Banalizar los problemas
Más impacta la inauguración de otro suntuoso palacio del vacío, bautizado como la “Megafarmacia”, que garantizar una rápida y oportuna consulta en el IMSS.
No es necesario buscar con mucho afán entre las páginas de los periódicos, escuchar durante horas los distintos noticiarios o simplemente navegar en plataformas digitales para darse cuenta que, durante este sexenio, la banalización de los problemas más graves que padecemos como sociedad ha sido un mecanismo efectivo que le ha dado muy buenos resultados a un gobierno que, a fuerza de tanta palabrería, ha terminado por crear humaredas que validan una opacidad sin límites. Ya lo de “cortinas de humo” se queda corto cuando se entiende que el efecto propagandístico ha creado una narrativa que le gusta y es suficiente para su base electoral y que es llevada al paroxismo por los miembros de su más preciado corifeo –que no dudan en amplificarlo para terminar por validar una “realidad” a la medida de su pretendida cuarta transformación–.
Se ha trivializado la violencia a tal grado que ya no resulta extraño ni nos sorprende escuchar las noticias de lo que, día con día, sucede en todo nuestro país. Y como sociedad no sólo lo hemos permitido, también nos encontramos en medio del marasmo y la indiferencia: tal pareciera que nos basta con escuchar y ver las estadísticas oficiales que nos hablan de una realidad que contrasta con aquello que se experimenta en lo cotidiano. Sería suficiente con una pequeña mirada a la narrativa que diariamente se promueve desde el Palacio Nacional para darse cuenta que la inseguridad no es un tema que ocupe un lugar determinante y, cuando ha sido necesario responder a un cuestionamiento acerca de una tragedia –por mencionar un simple ejemplo–, sólo se responde con comparaciones en las que terminan por presumir reuniones que inician a las 6 de la mañana –algo inusitado y, al parecer, muy efectivo–. A grandes problemáticas, respuestas triviales que, de inmediato, llenan de humo la búsqueda de aquello que se necesita explicar, que se debe afrontar y solucionar.
Otro de los aspectos que han seguido el mismo derrotero es, tal vez, uno de los que más ha activado a los engranajes del aparato propagandístico del actual gobierno federal. Quizá no haya algo tan delicado y trascendental como el derecho a la salud para nuestra sociedad; sin embargo, también se ha frivolizado con algo tan preciado. Si recordamos lo que ocurrió desde aquellos primeros días en los que se presentaba la inminente llegada de covid-19 a nuestro país, nos encontramos con un discurso que minimizaba la realidad y que sirvió para enriquecer la bravata populachera que, hasta el día de hoy, sigue dando motivos para analizar y cuestionar –por ejemplo, el anuncio de que Cofepris ha aprobado la vacuna Patria en momentos en los que se necesita más de un efecto electoral que de cumplir un compromiso de manera oportuna–. No obstante, sabemos que, dada la importancia que implica la salud para la sociedad, ésta ha sido una de las “puntas de lanza” en el discurso presidencial, un tema recurrente en el que, a partir de fulgurantes promesas e hiperbólicos discursos, también se ha banalizado este derecho y su exigencia. Más impacta la inauguración de otro suntuoso palacio del vacío, bautizado como la “Megafarmacia”, que garantizar una rápida y oportuna consulta en el Instituto Mexicano del Seguro Social. No obstante, tampoco se deja atrás la oportunidad de crear una imagen gubernamental que aleje la posibilidad de crítica y exigencia: claro, éste es otro indicador del paternalismo que vive uno de los mejores momentos en su historia y que ha sido característico de nuestra sociedad a lo largo de las últimas décadas –por eso los programas sociales son la mejor herramienta electoral de los partidos en el poder–.
Así, no hay mejor estrategia para dejar que los problemas se diluyan que banalizarlos, trivializar sus consecuencias y alcances. Quizá, en una lectura muy superficial, se pueda deducir que, al final de cuentas, así son las cosas entre la sociedad y la clase política de nuestro país. Hemos dejado que se minimice esa vorágine que es la corrupción; que se tomen a la ligera las masacres, las desapariciones y todo lo que pone en evidencia el fracaso de las políticas de seguridad, muy pesar del café y las galletas que se toman a las seis de la mañana en las cómodas oficinas del Palacio Nacional. Que se banalicen la justicia y la dignidad. Es decir, ya bien mirado y en pocas palabras, durante estos últimos años hemos permitido que se hayan trivializado la vida y la muerte. La tarea de recuperar el sentido más profundo de nuestra vida en sociedad será ardua, pero aún lo podremos lograr si se tiene claro que se comienza por aspirar a una democracia que no esté limitada ni definida por los alfiles del poder. Y no perder de vista que, para la palabra trivialidad, también existen los antónimos.
