¿Importa quién gane en julio?
Ya vienen las campañas políticas y, cuando nos demos cuenta, será la hora de votar. ¿Por quién sufragar? ¿Qué tanta diferencia hay entre el candidato X y el candidato Y o el Z? Claro que hay diferencias y es evidente que éstas importan. Sin embargo, lo que es ...
Ya vienen las campañas políticas y, cuando nos demos cuenta, será la hora de votar. ¿Por quién sufragar? ¿Qué tanta diferencia hay entre el candidato X y el candidato Y o el Z? Claro que hay diferencias y es evidente que éstas importan. Sin embargo, lo que es incluso de más relevancia es cómo nos comportaremos los ciudadanos en los siguientes seis años y, de hecho, cómo nos comportamos siempre: el Presidente, el gobierno, los gobernadores, etcétera, son actores trascendentales en la vida del país pero no todo lo que está mal es su responsabilidad. Asimismo, no todo lo que puede mejorar está en sus manos nada más.
A México le urge una ciudadanía seria. No me refiero a grupos organizados que busquen mejorar las cosas, o que peleen por defender ciertos derechos. Es más, de ese tipo de agrupaciones tenemos varias y algunas son extraordinarias. ¿Podría haber otras? Sí. ¿Nos hacen falta? Seguramente. Pero no es de
eso de lo que hablo: lo que quiero decir es que necesitamos que los ciudada-
nos se conciban plenamente como tales.
Ser ciudadano conlleva asimilar que se es miembro de una colectividad en la que hay reglas que están en pie para protegernos y para proteger a los demás: en esencia, estas reglas buscan proveernos de la mayor libertad posible siempre y cuando no afectemos o hagamos daño a otros individuos.
Igualmente, ser ciudadano es entender que, al ser miembros de una colectividad que pretende brindar libertad a las personas, tenemos derechos y obligaciones que nos hacen iguales los unos con los otros en el marco de la ley, es decir, en el marco de las reglas y como parte de éstas.
Ahora bien, uno de los problemas centrales de México es que hay quienes no desean seguir las reglas, es decir, no cumplen sus obligaciones, abusan de sus derechos y, en consecuencia, afectan a los demás al mismo tiempo que resquebrajan la colectividad.
Estas personas son sumamente nocivas. Por ejemplo, pueden “joder” la vida cotidiana al no respetar a sus vecinos de condominio, tirar basura por las calles, pasarse todos los altos, etcétera. También pueden delinquir, formar parte del crimen organizado, extorsionar, asesinar, violar, etcétera, es decir, son capaces de llevar su nivel de transgresión de las reglas a sus últimas consecuencias: destruir, física y/o sicológicamente, a otro individuo.
¿Qué tan distintas serían las cosas si nos concibiéramos como ciudadanos de verdad? Bastante. Por un lado, la vida cotidiana sería mucho más llevadera. Por otro lado, los políticos serían diferentes, lo cual es esencial pues siempre habrá personas que no quieran vivir dentro de la ley y, para atajarlas, es indispensable una clase política y un gobierno que trabajen a favor del bien común.
Imagine usted, amigo lector, un México en el que la abrumadora mayoría respetase a sus vecinos en todo sentido. ¿No sería más fácil, más apacible y vivible, un país así? Ahora, imaginemos un México en el que casi todos los mexicanos no compraran piratería o productos robados ¿Esas acciones ciudadanas no contribuirían a luchar contra el crimen organizado?
¿Y qué tal un México en el que la ciudadanía exhibiera tolerancia cero a la corrupción, a la discriminación, al desgobierno? ¿De verdad los políticos no se comportarían de manera diferente? ¿No se tomarían las cosas con seriedad? ¿Y eso no podría resultar en que, poco a poco, los problemas del país que no se pueden resolver sin que las autoridades hagan bien su trabajo, se resuelvan?
Sí importa quién gane en julio. Pero el destino del país no estará en las manos de esa persona solamente; estará en las de todos: no lo olvidemos.
