Fátima: ¿sólo una tragedia más?

El resultado de no tener un marco legal de verdad es un país plagado de violencia, temor e inseguridad, en el que mandan los abusivos, los mafiosos, los delincuentes

Se llamaba Fátima. Estudiaba la preparatoria en La Salle, Campus Condesa, Ciudad de México. Tenía 15 años de edad. Su vida terminó el viernes por la mañana: después de arrebatársela a su padre, la asesinaron. Su muerte es una dolorosísima tragedia. Es tan desgarradora que uno pensaría que este tipo de cosas no suceden seguido. Sin embargo, en México, lo que le ocurrió a Fátima es ordinario.

Nuestro país es una larga, ininterrumpida y aterradora pesadilla; en cualquier momento, en cualquier lugar, uno puede encontrar la muerte a manos de criminales que disparan por un celular, o que acuchillan por una cartera. La muerte también nos puede sorprender cuando un vecino se enfurece porque estacionamos nuestro auto frente a su casa, en la vía pública, o al quedar atrapados en medio de un fuego cruzado entre autoridades y criminales o entre criminales, o por una venganza. Etcétera.

Todo esto, y las muchas agresiones que, sin llegar a la privación de la vida necesariamente, padecen millones de mexicanos año con año, son producto de, al menos, tres factores: 1) nuestra pobre capacidad para concebirnos como iguales: no entendemos que los derechos, patrimonio, espacio personal, etcétera, del vecino, o del desconocido que nos topamos en la calle, son tan valiosos como los nuestros; 2) la debilidad de las autoridades, las cuales no hacen valer la ley, es decir, el país está sepultado en el fango de la impunidad y 3) la combinación de las dos variables anteriores: si no hay ley y no nos respetamos (deberíamos respetarnos incluso sin ley de por medio), estamos entonces “a merced” los unos de los otros y, si alguien quiere hacernos daño de la forma que sea y por la razón que sea, sólo es cuestión de que se anime a hacerlo y seremos su víctima: la ley no va a disuadir a ese alguien de agredirnos; es prácticamente inexistente.

Seamos claros: el resultado de no tener un marco legal de verdad es un país plagado de violencia, temor e inseguridad, en el que mandan los abusivos, los mafiosos, los delincuentes; un país en el que sí hay “autoridades” y “gobierno”, los cuales nos cuestan una fortuna, pero que no hacen su trabajo a plenitud, que se corrompen y que, inclusive, ellos mismos constituyen la delincuencia (la falta de autoridades serias es causa y consecuencia de la impunidad).

En todo país hay personas abusivas, es cierto. Hay también individuos dispuestos a matar a la menor provocación, violar, extorsionar, etcétera. Pero es una cuestión de grados: ahí en donde la ley no es sólida, estos problemas se exacerban y se vuelven crónicos y muy costosos. Justo así estamos nosotros.

Lo que nos urge, luego entonces, para cambiar para bien de manera definitiva es abatir la impunidad. Ésa es la “reforma estructural” que debería ser prioritaria. Pero nuestros partidos, “gobernantes”, políticos y demás actores a este respecto relevantes están muy ocupados con otras cosas: por ejemplo, en repetir que la Reforma Energética es una maravilla. O en prometer que, con su sola presencia en Los Pinos, y nada más, se acabará la corrupción.

Si seguimos así, jamás seremos un país serio, en el que nuestras jovencitas puedan salir a la calle, ir a la escuela y regresar a su casa sin problema alguno. Si no cambiamos, el día de mañana habrá otro mexicano, y miles más, a los que les va a pasar lo mismo que a Fátima.

No puedo ni siquiera comenzar a concebir el terror que padeció Fátima en los últimos minutos de su vida. Tampoco me siento capaz de imaginar el dolor que padecen ahora mismo sus padres. No permitamos que esta tragedia sea sólo una más. No.

               

Twitter: @aromanzozaya

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