Cuatro citas de Cortázar para una poética del encuentro: entre el anhelo y el abrazo

Antonio Peniche García

Antonio Peniche García

Desde la penumbra

Hay una sola manera de matar los monstruos, aceptarlos.

Julio Cortázar

Hay escritores que construyen mundos con la arquitectura precisa de la razón. Julio Cortázar, en cambio, prefiere abrir grietas por donde se filtre lo inasible. Sus palabras —especialmente aquellas nacidas en la intimidad de los afectos— no se conforman con nombrar la realidad; buscan, más bien, crear una zona de encuentro donde el lenguaje se vuelve insuficiente y, paradójicamente, indispensable. Lejos de concebir el mundo como un orden estático y predecible, lo entendió como una materia maleable, que podía ser agrietada por la mirada atenta, el lenguaje poético y la complicidad del lector.

Cuatro citas, extraídas de su universo narrativo y epistolar, forman un recorrido circular que va del anhelo al encuentro, de la mirada al desborde, y del silencio al abrazo que todo lo dice. Juntas trazan una cartografía del alma cortazariana: un territorio donde amar es, ante todo, un acto de fe en la complicidad que trasciende las palabras. “Si me ves por alguno de tus pensamientos, abrázame que te extraño”. Aquí Cortázar reconoce que el verdadero encuentro no siempre ocurre en el espacio físico, sino en esa dimensión interior donde los pensamientos son moradas compartidas. Una súplica que funciona como un puente entre la ausencia y la presencia. La frase instaura un código secreto entre dos almas: la posibilidad de habitar los pensamientos del otro, de ser visto allí, en la intimidad de la memoria o la imaginación. Desde el inicio, el autor nos coloca en un plano donde la distancia no se mide en kilómetros, sino en la capacidad de seguir siendo habitante de la subjetividad ajena.

 “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Esta cita  describe el estado previo a todo encuentro: una caminata que no es azarosa, sino guiada por una certeza casi prenatal. Esta segunda cita, acaso la más célebre de Rayuela, resuelve esa distancia en un movimiento paradójico. Los amantes no se buscan activamente porque la búsqueda consciente pertenece al orden de la voluntad, y lo que Cortázar celebra es el orden más hondo del destino, ese ritmo secreto que hace que dos trayectorias confluyan sin que sus protagonistas tengan que forzar el destino. Caminar sin buscarse, pero sabiendo que se caminaba para encontrarse es la definición de una confianza absoluta: la de quien acepta que el amor es una dirección, no un objetivo.

 “Me basta mirarte para saber que con vos me voy a empapar el alma”. El verbo “empapar” es profundamente cortazariano. Sugiere no un contacto superficial, sino una absorción total, una humedad que penetra hasta la última fibra del ser. Introduce el sentido que precipita ese destino: la mirada. Mirar, para Cortázar, no es un acto pasivo; es una forma de tocar, de anticipar la fusión. La mirada basta porque en ella ya se contiene la certeza de que esa otra persona desencadenará un diluvio en el alma. No se trata de una emoción cualquiera, sino de una transformación radical: el alma se empapa, se satura, se vuelve otra.

“Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”. Se instala aquí el límite inevitable. Después de haber convocado al abrazo en el pensamiento, de haber andado hacia el encuentro, de haberse empapado el alma con una mirada, llegamos al punto donde todo intento de decir colapsa. El desborde es la experiencia central: el alma no contiene lo que siente, y entonces el lenguaje, que es la herramienta de la contención, se revela impotente. Aquí Cortázar toca una verdad fundamental del amor: su manifestación más plena ocurre en el silencio compartido, en el abrazo que ya no necesita ser nombrado.

Leídas en conjunto, estas cuatro citas conforman una poética del encuentro que va de la ausencia a la presencia y del lenguaje al silencio. La primera establece la posibilidad de estar juntos incluso en la distancia, a través del pensamiento. La segunda describe la preparación secreta de ese encuentro. La tercera revela el instante en que la mirada lo consuma todo. La cuarta, finalmente, reconoce que después de ese instante las palabras son apenas cenizas frente al fuego del alma desbordada. Juntas, nos invitan a entender la vida misma como una forma de narrativa inacabada. Así como el cuento debe ser “rehecho” por el lector, la realidad debe ser “reandada” por el individuo con una mirada que no se conforme con la superficie.

Cortázar propone que el verdadero conocimiento del mundo no nace de la búsqueda racional y metódica, sino de una disposición existencial abierta. Aquí, el azar no es ciego; es un “azar convergente”, como el que permite que las líneas de un dibujo infantil formen una figura coherente cuando se las contempla con la disposición adecuada. Esta mirada es la que transforma la realidad opaca en una realidad permeable, lista para ser “rehecha”.

Hay una paradoja final: Cortázar no renuncia a las palabras. Las usa, las esculpe, las convierte en estas cuatro citas precisas para decir precisamente que las palabras no alcanzan. Ése es el gesto supremo del escritor: construir con lenguaje un monumento a los límites del lenguaje, hacer que la frase “las palabras nunca alcanzan” alcance, ella misma, a tocar el misterio. En un mundo que a menudo nos impone roles pasivos de consumidores, Cortázar nos lega la rebeldía de ser jugadores activos: caminantes que saben hacia dónde van, aunque no conozcan el destino, y lectores que, al leer, están en el acto mismo de la mirada, creando su propia realidad