¿A quiénes nos recuerdan?

El más sensacional invento de las modernas dictaduras consiste en haber creado la mentira estridente, basándose en la hipótesis, acertada desde el punto de vista psicológico, de que al que hace ruido se le concede el crédito que se niega a quien habla sin levantar la voz…”.

En el mar de la confusión y violencia en el que navega nuestro país, se entiende que difícilmente se llegará a buen puerto. Si se continua con ese símil, se podría decir que, sin importar las tormentas y los restos de los innumerables naufragios de la democracia y la justicia, se distingue un sólo barco que navega tan orondo y soberbio, inmutable, pues han hecho de este inmenso océano de la calamidad su mejor ruta política y tesoro inapreciable.

Pocas cosas tan efectivas, para mantener a flote su embarcación, como el poder que confiere el bien calculado uso de los recursos públicos y el griterío de su tripulación en los diversos medios de comunicación para consolidar su imagen y justificar, sin cortapisas, cada uno de sus movimientos. No sólo lo aprendieron muy bien del priismo con mayor reciedumbre y abolengo que modelaba la realidad durante las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado —para nadie es un secreto que, en su origen, quienes fundaron al actual partido oficial fueron alumnos y alumnas destacadas de aquellos maestros, inclusive formaron parte de sus filas con pasión y fervor—; también se dedicaron a tomar puntual nota de aquellos gobiernos que fundamentan el éxito de su populismo haciendo eco de sus permanentes campañas propagandísticas. Y vaya que lo han articulado con el lujo y la soberbia de quienes ganaron una elección —haya sido como haya sido— en nuestro país.

La maquinaria de la propaganda está bien aceitada y sus engranajes funcionando sin problemas. Lo importante ha sido capitalizar el rencor que despertaron los gobiernos anteriores —excepto al intocable Enrique Peña Nieto, lo cual es apenas un indicio de que quizá hay pactos que no se tocan—, el dolor de la tragedia y, además, enaltecer su proyecto político desde una autoridad moral que presentan como incuestionable. Claro, apenas bastaría con colocar en la mesa unos cuantos nombres y recordar algunos de los momentos estelares de la corrupción en los años noventa y principios de este siglo en el país para que esa pretendida autoridad siguiera su cauce hasta llegar al drenaje profundo. Y, por supuesto, nada como aprovechar cualquier coyuntura para hacer alarde de ese mecanismo. Caray, ¿a cuáles personajes de la historia, que se levantan y nombran a sí mismos como faros de la moral, nos recuerdan? Tampoco es cuestión de quebrarse la cabeza.

En efecto, no importa si se trata de la violencia y del crimen organizado —que, por cierto, día con día ha alcanzado niveles cada vez más preocupantes— en el estado de Sinaloa, Chiapas, Guanajuato, Veracruz, el Estado de México o en cualquier otro lugar. Tampoco se desaprovecha la discusión en torno a la reforma judicial —y el claro retroceso democrático que implica—, las terribles consecuencias de los desastres naturales o las reyertas de barrio que se entablan a nivel internacional, el discurso siempre estará encaminado a consolidar la imagen presidencial y a acomodar la percepción de la realidad para que no exista rastro de aquello que se pueda señalar y analizar, lo que es cuestionable por evidente y claro, lo que se subraye como la incongruencia entre las palabras y los hechos —por ejemplo, cuando hablan acerca del nepotismo o la corrupción de otros tiempos y se sus opositores—. Se agradece el humorismo involuntario.

No es momento de preguntas ingenuas ante un discurso que seguirá construyéndose a partir de un maniqueísmo elemental y lleno de fuegos artificiales, sí, aquellos que por su espectacularidad y estruendo suelen ser muy aplaudidos por su feligresía, en cuyo humo se puede distinguir un simple mensaje: nunca serán responsables de sus propios errores y calamidades. Ya falta poco para que quieran entablar un juicio político a Moisés y sus Diez Mandamientos porque no se trata de su “pueblo” y tampoco son leyes “soberanas”.

Así, siempre es oportuno ampliar el panorama y dirigirse a las páginas de quienes intuyeron lo que implicaba abrir las puertas y ventanas a este tipo de discursos. Te invito a que no dejes de leer al gran Joseph Roth, en especial sus artículos escritos a la luz de lo que sería uno de los momentos más terribles en la historia, La filial del infierno en la tierra. Escritos desde la emigración (Acantilado, 2004). Unas cuantas palabras para resumir el desasosiego: “[…] Porque desde hace siglos se ha acostumbrado uno a que la mentira se cuele de puntillas, sin hacer ruido. Sin embargo, el más sensacional invento de las modernas dictaduras consiste en haber creado la mentira estridente, basándose en la hipótesis, acertada desde el punto de vista psicológico, de que al que hace ruido se le concede el crédito que se niega a quien habla sin levantar la voz…”. En efecto, y apenas corría el año 1934. Al buen entendedor, poca estridencia y mucho trabajo por delante.

Temas:

    X