan ligeras como los vientos de un huracán— al compararse con otro tipo de problemáticas que determinan nuestro presente; sin embargo, no olvidemos ni perdamos de vista que la educación, en todos sus rostros, se ha considerado como el cimiento de toda civilización a lo largo de la historia. Ya cada una y uno de nosotros argumentará sus posturas con respecto a este tema. Lo que no deja de ser una suerte de alerta es que nos encontramos, por enésima ocasión, en un callejón en el que necesitamos buscar las cuarteaduras de una pared para hallar la posible salida. Claro, porque quienes han levantado el muro han sido, a lo largo de las últimas décadas, los que no dejan de observar al sector educativo como una poderosa ficha en el tablero de sus pretensiones políticas, de sus corruptelas e influyentismo, de su fanatismo y su paraíso electoral.

Por ello, no deja de ser interesante observar lo que ha sucedido con un senador quien, a través de las redes sociales, reaccionó a un reportaje del periodista Enrique Acevedo acerca de la senadora con licencia Julieta Ramírez —en el que expuso su posible vínculo con autoridades norteamericanas— al amenazarlo de manera abierta a la vista de todo el mundo. Quizá en el fragor de la batalla discursiva y en el pestañeo de un cerillazo retórico, a dicho legislador se le olvidó lo que planteaba Aristóteles en la ética nicomáquea al hablar acerca de la prudencia: esa virtud que hay quienes no la colocan ni como stickers en sus agendas. Bueno, un pequeño desliz parlamentario lo sufre cualquier ser humano, dirían los letrados en estas áreas; sin embargo, más allá de la disculpa que ha ofrecido a la presidenta Claudia Sheimbaum, no deja de subrayarse que la palabra no deja de ser una expresión del pensamiento cuando se habla de asuntos políticos desde el poder del Estado. La apuesta es  que mañana se hablará de otro tema y a lo que sigue. 

Y, sin embargo, la libertad de expresión se vuelve a sostener con hilos muy delgados cuando se comprende se exponen temas que incomodan a la cortesía política del poder en turno. Quizá sería bueno leer detenidamente lo que ha implicado ganar este derecho a lo largo de los años en nuestro país y la paradoja que también es un retrato del oficialismo y de nuestra sociedad. 

Sí, hay mucho trabajo por delante para consolidar el pensamiento crítico. ¿Un café?