Acallar el estruendo
Desaparición, sí, esta es una palabra, un solo término; sin embargo, es el aguijón que termina por incomodar y estorbar al discurso triunfalista que se repite ad nauseam en el oficialismo, pues es un aspecto que el presente sexenio intentó sobajar y desacreditar de todas las formas posibles.
En pocas ocasiones hemos presenciado una congruencia que permanecerá en la memoria con el estruendo del silencio. Y no podría ser de otra forma cuando el estilo del sexenio que, al menos en términos calendáricos, ya tramita su último mes, se decantó como una estrategia en la que respondía con su irrisoria parafernalia ante aquello que se presentaba como un señalamiento de las cuarteaduras de su “intachable” imagen, ante las críticas que empañaban su pretendida estatura moral o cuando la realidad terminaba por imponerse exigiendo un mayor esfuerzo del coro oficialista para crear una versión del mundo que se ajustara a los designios de la única voz que debía hacer eco en los pasillo del Palacio Nacional. Porque, en efecto, la efectividad de este mecanismo sólo era posible si al aparato mediático y propagandístico del gobierno se le sumaba el corifeo de quienes replicaban el mensaje que se lanzaba en esa suerte de mitin que se llevaba a cabo durante casi todas las mañanas en la sede del Ejecutivo.
En efecto, no hay nada nuevo ni se descubre el famoso hilo negro al subrayar, una vez más, la eficacia de esta simbiosis entre el tiburón y las rémoras. Sin embargo, lo ocurrido el viernes quedará como una clara muestra de los alcances de este tipo de apuestas, porque, ya sabemos, en la política no hay casualidades ni asuntos que dirima la diosa Fortuna: sólo el cálculo del impacto mediático y el oportunismo mendaz.
No, no podía ser de otra manera. Se tenía que recurrir a la orquesta y al monumental coro del oficialismo para que su estruendo enmudeciera y dejará sin mayor posibilidad de visibilidad a quienes podían colocar en medio del festín de la victoria uno de los aguijones que han resultado más que incómodos para el presente gobierno. Por ello, aunque sobran razones para que el 30 de agosto no pasara inadvertido, sabemos que la brújula de las prioridades gubernamentales apunta hacia otras direcciones: se terminó por imponer el festín y la algarabía de la parafernalia ante aquello que pudiera implicar la conmemoración del Día de las Víctimas de Desapariciones Forzadas —que, gracias a la determinación de la ONU, ha quedado como una guinda para nuestras sociedades desde el año 2011—.
Sabemos, desde hace algunos años, que los arlequines de la llamada Cuarta Transformación, no tuvieron el menor recato en lanzarse a las calles y proclamar sus consignas hacia los rumbos de la indignación, la ignominia, la injusticia y la esperanza. No dudaron en colocar en la mesa de sus discursos y las promesas electoreras aquello que, para nuestra sociedad, es como una herida que se ha infectado durante los últimos tres sexenios. Desaparición, sí, esta es una palabra, un solo término; sin embargo, es el aguijón que termina por incomodar y estorbar al discurso triunfalista que se repite ad nauseam en el oficialismo, pues es un aspecto que el presente sexenio intentó sobajar y desacreditar de todas las formas posibles porque, claro, no es extraño que las estadísticas que nos hablan de las desapariciones de inmediato nos remiten a aquellas que asestan un mayor golpe a nuestra realidad, a nuestra tranquilidad y certeza como sociedad: las estadísticas de los homicidios y el número de fosas clandestinas.
Como lo explica Artículo 19 en su introducción a su Plataforma Ciudadana de Fosas: “México vive una crisis de derechos humanos con más de 115 mil personas desaparecidas al 13 de mayo de 2024 como consecuencia de la militarización de la seguridad pública que inició en el sexenio de Felipe Calderón, siguió con el de Enrique Peña Nieto y se ha intensificado con el de Andrés Manuel López Obrador. A pesar de la magnitud del fenómeno de las desapariciones, existen pocos datos disponibles por parte del gobierno mexicano. Si bien hay un Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), los nombres, las fotografías, las señas particulares y otros datos relevantes para la localización de las más de cien mil personas desaparecidas no son datos abiertos…” (https://plataformaciudadanadefosas.org/). Así, al silencio impuesto a las madres buscadoras y a quienes han sido perseguidos en su afán por encontrar a sus familiares clamando justicia y apoyo; al estruendo de sus herramientas al remover la tierra de la propia memoria, le ha impuesto el aplauso de quienes han hecho del panegírico un estilo de vida.
Quizá el patetismo no radica en el menú ofrecido en la fiesta de la baja cortesanía —¿qué pedir a quienes aplauden y describen la belleza de los trajes invisibles?—, sino en la respuesta simbólica que implica el desdén del poder y el menosprecio al que, todo parece indicar, nos hemos acostumbrado como sociedad y al que se le ha puesto un costo muy bajo en los programas sociales. Que la historia nos siga hablando de lo que ha sucedido en los fastuosos banquetes de la vanidad.
