Balance de las cuarteaduras

La historia juzgará a quienes han enarbolado la bandera de los 43 alumnos de Ayotzinapa para beneficio de su movimiento político.

En medio de la parafernalia y el estruendo, entre los fuegos artificiales y el melodrama de una suerte de orfandad que protagonizan quienes enarbolaron la causa del sexenio –que culmina en las próximas horas–, se logran observar esas pequeñas grietas que desdibujan y acentúan las cuarteaduras en la base que sostiene el monumento al presidencialismo y al paternalismo que caracterizaron a esta administración. Las cuales no simbolizan temas simples o irrelevantes.

Así, mientras el aparato propagandístico del gobierno enciende algo así como los castillos de una fiesta de pueblo, la realidad termina por cincelar y hacer cada vez más profundas esas cuarteaduras. Ya cada persona realizará su balance acerca del desempeño de este gobierno; sin embargo, desarrollando una analogía simplista, es como colocar dicha valoración en una báscula en la que no se refleja el peso real y, aun así, se debe pagar por la ilusión de que no hay nada extraño en dicha balanza. Y, por supuesto, no se deja de observar la sonrisa de quien nos envuelve con semejante argucia, pues si se señala que faltan gramos para el kilo completo, se argumenta que hay otros datos en el nuevo sistema nacional de unidades del bienestar. Pero tampoco es cuestión de sorpresas o de descubrir el hilo negro: se ha terminado por imponer –y brindar excelentes resultados– esa narrativa en la que se apostó por los beneficios que implican el maniqueísmo, la confrontación sistemática, la opacidad y el explotar hasta el cansancio esa inmejorable fórmula que es buscar culpables en el pasado; mientras tanto la creación de una realidad alterna se constituía en el sello de la casa. Sí, el fundamento del populismo en su mejor expresión.

Pero la realidad allí está, con esas breves, pero estridentes cinceladas que no dejan de escucharse mientras la música festiva sube de volumen. Porque eso es justamente lo que desequilibra la entelequia de un buen gobierno, aquello que no se puede ocultar, lo que es innegable y, aunque se inviertan todos los recursos en la propaganda gubernamental, los símbolos de lo cotidiano marcan el derrotero de las promesas no cumplidas, la falta de transparencia en todos los rubros y la incongruencia que, en suma, también define a este sexenio. Tal vez no haga falta subrayar que los logros y aquello que se ostente como un buen resultado se nos ha recordado con amplificadores gracias a la campaña permanente que se articuló desde el primer día de la llamada Cuarta Transformación.

No deja de ser curioso que esa tensión entre la realidad y la parafernalia gubernamental se ha presentado hasta el conteo final de estos días. Y, al menos, en tres cuestiones se puede ver cómo la liga se estira y termina por quebrantarse. Por ejemplo, la crítica situación que se presenta en el estado de Guerrero y, en particular, en Acapulco, vuelve a poner en la mesa la poca disposición del gobierno para atender la gravedad del desastre provocado por el huracán John, para prevenir lo necesario y actuar en consecuencia. Se deja ver por dónde anda la brújula de sus prioridades: que nada ni nadie empañe la fiesta de la transición.

Y, por cierto, algo de lo más elemental: el caso de los 43 alumnos desaparecidos en Ayotzinapa. Ya la historia se encarga de juzgar el papel de quienes han enarbolado la bandera de esta trágica situación para el único beneficio de su movimiento político. No obstante, la perla que corona la incongruencia es que, apenas a unas horas de conmemorar el décimo aniversario de este crimen, el oficialismo coloque la militarización de la seguridad del país en un primer plano. Y, por si fuera poco, en los albores del 2 de octubre: sí, otro de los días en los que se recuerdan los crímenes del Estado. Así, aunque gasten sus palabras con una retórica simplista para justificar semejante decisión, la realidad seguirá profundizando las cuarteaduras de presunta moral.

Para finalizar, en contraste con esa apuesta por la militarización, no se puede dejar de lado que, día con día, el número de asesinatos y desapariciones crece, que la violencia es como una sombra que camina junto a nosotros y nosotras. Algo que, a pesar de sus intentos por minimizar, queda como una impronta que no se puede borrar con palabras llenas de condescendencia y soberbia: es necesario redimensionarlo y restarle importancia, no sea que eso también empañe su ánimo festivo. Tres colofones para final predecible.

¿Y la ciudadanía? En medio de lo más complejo, pues se comienzan a percibir los resultados de ese maniqueísmo que nunca será una buena opción cuando se aspira a vivir en una democracia y en una república. Y, que se subraye, también ha minado ese espíritu solidario que se presumía en otros tiempos. Tenemos mucho trabajo por delante, pues en la sociedad radica el futuro y no en próximos monumentos al egocentrismo.

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