México aún duerme
Hace decenios que no entendemos la riqueza de nuestro criollismo y nuestro profundo mestizaje.
México está dormido, pero es un gigante.
Un gigante dormido.
No quiero ni pensar qué va a suceder
cuando despierte.
Cuando despierte, se irá afuera la hipocresía,
la farsa,
todo aquello que hace de México un país pobre.
Chavela Vargas
La “solita soledad” de este país me hiere, me lastima. Siento una herida profunda en el corazón. Mi alma se viste de luto y lleva a cuestas un triste pesar. Quiero entender y no puedo. Mejor trato de fluir. La pirámide del Sol se ha resquebrajado. La de Kukulcán es una ventana al cielo, pero tiene los ojos vendados.
Las piedras y bloques del Templo Mayor de Tenochtitlan, labradas por manos de artesanos aztecas, reposan hoy aletargadas en las paredes de Palacio Nacional. Llevan en su esencia molecular la concepción y el destino de espacios nacionales. En su momento se usaron para construir los soberbios espacios virreinales. Sirvieron de cimientos para la construcción de una nueva nación. Pero se han convertido en muros del desdén, techumbre de mediocridad, pisos de mentiras y espacios de división. Hace decenios que no entendemos la riqueza de nuestro criollismo y profundo mestizaje.
Somos seres fraccionados. Hemos formado una sociedad dividida. No entendemos la totalidad. La cosmogonía integral y global de nuestros ancestros significa sólo una lejana leyenda.
Nuestra relación cósmica se encuentra empantanada. Algunos la divisan en el Olimpo, otros en el limbo y muchos en el olvido. Hemos aprendido de otros. Es cierto. Pero cuando se trata de echar un vistazo a nuestro interior, somos los peores. Somos los campeones del mundo en rechazar una introspección profunda. Por eso, somos tan manipulables… realmente vivimos en un “laberinto de soledad”, parafraseando el título de la obra de Octavio Paz. Tenemos miedo y nos ha paralizado. Nuestra energía está estancada. No fluye. El dique que hemos construido nos está ahogando.
Somos un río temeroso y timorato. Tenemos miedo de desembocar en el océano de nuestra inmensa riqueza cultural y de asumir nuestra historia. No percibimos, ni entendemos que el río al concluir su viaje se funde con el mar. El “río de México” está putrefacto, porque no circula. No fluye. No hemos dejado brotar nuestra identidad. Y el miedo de llegar al océano nos tiene anquilosados.
Nuestra cultura es un enigma... Los mexicanos vivimos en una cultura, un movimiento intrínseco a nuestra esencia que es el “nacional surrealismo”. Este juego de palabras puede ser un ilustrativo aforismo para tratar de explicar lo inexplicable. En México, lo absurdo, lo angustioso y muchas veces lo grotesco se hace presente en nuestro diario acontecer. Acontecer que, en innumerables ocasiones, parece salido de uno de los guiones de Luis Buñuel o de ideas de André Bretón. No por nada vinieron a México a experimentar nuestro “nacional surrealismo”.
En este país, luchamos contra todo y contra todos. Entendemos mal la competencia. En vez de visualizarnos como una nación de chingones, entre nosotros está siempre la lucha para ver quién es el más chingón. O, mejor dicho, quién se chinga a quién. Idolatramos en demasía a lo que viene de fuera. Lo consideramos mejor. Hasta una palabra tenemos para expresar esa frustración: malinchismo. Estamos sumidos en un dolor extenuante. No hemos concebido cómo realizar nuestro sincretismo. No desciframos cómo integrar las culturas que se han entrecruzado en nuestra historia.
Nuestras tres revoluciones han sido un parto doloroso. Algunas generaciones se han preocupado por darle luz y viabilidad al proyecto de la Nación Mexicana. Hasta los años 70 hubo un esbozo para consolidarlo. Pero, desde ahí, somos una generación extraviada. Seguimos desconociendo cómo salir de ese tortuoso infierno que nos atormenta de diferentes maneras. Nuestros líderes no han trazado ningún plan de viaje. Están sumidos en desarrollar una política “pragmática”, llena de ideas perversas y mediocres. Ojalá que nuestra madre Tonantzin, nos sirva de ejemplo de unidad. La devoción guadalupana es como el aire que respiramos los mexicanos. Está en todos lados.... ¡hasta los ateos en México son guadalupanos!
La vieja diosa Tonantzin se integró en la identidad nacional. La religión institucional nos separó. Pero la espiritualidad está por encima de la religión. México no se entiende sin la Virgen de Guadalupe. Nana Guadalupe, con su corazón enorme, recibe y abraza a todos los mexicanos. No importan orígenes, color, genealogía… Somos hijos de una misma madre. Gaia, la Madre Tierra… Tonantzin.
La dulzura y fortaleza de la virgen embarazada, la del Apocalipsis, ha logrado reunir en torno suyo a un pueblo cuya memoria vive en el etéreo colectivo. Es imperante asomarnos a nuestro interior. Necesitamos hacer de la valoración de nuestra identidad un objetivo superior. Tenemos dos caminos: abrazar al timorato, monótono y adormilado dios de la mediocridad, como dice Hesse en El Lobo Estepario, o lanzarnos a un viaje de descubrimiento, aceptación y valoración de quiénes somos. Atravesar los infiernos existenciales, con sus luces y sus sombras... y abrazar lo que somos para comprendernos y navegar hacia el destino que nos depara la extraordinaria oportunidad de convertirnos en una gran nación.
