La ciencia y la tecnología han modificado la percepción humana en diversos campos. En el deporte han influido en el desarrollo y evolución de los competidores, en sus técnicas y preparación; en forma paralela han contribuido a clarificar lo que el ojo humano no puede percibir. En los 70 del siglo XIX no había forma de poner fin a una discusión bizantina entre los aficionados a las carreras de caballos. El punto: un grupo encabezado por Leland Stanford, exgobernador de California y presidente de la Central Pacific Railway, afirmaba que los caballos en galope, en un instante, no tocaban la pista, y otro formado por James Keene, presidente de la bolsa de San Francisco, rechazaba la idea. El fotógrafo Eadweard Muybridge (1830–1904) puso fin a la polémica y al misterio. Colocó hilos que atravesaban la pista y cada uno de ellos atado al obturador de 24 cámaras fotográficas. Demostró dos cosas, que los caballos tocan armoniosamente con sus patas el suelo y que durante un instante están suspendidos en el aire. Esta experiencia repercutió en los hermanos Lumiere en la invención del cine y en otras áreas; medicina; en el deporte como auxiliar en el análisis de gimnastas, clavadistas. El desarrollo de la fotografía y del cronómetro modificaron el concepto deportivo, ambos crearon la objetividad casi científica… Existe una diferencia entre observar en un plano que en tercera dimensión. Invito al lector a que cierre un ojo e intente tocar el borde de un objeto. La imagen de la TV, en dos planos, proporciona una idea aproximada de la realidad. Hay diferente apreciación entre el espectador del estadio con el aficionado ante la pantalla de cristal. (“La televisión es uno de los medios más importantes de la educación y la cultura”, decía el cómico alemán Groucho Marx, y añadía con aguda ironía: “Apenas la encienden me voy a leer un buen libro”). Los sistemas de medición electrónica dan fiabilidad y confianza absoluta. No así cuando se recurre a las imágenes, que carecen de profundidad. Hace menos de un lustro, 23 cámaras de TV no pudieron determinar si un jugador de futbol americano había tocado el ovoide. El empleo del binomio cronómetro-cámara como auxiliares de la deficiencia del ojo humano disiparon polémicas cargadas con argumentos imposibles de demostrar, como la final de los 100 m nado libre entre el australiano John Devitt, vencedor, y Lance Larson, EU, en Roma 60, ambos con 55”2/10 y que dio paso al cronometraje electrónico. Hay otros aspectos imposibles al ojo humano. La refracción de la luz. En los JO de Beijing, en la final de 100 m mariposa, Michael Phelps tocó por arriba de la superficie del agua y el serbio Milorad Cavic por abajo. Phelps ganó por 1/100 de segundo. 50”58 contra 50”59. Aun con el sistema electrónico se escenificó un inútil choque de ideas. Si nos remontamos a la final del Mundial de Atletismo de 1991 con el récord mundial del Hijo del Viento, Carl Lewis, 9.86, sólo recordemos que en 1/10 de segundo entraron otros cinco sprinters. El orden de llegadas no lo hubieran apreciado con exactitud los jueces.
