El auge se apagó

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

El deporte de México alcanzó el punto cenital en los JO de 1968, en aquel extraordinario mes de octubre, después de 3 años de febril actividad, como abejas en panal, con la celebración, ensayo y práctica, organización y competencia, y la presencia de los héroes más famosos de los cinco aros agonales en las Semanas Internacionales. Cuántos cambios, pasión, alegría, placer, cuántos acontecimientos inolvidables. El espíritu olímpico penetró en la sociedad del país. Una luz de superación y esfuerzo inundó a una generación que alcanzó los más altos niveles que a la fecha no han sido superados. La inspiradora luz olímpica tocó a la sociedad de México y le comunicó la firme idea y el orgullo de sentirse líder de AL. Era la segunda ocasión que los JO se desarrollaban fuera de Europa, después de la segunda conflagración mundial. Se levantaban dudas en cuanto a la capacidad organizativa del país y los efectos de la altura del DF, 2,240 m snm. Los JO se celebraron del 17 al 27 de octubre con el récord histórico de 112 países con 5,423 competidores, de los cuales 576 eran mujeres. Fue un éxito colosal y acaso el que cumplió con mayor intensidad el ideal olímpico de hermandad de los pueblos cuando, durante la clausura, se rompió el formalismo y los miles de atletas se fundieron en una fiesta de amistad y en un abrazo de armonía nunca antes visto, entre música de mariachis y fuegos artificiales. La imagen fortalecida de un México moderno se proyectó y conoció en todos los cofines del planeta. México había recibido la sede en Baden-Baden, Alemania, en 1963; el camino hacia el triunfo se debió a varios años de esfuerzo y armonía de trabajo, un haz de inteligencias y voluntades al servicio de la sociedad, en el que los arquitectos fueron el presidente Adolfo López Mateos, el general José de Jesús Clark Flores y su estrecha relación con Avery Brundage, presidente del COI —Clark Flores, que hizo importante labor deportiva en basquetbol y otras disciplinas en el Ejército mexicano, era vicepresidente del COI—, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, Alejandro Ortega San Vicente, bujía principal, secretario general del Comité Organizador —le tocó una parte política, anecdótica, difícil de cumplir: el anuncio de despido a Clark Flores, tras la chanza que hizo a Díaz Ordaz al bajar de un autobús en una visita a las instalaciones: “¡Apúrese, viejo feo!”—; con ellos, otros personajes que en la inercia de los JO, por su dinamismo y capacidad en México 68, influyeron después en los destinos del deporte mundial: Javier Ostos Mora, en natación; Rubén Acosta, con visión revolucionaria en el voleibol; César Moreno Bravo, en atletismo. Experiencia única e irrepetible: las hazañas que repercutían en el oído y estimulaban la imaginación dieron un giro de 360 grados e impactaron con la realidad al conocer, de carne y hueso, a figuras emblemáticas como Bikila, Schollander, Vera Caslavska, Zabotinsky. Recuerdo fugaz acompañado de otra realidad cruda en el que participan gobierno, política, sociedad, época: el periodo de auge se apagó en 68.