Atizar la hoguera de la barbarie

La retórica del actual gobierno para hablar acerca de estos temas no sólo se ha quedado muy corta y rebasada por las circunstancias, actualmente es la panacea del cinismo y la victimización más obcecada.

La violencia y sus múltiples rostros se han convertido en un lugar común en nuestro país. Mientras el gobierno federal se jacta de algunas estadísticas que, bajo una interpretación muy a su estilo, le permiten robustecer su narrativa triunfalista, la realidad termina por imponerse en lo cotidiano. Son cada vez más numerosos los documentos audiovisuales que nos muestran que la barbarie y la muerte caminan en nuestra misma acera, que acechan los pasos de quienes sólo desean llegar a su trabajo, disfrutar de sus familias en casa o de quienes sólo querían divertirse –asistiendo a una fiesta, disfrutando de un partido de futbol en la cancha de la colonia, quizá–. Son esas sombras que imponen su obscuridad provocando ese sorpresivo y momentáneo horror que podría repercutir de manera muy diferente en la sociedad.

Así, mientras se busca apuntalar la imagen de un gobierno federal que intenta imponer sus “buenos resultados” en materia de seguridad –jugando a la interpretación estadística que sólo convence a quienes mantienen una fe ciega o buenos motivos políticos y económicos para defenderla–, la sociedad está a merced de la tiranía del crimen organizado y de la impunidad con la que suelen actuar, del salvajismo y la prepotencia de autoridades que suelen escudarse detrás del fuero o su investidura para cometer cualquier cantidad de estropicios y daños con la tranquilidad que brinda un sistema de justicia y seguridad erosionado por las turbulentas aguas de la corrupción.

En ese sentido, la retórica del actual gobierno para hablar acerca de estos temas no sólo se ha quedado muy corta y rebasada por las circunstancias, actualmente es la panacea del cinismo y la victimización más obcecada. Si durante los casi cinco años del sexenio hemos observado las respuestas del primer mandatario –a veces con sorpresa e incredulidad– ante los cuestionamientos acerca de su política de abrazos y no balazos, hoy, en pleno desarrollo de las “no campañas” de sus aspirantes a la sucesión presidencial, mucho menos existirá una posibilidad de autocrítica que abra la opción de un posible cambio. Quizá, detrás de un planteamiento así, se correrán los velos que cubren los túmulos adornados con el fracaso.

Pero, como sociedad, esas preguntas también adquieren relevancia y una urgencia por ser respondidas. A fin de cuentas, todo sistema político y económico funciona porque existe una colectividad que lo avala y le brinda su apoyo: sabemos que la democracia, aunque sea de naturaleza perfectible, es factible gracias a la sociedad y, vaya paradoja, a pesar de ella. Así como los regímenes fascistas y los populistas se convierten en alternativas de gobierno para quienes, según las circunstancias de cada caso analizado por la historia, encuentran respuestas a sus demandas y necesidades en quienes los protagonizan, quienes imponen –bajo su propia lógica– la interpretación demagógica de la ley y la justicia como otra vía para cumplir con sus objetivos meramente políticos.

Rob Riemen, en su libro Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo (Taurus, 2017) recuerda a un filósofo que vislumbraba algo muy alarmante para el año 1930: “[…] Ter Braak advierte que un nuevo movimiento político comienza a apoderarse de Europa, un movimiento que no hace más que explotar el resentimiento. De acuerdo con Ter Braak, este movimiento se centra en estimular la agresión y el enojo. En realidad, no está interesado en las soluciones, no tiene ideas propias y no busca resolver los problemas sociales, pues la injusticia es necesaria para mantener una atmósfera de odio y vilipendio…”. Sin extrapolar una interpretación a la ligera –tan simplista como quienes usan el término “facho” con el lujo de su propia estulticia–, no podemos dejar de ver que hay aspectos que nos colocan en el linde de una situación límite, un callejón cuya salida no es muy prometedora cuando recordamos que el crimen organizado y sus posibles comparsas de la clase política sólo acentúan la problemática.

Y, entre tirios y troyanos, sólo se atiza el fuego. Tampoco olvidemos que en la base de lo descrito por Riemen, había quienes validaban ese discurso hasta convertirse en el fanatismo que bailaba alrededor de las hogueras de la barbarie. No podemos mirar a otro lado cuando la inseguridad sólo se ha convertido en un tema que se ha resuelto con una retórica simplista que sólo ha buscado crear un efecto, más que ofrecer una solución.

Temas: