A punto de alcanzar un acuerdo con Irán en las pláticas sobre el programa nuclear iraní en Ginebra, Estados Unidos decidió atacar, junto con Israel, a ese país. Según ha trascendido, aparentemente Irán estuvo dispuesto a ceder en la mesa de negociaciones en prácticamente todas las demandas de EU e Israel sobre la necesidad de acabar con el enriquecimiento de uranio y su programa nuclear. Y, aún así, Donald Trump atacó, con la presión de Benjamin Netanyahu incluida. Esto nos lleva a la hipótesis de que en realidad lo que se busca en Irán no es únicamente que este país abriera a los observadores sus instalaciones nucleares y eventualmente abandonara el enriquecimiento de uranio, sino perseguir un cambio de régimen en Teherán.
Esta estrategia, según The New York Times fue respaldada, si no es que liderada, por Netanyahu quien en su visita a Mar-A-Lago en diciembre y, posteriormente, a la Casa Blanca, convenció a Trump de bombardear y deshacerse del máximo líder, el ayatola Alí Jamenei y la cúpula dirigente iraní, tal y como ocurrió desde el día uno del conflicto militar.
Para Netanyahu, resulta evidente que la caída del régimen iraní, más allá de su valor estratégico, podría fortalecerlo ante la posibilidad de una derrota en este año electoral, ya que muchos votantes todavía lo responsabilizan por haber permitido las matanzas del 7 de octubre, cuando Hamás asesinó a 1,200 israelíes hace tres años; también tiene un caso judicial pendiente por corrupto, que hasta la fecha ha eludido gracias a haberse mantenido en el poder. Sin embargo, sí pretende sostener la guerra el tiempo necesario para cumplir sus objetivos, depende del respaldo material constante de Trump, a quien aparentemente arrastró a la guerra.
En ese contexto, la decisión de Trump de continuar será decisiva. Así las cosas, Netanyahu buscaría llegar “hasta el final”, lo que implicaría derrocar al régimen y alterar el equilibrio regional de poder, con el objetivo que, dentro de éste, Israel quedara como el actor regional dominante.
Trump, sin embargo, no suele respaldar guerras prolongadas, una postura comprensible ante las dudas que éstas generan, incluso dentro del movimiento MAGA, que ha resentido (y a parte del Partido Republicano también) y resentirá los posibles negativos impactos que la agresión contra Irán tendrá entre la población estadunidense. Antes de los ataques, la mayoría de los estadunidenses (49%) se oponía a una acción militar contra Irán o no estaban seguros (30%), según una encuesta de la Universidad de Maryland realizada hace dos semanas; hoy el rechazo es de 59% contra Trump, quien parece haber enloquecido al afirmar frente al canciller alemán Friedrich Merz, que, al atacar a Irán, había evitado una guerra nuclear.
Así lo dijo, con todo y su sintaxis atormentada: “Si no los detenemos, o si no los hubiéramos detenido, o si no hubiéramos empezado … Pero si no hiciéramos lo que estamos haciendo ahora mismo, habrían tenido una guerra nuclear y habrían eliminado a muchos países porque ¿saben qué? Son personas enfermas”. Y, pues, sí que lo dice alguien que de enfermedades mentales sabe, aunque no reconoce el desquiciamiento propio y el desequilibrio emocional que domina sus decisiones en todos los frentes desde enero del año pasado.
Por lo pronto, la estrategia iraní al contestar el ataque ha sido la de agredir a todos los aliados de EU sin excepción, con el objetivo de generar un caos que obligue a EU e Israel detener los bombardeos. La amenaza de cerrar el estrecho de Ormuz se está cumpliendo, lo cual puede hacer colapsar, de extenderse el conflicto, toda la economía mundial, principalmente la asiática y la europea, toda vez que por esa zona geográfica pasa 20% del petróleo que se consume; según The Economist, si el barril de petróleo alcanza los 100 dólares, el PIB podría reducirse en 0.4 % y la inflación subir 1.2 puntos. De forma tal que el objetivo inmediato del régimen iraní es sobrevivir existencialmente, lo cual sería en sí mismo toda una victoria.
Es muy probable que Trump tenga que retirarse una vez que se cumpla su propósito de desnuclearizar Irán (las guerras pierden el interés de la gente con el tiempo), esto, en el caso de que realmente sí haya producido suficiente uranio enriquecido como para fabricar infraestructura con poderío nuclear (a Trump puede pasarle lo que le ocurrió a Bush hijo en Irak, cuando la acusación y pretexto para invadir era que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva).
El retiro de Trump, también por razones de índole doméstico y electoral, dada la oposición a la guerra de mayoría de estadunidenses, dejaría a Netanyahu con las manos vacías al no lograr el tan deseado cambio de régimen y el descabezamiento de la República Islámica, lo cual podría producir una ruptura relativa entre Israel y Estados Unidos, que en el corto plazo podría debilitar a Israel frente a sus pares regionales.
En todo caso, la aventura de Trump en su embestida contra Irán podría no haber tenido calculados los riesgos estratégicos del ataque (por ejemplo, EU no podrá, por más que lo afirme, proteger a las embarcaciones que transiten –o lo intenten– el estrecho de Ormuz), entre los cuales se encuentra la fuerte respuesta del régimen iraní, de repartir golpes por igual a todos los aliados de EU en la región, lo cual eleva el costo para Washington, así como también el impacto ya referido en los alcances del PIB y de la inflación internacional, que pegará en los bolsillos de la población mundial..
