Brevísimo diccionario

Nada tan peligroso como imponer una perspectiva de la realidad en blanco y negro con tan sólo unas cuantas palabras establecidas por el poder.

Tan poco segura de sí está la mentira,

que tiene que gritar con vehemencia.

Joseph Roth

Ha iniciado otro de los años decisivos para la historia contemporánea de nuestro país, al menos en el ámbito político y económico. Sí, el 2024 es año de elecciones de carácter federal y local que podría reconfigurar el mapa de la administración pública y marcar el derrotero que seguiremos como sociedad durante los siguientes años.

Si bien en cada una de las elecciones que se han efectuado en otros momentos tienen su propia importancia y ya se pueden analizar a través de una mirada crítica, las que están por efectuarse en los próximos meses podrían ser el punto culminante entre la continuidad de la llamada Cuarta Transformación o enfrentarse a la decisión de dar un “golpe de timón” que implicará un reto sin precedentes.

Ya iniciarán las campañas –claro, esta frase se puede leer con la socarronería que implica una falacia– y se colocarán en la balanza de nuestra frágil democracia diferentes maneras de entender la política, el tan ansiado proyecto de nación, la administración pública y tantos otros factores que tendrían como obligación brindar a la sociedad una perspectiva de futuro –y no sólo un ajuste de cuentas con el pasado ni la condescendencia con el que se pavonean en el presente–. Sin embargo, tampoco podemos ignorar que el elenco que protagoniza esta obra del absurdo –que ya es el proceso electoral– sea tan prometedor ni original: la partidocracia que sostiene a la camarilla de la clase política se recicla de maneras tan burdas que ya no hay lugar para sorpresas. Es una época en la que los nombres y los rostros van de un lado a otro, un partido se convierte en el semillero de alguna otra agrupación política que redacta su propio catálogo de promesas; tiempos en los que el milagro del perdón y purificación se genera al cambiarse de denominación partidista con toda la tranquilidad que brinda la impunidad. Y, como ciudadanos, sabemos que son las únicas fichas con las que contamos para seguir apostando por la democracia.

No hace falta tener una bola de cristal ni altos grados académicos para intuir que, en efecto, se avecinan días complejos que nos podrían llevar al límite como sociedad; por ello, será necesario que ubiquemos nuestro papel como las y los verdaderos protagonistas de estas contiendas electorales que, bajo una mirada quizá catastrófica, puede incendiar a nuestro país. La ingenuidad o el fanatismo serían los mejores aliados de la barbarie.

Pasar por alto que, durante al menos un par de décadas, la mejor estrategia de comunicación política –y la que les ha brindado muy buenos dividendos a quienes la operan– es el manejo de un discurso maniqueo que ha polarizado al país, sería abonar un campo minado en el que la violencia domina el panorama. Sin embargo, la responsabilidad ya no sólo se concentra en quienes son el rostro y los cerebrales estrategas de las campañas que, no cabe duda, podrán usar dicho recurso retórico ad nauseam, pues su efectividad está probada: no es gratuito que en el presente sexenio se haya convertido en una cortina llena de verborrea que esconde y justifica sus propias carencias, los fracasos, las omisiones. Actualmente ese discurso se fundamenta en el ataque vulgar, la estigmatización y el vituperio, está muy bien aprendido por quienes se asumen guardianes de una pretendida “superioridad moral” que, en sí misma, es el parámetro de la ignominia.

Entre tirios y troyanos se alimenta este discurso que siembra de pólvora las calles y las mesas. Sin embargo, cuando esto es el objetivo del gobierno en turno, el límite del fanatismo y la intolerancia se convierte en un hilo que se desvanece en nuestras manos bajo la complacencia de quienes son promotores de la polarización. No obstante, la diferencia radica en el papel que juega el Estado en ser el origen y, al mismo tiempo, el altavoz de este mecanismo que alimenta su juego propagandístico sin importar la realidad, ni que la mentira o la posverdad sean el fundamento de su discurso que, por supuesto, se reduce a muy pocas palabras, a unos cuentos términos en los que se encasilla y determina al mundo, se califica y se degrada la condición humana. Nada tan peligroso como imponer una perspectiva de la realidad en blanco y negro con tan sólo unas cuantas palabras establecidas por el poder. Quizá por ello las problemáticas a las que nos enfrentamos no adquieran una mayor relevancia, pues no están en ese mínimo diccionario con el que se pretende entender lo que nos ocurre como sociedad. ¿Será que podamos romper con esa terrible inercia y optemos por algo muy diferente en los próximos meses? Tenemos un arduo trabajo por delante.

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