Nacional surrealismo, cartografía del México onírico (2da parte)

Antonio Peniche García

Antonio Peniche García

Desde la penumbra

De igual forma, el propio legado de España, Francia y Europa en general; de Oriente; de los árabes; de África. La influencia en todas esas culturas forma parte intrínseca de la profunda realidad mexicana. Se manifiesta en el arte, la arquitectura, la pintura, la música, la literatura, la gastronomía... en fin. En todo, pero insistimos en querer separar lo inseparable.

Recuerdo que cuando estudié en Francia, viví en carne propia lo que se le llama la existencia de Les deux France (las dos Francias). En varios momentos de su historia; Francia se debatió entre la Francia monárquica, absolutista; Luis XIV y su frase “el estado soy yo”; los imperios de Napoleón I y III y sus políticas expansionistas... y, por otro lado, la Francia revolucionaria, de ideas humanistas y republicanas, con Rousseau, Diderot, Victor Hugo y demás.

Hoy las dos conviven en paz. Los franceses se enorgullecen de su historia monárquica, imperial y al mismo tiempo viven la República y sus instituciones. Ya no existe un debate de identidad. Ambas forman parte de Francia. Ésta es una en toda su gran diversidad histórica y cultural.

Otro sincretismo surrealista se da con la conformación del PNR, cuando Calles decide unificar las fuerzas revolucionarias. Posteriormente, el PRM para adoptar su nombre actual en 1946 cuyo nombre lleva en sí mismo el surrealismo puro mexicano. PRI.

Cuando los extranjeros leían el nombre no lo comprendían. ¿Cómo puede ser un partido, revolucionario e institucional?; me preguntaban, literalmente, compañeros de la escuela en Francia. Pues sí… eso también es parte del México surrealista.

En nuestro país, existe, sin duda, una validación artística y un sincretismo profundo. México es un lugar de refugio y transformación. Creo que el nacional surrealismo se manifiesta cuando artistas e intelectuales, indagan no en el inconsciente universal freudiano, sino en el inconsciente cultural mexicano. No podemos dejar de hablar de su presencia en el arte. Esta fascinación recorre toda la cultura, desde los grabados de José Guadalupe Posada (La Catrina) hasta la literatura de Juan Rulfo en Pedro Páramo, donde el pueblo de Comala está habitado por murmullos de difuntos, borrando la línea entre la vida y la muerte.

La prosa de Rulfo tiene la calidad de un sueño lúcido y desolado. Salvador Elizondo, en Farabeuf, lleva la obsesión a niveles de ritual surrealista, fusionando el cuerpo, el dolor y la escritura en un bucle infinito. Incluso Octavio Paz, en ¿Águila o Sol?, practica una poesía y prosa donde el azar y el símbolo mexicano (el tianguis, los volcanes, la pirámide) se organizan bajo una lógica visionaria.

En la pintura, el término brilla con fuerza. Frida Kahlo es su sacerdotisa máxima. Su obra no es un ejercicio de psicoanálisis abstracto, sino una cartografía visceral de su cuerpo doliente, un cuerpo que se confunde con la tierra mexicana, la flora, la fauna y los mitos prehispánicos. La venadita herida, las raíces que brotan de su vientre, los fetos y las frutas son imágenes nacional surrealistas por excelencia.

Remedios Varo (española exiliada) y Leonora Carrington (británica exiliada) no sólo encontraron asilo, sino una fuente de inspiración profunda, integrando el simbolismo, la mitología y la luz de México en sus obras, creando una variante única del surrealismo. No pintan un México folclórico, sino que absorben su esoterismo, su alquimia popular y su luz para construir narrativas oníricas de una precisión inquietante, pobladas de seres híbridos y máquinas poéticas que reflejan una búsqueda espiritual alimentada por el ambiente mexicano.

Antonio Ruiz El Corcito lleva lo surreal a lo cotidiano, miniaturizando escenas donde lo inexplicable irrumpe en el barrio, en un domesticidad cargada de presagios.

La muerte en México es un sincretismo festivo y cotidiano. La relación de nuestro país con la muerte, celebrada en el Día de Muertos, es quizá el ejemplo más citado de su surrealismo cultural. Esta visión no es macabra, sino festiva e irónica, donde la muerte convive con la vida de manera natural y humorística.

Hoy se está convirtiendo en la festividad mexicana por excelencia en todo el mundo. A partir de la película Coco de Pixar, el auge que el Día de Muertos está teniendo a nivel mundial y local, es impresionante.

Aquí se da una integración de cosmovisiones. El festejo sincrético fusiona el Mictlán azteca con el Día de los Fieles Difuntos católico, creando una ritualidad única donde los difuntos son invitados de honor a un altar lleno de color, flores de cempasúchil, comida y música.

Todo alrededor de humor y familiaridad. Los mexicanos se refieren a los “muertitos” con un diminutivo entrañable, los representan en calaveras de azúcar que se comen y escriben “calaveritas literarias” versadas que se burlan de la muerte y de los vivos. Esta “desmitificación a través del humor” es, según analistas, una contribución cultural única.

Temas: