A todo galope
Así, aunque el partido oficial va a todo lo que da en función de una campaña que no ha iniciado, pero tampoco ha finalizado desde 2006 –vaya paradoja–, el mecanismo del actual gobierno será ir consolidando la imagen de quien resulte el vencedor en la antesala de su propia democracia, a mano alzada y con el dedo flamígero apuntando a la unción
El país se encuentra en el mejor de los momentos posibles, si se entiende desde la perspectiva del gobierno federal. El reloj que define sus tiempos ha sido preciso y le ha brindado una oportunidad que aprovecharán hasta el último minuto del actual sexenio.
No hay una agenda mejor definida como la que ha puesto López Obrador en la mesa de Palacio Nacional: si bien su pretendido proyecto de nación es una simple ilusión, cuenta con todos los recursos del Estado para seguir alimentando a la quimera. Como dice la frase: “Van en caballo de hacienda”, sin muchos obstáculos en el camino, con un galope firme y tenaz, que se va articulando con la misma eficacia que el actual primer mandatario demostró durante los más de 20 años que se ha mantenido en permanente campaña electoral.
A pesar de que se ha ido demostrando la poca eficacia en muchas de sus decisiones como gobierno, la política de fuegos artificiales y feria patronal ha sido lo que mejor ha contribuido a posicionar cada uno de sus movimientos frente a una sociedad dividida, ávida de justicia y que, al menos, ha cobrado muy alta la factura de los resultados obtenidos por los gobiernos anteriores: así ha quedado demostrado durante las elecciones del pasado domingo.
Nos ha quedado claro que la ley no es algo que les preocupe mucho a los funcionarios federales, mientras tengan las piezas correctas en los tableros indicados. También es muy evidente que cualquier acto de gobierno va adquiriendo un cariz en el que los nombres de quienes compiten por obtener la candidatura presidencial para abanderar al partido oficial y garantizar la continuidad de sus proyectos son actos de precampaña que ya no se detendrán hasta el fin de los comicios –independiente de quién sea la o el ungido por el manto presidencial.
No hay engaño en la estrategia: tienen al mejor adulador de gran número del electorado. El flautista de un México que marca el ritmo y los tiempos políticos, según sea necesario en función de sus objetivos o en caso de que se presente alguna posible crisis que pudiera afectar a todo miembro de su gobierno. Quizá la mayor preocupación del partido oficial sea que se necesita seleccionar a quien se acerque al carisma de su actual líder político, moral y casi religioso. Y, en cierto modo, saben que la sobreexposición de su imagen, el eco de sus palabras se escuche –aunque sea en páramos inhabitados– y los medios de comunicación hablen de cada uno de sus pasos, es la mejor estrategia posible. Es decir, se necesita continuar la campaña que inició hace más de 18 años y que les sigue dando muy buenos dividendos.
Son muy diferentes las complicaciones de quienes aspiran a ser el nuevo jinete: mientras para Adán Augusto López y Marcelo Ebrard el piso es más llano, pues todo parece estar bajo el control de la principal voz del gobierno y ambos son estupendos operadores de tales designios, Claudia Sheinbaum parece olvidar que la ciudad no necesita de ruedas de prensa –mecanismo que es insuficiente, pues no cuenta con la proyección de las llamadas “mañaneras” presidenciales– ni ser quien replique las afrentas que sella López
Obrador, puesto que en las últimas elecciones no brindó los mejores resultados. Y la ciudad es un bastión que no querrán perder a nivel federal.
Así, aunque el partido oficial va a todo galope en función de una campaña que no ha iniciado, pero tampoco ha finalizado desde 2006 –vaya paradoja–, el mecanismo del actual gobierno será ir consolidando la imagen de quien resulte el vencedor en la antesala de su propia democracia –a mano alzada y con el dedo flamígero apuntando a la unción– con una sobreexposición que, además, le saque brillo a las acciones del actual gobierno.
Y, mientras tanto, en la oposición aún tienen la resaca que les brindó la felicidad de no perder las seis gubernaturas el pasado domingo. No hay manera de entender una alianza cuando no han sido capaces de supeditar sus propios intereses a lo que, en principio, prometieron como una alternativa electoral. No, no han comprendido su papel, aunque parecen muy cómodos y cómodas en las gradas del hipódromo, mientras toman un rico aperitivo y observan cómo hay tres jinetes que se disputan una carrera a todo galope, mientras escriben consignas en servilletas de papel que no hacen eco ni entre sus propios comensales.
Quizá sólo les interese apostar al ganador, tal como lo hacen el Verde Ecologista y Movimiento Ciudadano.
